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La odisea de Machado que refuerza el «Rodrigato» Por: Estéfano Tramburini

Ojos caídos, rostro cansado. Los últimos dos años han sido duros con ella. Mucho más que todos los anteriores. La odisea del 2024 (entre campaña, inhabilitación y elecciones), la clandestinidad, el escape 007 de Venezuela, el Nóbel por la paz y la exclusión – al menos por ahora – de los planes de Trump hacia Caracas. Como dice el refrán: a mal tiempo buena cara.

María Corina Machado sonríe para digerir cada trago amargo. Y alza la voz, cuando la cosa se pone dura. Es hábil: tiene una respuesta (acertada o falaz, no importa) a todo. Incluso cuando le preguntan sobre el mismo Trump.

 «Sacrificó a sus ciudadanos por la libertad de Venezuela», dice desde Madrid. Sabe que no está en lo cierto  pero hay que jugar vivo; valerse de cualquier cosa para obtener el resultado. Aún más si le prometiste a la gente que la llevarías «hasta el final».

Machado hizo etapa en Amsterdam, París, Roma y Madrid, a la que dedicó más espacio, por cálculo, aún sin ver a Pedro Sánchez, que a su vez le recordó: «Las puertas de la Moncloa están siempre abiertas». Pero lo importante no era el toque técnico en los Palacios: qué pueden hacer Macron, Meloni u otros por una Venezuela en la que manda Trump? Aquí lo que contaba era el baño de gloria entre las multitudes, en la Puerta del Sol, que tanto añoraba. Un rito, un momento quasi religioso, con decenas de Rosarios que cuelgan sobre su cuello.

 «María la católica», ironizan en redes. «El regreso a Venezuela comienza ahora», promete. Nadie con maletas ni morrales en los alrededores. Ningún retorno de masa.

Todos «dispuestos» a hacerlo, incluso los influencers (bien pagados por repetir jaculatorias), pero nadie que se atreva. El «regreso» es su versión del Reino de los cielos: ya está aquí, pero nadie lo ve. E imita, sin querer, a la tan odiada «Revolución», siempre en curso, sin cumplirse.

 Luego la experiencia termina. La líder baja del palco y la gente vuelve a sus casas. Otra gran jornada de sol, banderas y euforia. Nada más que eso. Del otro lado del Atlántico, en Caracas, Delcy Rodríguez sigue en pie: firma acuerdos, quita y pone ministros y recibe cuan espaldarazo gringo tenga que recibir para seguir adelante. Lo de Madrid? La reforzó.

Pues no hay nada mejor que tener a Carlos Baute en el rol de detractor. Ese «fuera la mona», dicho en una Europa susceptible al racismo – porque lo vivió en su historia, con consecuencias graves, y lo enfrenta en su presente – le garantizó la solidaridad de una parte de la opinión pública (y del mismo Diosdado Cabello, compactando al Chavismo). O por lo menos el distanciamiento de muchos ante ese bochornoso espectáculo. Incluso María Corina condenó el episodio. Lástima que la tarima era la suya y que no se deslindó de Baute sino cuando explotó la polémica.

«Ellos nos han dicho escualidos» y «sayones», replican algunos. Ello no basta, pues se le ha dicho al País y al mundo que «somos mejores» de quienes hoy están en el poder y se ha venido prometiendo «reconciliación» (por no hablar del premio Nobel de la paz, que conlleva una gran responsabilidad).

Ya quedará todo a la reflexión de su equipo de comunicación, que sigue confundiendo política con entretenimiento. Volviendo al tema: los poderes ya están definidos: Machado se consuela con las «Llaves» de Madrid mientras Rodríguez abre la bóveda del Fondo monetario internacional.  Lo demás es parte de un largo viaje errante: otra quimera, otra odisea interminable, en busca de Itaca.

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