Opinión

La patética sociedad de los “caritapadas” Opinión por Antonio José Monagas @AJMonagas


El mundo, actualmente, presencia asombrado, perturbado y además temeroso, los embates inducidos por el furor de un microorganismo que por su naturaleza, ha buscado subsistir arrebatándole intempestivamente la vida al hombre. Sin violencia alguna, golpes de Estado o episodios de fuerza aprovechándose de una gesta revolucionaria o militar, este minúsculo organismo propio de una biología mutada o simplemente originado en un proceso de extraña genética, se ha propagado por  casi todo el planeta. Así ha hundido al planeta en una patética oscuridad. 

Su sigilosa forma de diezmar importantes segmentos de población, no ha requerido de un comando central apoyado por furibundos sicarios, encrespados soldados y enardecidos mercenarios. Ni tampoco de una estrategia ofensiva planificada con la antelación suficiente para lograr su cometido. Sin embargo, su ofensiva le ha resultado para haber descompuesto los mecanismos a partir de los cuales ha venido articulándose la economía mundial a la exigencias y necesidades de la sociedad. Sobre todo, en su afán de imbuirse en procesos políticos por lo cual le ha sido posible controlar los cambios que perfilan la dinámica del mundo en términos de las manifestaciones de mayor pujanza y capacidad de intervención en todas las esferas funcionales posibles.

Las iracundas incursiones de tan minúsculo ser vivo, caracterizadas por una voracidad inimaginable, ausentes de alguna subversión organizada, provocaron el caos sanitario, y al mismo tiempo la corrida financiera jamás imaginada por estudiosos de la macroeconomía. Pareciera que su ímpetu podría investirlo de la disposición para azuzar al mundo a plantearse un nuevo orden social, una teoría política de nueva ascendencia y un reacomodo de la fuerzas que mueven la economía mundial.

En consecuencia, el tamaño monumento de poder detentado por tan reducido virus, mentado como SARS COVID-19 por los virólogos y estudiosos de patologías de crítica base, por su condición de pandemia, entraña una continua amenaza de movilización de todos los factores que le imprimen forma y sentido al mundo. Tanto, que hay quienes aseguran que su incidencia devino en un desarreglo casi total y a nivel mundial.

No sólo ha sido la dinámica política y la funcionalidad de la economía, los estamentos que han comenzado a transformarse desde adentro para entonces trazar nuevos conceptos y prácticas ante desconocidos derroteros. La sociedad no podría escapar de los avatares que vayan articulándose a las reformulaciones que en lo sucesivo se impondrán de manera inexorable. De hecho se ha dicho que una crisis económica envolvente “(…) está en ciernes”.

Si bien los destrozos causado en la economía, y desde luego en la relaciones geopolíticas y diplomáticas son indiscutibles, los estragos que afectarían la sociedad como conjunto de vinculaciones que exhortan las capacidades del ser humano a partir de las cuales hace posible su desarrollo en todos los ámbitos de la vida, serán catastróficos. Especialmente si se tiene como premisa, que la vida se fragua en el encuentro natural entre personas al momento de expresar sus afectos o demostrar sus diferencias. Y desde esta perspectiva, se entiende que el apego interpersonal es predominante pues expresa la necesidad de compartir espacios y anudar sentimientos. Y es precisamente, lo que no calza con los rasgos que comporta el llamado CoronaVirus. Más, cuando su contagio se alcanza en el encuentro cercano entre personas cuando actúan en cercanía. Y la única forma de evitarlo, es el distanciamiento social por cuanto restringe el roce social.

Pero al margen de la importancia que tiene el roce social, al actuar a favor de la felicidad y bienestar humano, habida cuenta de que es sabido que un abrazo beneficia al organismo al activar hormonas que contribuyen a generar salud mental, emocional y física, se tiene el problema que representa la situación inducida por la pandemia del coronado virus. Tan necesaria y natural manifestación de afecto, se convirtió ahora en una espantosa condena. 

La desgracia suscitada por su calamitosa incidencia, ha obligado a renunciar a tan hermoso e imperioso gesto de amistad o querencia. Igualmente, a dar la mano como signo de saludo. Y es porque resulta difícil inhibirse de acusar tan ancestral costumbre. Incluso, propuesta entre las recomendaciones de cortesía y urbanidad esbozadas por el profesor Manuel Antonio Carreño. Las mismas expuestas con el fin de establecer y motivar a que la sociedad adquiriera un comportamiento social que bien se correspondiera con una cordialidad que implica coexistir con otros a la orden de un ancho concepto de ciudadanía.

Son variadas las contrariedades que se tienen a sabiendas que la forma más expedita de prevenir el contagio, es evitando el acercamiento que se consigue en el roce social normal de contacto entre personas. Desde luego, esta es razón de peso para solicitar el uso de tapabocas o mascarillas cuando se está cercano a alguien. Pero aún así habrá que aceptarlo pues ahora se vive en medio de una realidad perdida y abrumada por el miedo y la confusión. Además, oscura por causa de las tinieblas bajo las cuales el poder del CoronaVirus luce horrendamente radical. Y es lo que ha valido la determinación de autoridades sanitarias para ordenar el empleo de las caretas o máscaras. Todo así, cual carnaval en tiempos de la “Divina  Comedia”, obra del florentino Dante.

El distanciamiento social es ahora el castigo que, según el poeta Dante Alighieri, deben pagar todos los pecadores del infierno. Así que cuanto mayor ha sido el pecado, menor es el espacio físico para compartir con el otro. De ahí que el alejamiento o distancia social que en adelante debe marcarse, se convirtió en la peor psicosis que ha afectado el hombre en términos de su convivencia. Dicho escenario, proyecta la imagen de pretéritas realidades en que la sarna (de revelación bíblica) o escabiosis cundió buena parte de la geografía mundial. Asimismo, fue la “gran peste” que se irrigó con sorprendente fuerza a mitad del siglo XIV. 

Aunque las actuales realidades justifican estas limitaciones en el proximidad como un “mal necesario”, es posible que la depresión juegue en ello el papel de perturbador en la mente de quien pueda padecerla. No obstante, la esperanza de superar la crisis producida por tan terrible pandemia, no desaparecería. Más, si se entiende que por encima de cualquier contingencia que pueda vulnerar emociones y sentimientos, el ser humano jamás dejará de ostentar la complejidad que distingue su esencia y determina su sensibilidad garantizándole así la satisfacción de reconocerse desde su existencia plena. 

Y no hay duda que con cada pálpito de vida, nadie aceptará que su existencia se vea restringida por el impedimento de vivir desde la condición natural que hace al hombre una especie social o comunitaria. O que a juicio de Arsióteles, denominó “hombre político”. Y es, precisamente, lo que choca con esa obligación de acatar  el distanciamiento social impuesta por el temor a ser contagiado del terrible virus coronado. 

Por tan siniestra razón pareciera obvio que, mientras se viva sometido por el reinado de tan maléfico virus, deberá aprenderse a andar como el propio “enmascarado”. Aunque finalmente esto haga de la persona, un simple anónimo. Que viva en una sociedad en la que nadie conoce a nadie. Y en consecuencia, asumiendo la situación de vivir castigado por rechazos y rebotes de afecto. Tan cierto, como porque en adelante deberá aceptarse que, por un tiempo incógnito, habrá de vivirse a desdén de lo que la psicología define como “la felicidad humana”. Donde poco o nada se justificaría el adagio de Juan M. Donoso Cortes, filósofo y político español, cuando refirió que “hay que unirse no para estar juntos, sino para hacer algo juntos”. O acaso habrá que supeditarse a los mandatos que habrá de imponerse en la patética sociedad de los “caritapadas”.

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