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LAS CINCO LEYES DE LA ESTUPIDEZ VENEZOLANA. Por Gervis Medina.

Crónica de una estupidez anunciada.
Una lectura venezolana de las leyes fundamentales de Carlo Cipolla.

¿Y si te dijera que la estupidez venezolana no es un accidente, sino un patrón? Un patrón que se repite una y otra vez en la historia, en la política, en tu entorno y dentro de ti mismo.

Debo confesar algo que durante mucho tiempo me costó aceptar: Venezuela no fue destruida únicamente por delincuentes, corruptos, militares ambiciosos, revolucionarios resentidos o políticos incompetentes.

No. Eso sería demasiado sencillo. Venezuela también fue destruida por gente común.

Por personas aparentemente decentes. Por vecinos. Por familiares. Por profesionales. Por universitarios. Por individuos que un día decidieron que pensar era demasiado trabajo y que entregar su criterio a un caudillo resultaba mucho más cómodo.

Llegué a esta conclusión leyendo a Carlo Cipolla y sus famosas Leyes fundamentales de la estupidez humana.
Cipolla, con esa elegancia cruel que sólo poseen los grandes observadores de la condición humana, sostuvo algo que debería estar escrito en letras gigantes a la entrada de cualquier escuela, institución, ministerio venezolano: los estúpidos son más peligrosos de lo que imaginamos.

Y entonces pensé en Venezuela. Pensé en nuestras últimas décadas.

Y comprendí que quizá Cipolla nunca visitó el país, pero perfectamente pudo haberlo utilizado como laboratorio. Porque nosotros no sólo confirmamos sus leyes. Las llevamos a la práctica. Las institucionalizamos. Las financiamos con petróleo.

Venezuela no fue destruida solamente por corruptos, un corrupto roba el país pierde y él gana. Aquí se tomaron decisiones con las que perdió el país, perdió la gente y hasta perdieron los que la defendieron.

Carlo Cipolla tenía un nombre para esto estupidez humana. Cipolla fue un historiador económico italiano que escribió un ensayo satírico, hasta que pone sus cinco leyes a la historia de Venezuela.

Primera ley: siempre subestimamos el número de estúpidos.
Siempre subestimamos la cantidad de personas estúpidas que existen. Y lo peor, los estúpidos no solo se hacen daño a sí mismos, sino a los demás. Actúan sin conciencia de su impacto y eso los vuelve impredecibles y peligrosos.

Esto en Venezuela tiene una traducción particularmente dolorosa. Nosotros siempre creímos que “esa gente” era minoría. No vale, la mayoría se va a dar cuenta. No pueden engañar al país entero. La gente no es tan bruta.
Durante años contemplamos cómo se destruían instituciones, cómo se perseguía a la empresa privada, cómo se convertía la economía en un botín político y cómo el poder se concentraba progresivamente en unas pocas manos.

Y siempre había alguien diciendo:

Tranquilo, esto no puede durar.

Como si la estupidez tuviera fecha de vencimiento. Como si la ignorancia política se curara espontáneamente. Como si un pueblo que no estudia economía fuera a despertar una mañana recitando a Hayek.
La realidad venezolana nos enseñó algo brutal: la estupidez no necesita ser mayoría para hacer daño; basta con que esté organizada, armada y convencida de que posee superioridad moral. Y si además recibe petróleo, cadenas nacionales y presupuesto público, entonces estamos ante una variante tropical particularmente peligrosa.

Segunda ley: la estupidez es democrática.
Cipolla sostiene que la probabilidad de que una persona sea estúpida es independiente de cualquier otra característica. La estupidez no depende de la educación, de la clase social, ni de la ideología. Hay estúpidos con uniforme o carné político. Hay estúpidos en el gobierno, en la oposición y en la calle. Hay estúpidos ricos y pobres, universitarios y analfabetas, empresarios y obreros.

En Venezuela agregaría algo más: también hay estúpidos con doctorado. Y quizás éstos sean los más peligrosos. Porque el ignorante sincero puede reconocer que no sabe. Pero el estúpido ilustrado posee una ventaja devastadora: tiene vocabulario. Puede justificar cualquier disparate utilizando palabras como “dialéctica”, “soberanía”, “conciencia histórica”, “justicia social” o “modelo productivo”.

He visto personas incapaces de administrar una bodega explicando cómo administrar una economía nacional. He visto funcionarios que nunca produjeron absolutamente nada dando conferencias sobre producción. He visto revolucionarios defendiendo a los pobres desde apartamentos cuyos precios jamás podrían pagar trabajando honestamente. Y he visto académicos explicar durante horas por qué el desastre no es un desastre.
Ese es uno de los grandes aportes venezolanos a la filosofía política contemporánea: la capacidad de convertir la catástrofe en discurso.

Aquí podemos tener inflación, escasez, pobreza, apagones, hospitales destruidos y millones de emigrantes. Pero siempre aparecerá un intelectual dispuesto a explicarnos que el verdadero problema es el bloqueo, el imperialismo, Mercurio retrógrado o alguna conspiración interplanetaria. La estupidez, cuando adquiere un título universitario, aprende a citar bibliografía. Pero sigue siendo estupidez.

Tercera ley: el estúpido perjudica a otros y a sí mismo.
Cipolla divide a las personas según lo que provocan sus decisiones. El inteligente tiene un beneficio y beneficia a los demás. El incauto se perjudica a él, pero beneficia a los demás. El malvado gana perjudicando a los otros y el estúpido perjudica a los demás y se perjudica a sí mismo.

Ya imagino a ustedes lectores, tratando de encontrar su sitio en el diagrama. Pero tengan en cuenta una cosa: para Cipolla, los estúpidos eran los peores de todos; hasta los bandidos eran mejores que ellos.

El corrupto que saquea una empresa y se hace millonario es un malvado, es despreciable, pero tiene lógica. El que destruye una empresa solamente para controlarla deja al país sin producción y también descubre que no tiene dinero para mantener su poder es un estúpido. También ese ciudadano que celebra que se regale lo que no se puede pagar o impriman dinero para fabricar prosperidad, hasta que pierde el empleo, el producto y el valor de su salario.

Y entonces Venezuela aparece como una obra maestra experimental. Porque pocas sociedades han demostrado con tanta perseverancia esta teoría. El venezolano que celebró la expropiación de una empresa porque “el dueño era rico” terminó descubriendo que el supermercado vacío no distingue entre clases sociales. El trabajador que aplaudió la destrucción de la propiedad privada terminó cobrando un salario que no podía comprarle propiedad ni siquiera a una gallina.

El ciudadano que celebró la concentración del poder porque “ahora sí mandaba el pueblo” descubrió, años después, que el pueblo seguía sin mandar, pero ahora tampoco podía protestar. Y el hombre que pedía cárcel para el empresario terminó haciendo cola para comprar pan.

Eso es Cipolla con arepa.

La estupidez venezolana tuvo una característica particularmente dramática: muchos participaron activamente en la destrucción de las condiciones que hacían posible su propia prosperidad.

Cuarta ley: los no estúpidos subestiman el poder destructivo de los estúpidos.
En Venezuela empresarios, intelectuales y políticos creyeron que podían utilizar a un irresponsable, montarlo sobre el descontento popular y después controlarlo y cuando quisieron reaccionar ya le habían entregado el Estado.

Ésta, en mi opinión, fue una de nuestras mayores tragedias.

Durante años subestimamos el problema. Pensamos que la incompetencia sería derrotada por la realidad. Error. Pensamos que la ruina económica produciría un cambio racional. Error. Pensamos que ningún gobierno podía destruir un país petrolero. Error monumental. Los racionales tenemos un defecto: creemos que los demás actuarán racionalmente. Y ése es precisamente nuestro error.

Y Venezuela demostró que incluso pueden inaugurar el incendio. Y cuando una sociedad sustituye las consecuencias por los aplausos, comienza la fabricación industrial del desastre.

Quinta ley: el estúpido es más peligroso que el malvado.
Al malvado se le puede anticipar porque busca dinero poder o impunidad. La estupidez no sigue una lógica y por eso es mucho más difícil defenderse ante ella. Cipolla sostiene que los países que progresan no tienen menos estúpidos que los países que fracasan. La diferencia es que las instituciones sostienen el daño y las personas inteligentes producen suficiente bienestar para compensarlo.

Los países en decadencia hacen lo contrario entregan el poder a los estúpidos, permiten que los malvados los utilicen y obligan a los inteligentes a callarse.

El verdadero drama venezolano no fue la existencia de personas estúpidas, estúpidos existen en todas las sociedades. El problema comenzó cuando los convertimos en dirigentes. Después los convertimos en ministros. Después en legisladores. Después en expertos. Y finalmente construimos instituciones diseñadas para protegerlos de las consecuencias de sus propias decisiones.

Allí ocurrió la metamorfosis, la estupidez dejó de ser un defecto individual. Se convirtió en sistema. Y cuando la estupidez se organiza burocráticamente adquiere características casi sobrenaturales.

Después de leer a Cipolla comprendí algo incómodo, es muy fácil identificar la estupidez en los demás. Todos conocemos al chavista fanático. Al burócrata inútil. Al revolucionario que nunca ha trabajado en una empresa privada. Al político que promete riqueza destruyendo a quienes la producen.

Quizás la mayor lección de Cipolla no consiste en enseñarnos a identificar a los estúpidos. Consiste en obligarnos a reconocer que la estupidez prospera cuando los demás renuncian a pensar. Y Venezuela renunció demasiado tiempo, renunció al pensamiento crítico, renunció a la responsabilidad individual, renunció a la cultura económica. Y, sobre todo, renunció a una idea fundamental: la libertad exige ciudadanos responsables.
Porque una sociedad puede sobrevivir a malos gobiernos durante algún tiempo. Puede sobrevivir a crisis económicas. Puede sobrevivir incluso a guerras. Pero difícilmente puede sobrevivir indefinidamente a una población que insiste en destruir aquello que necesita para vivir.

Tal vez nuestro gran desafío histórico no sea únicamente cambiar de gobierno. Porque cambiar de gobierno puede ser relativamente sencillo. Lo difícil será cambiar las ideas que hicieron posible que un país entero entregara voluntariamente parcelas de su libertad a cambio de promesas.

Venezuela necesita reconstruir carreteras, hospitales, empresas e instituciones. Pero antes necesita reconstruir algo mucho más difícil: el criterio. Porque ningún país puede ser libre si sus ciudadanos prefieren obedecer antes que pensar.

Y otros, simplemente, cumplen con una de las leyes eternas de Carlo Cipolla: perjudican a los demás, se perjudican a sí mismos y, mientras todo se derrumba, todavía preguntan quién tuvo la culpa.

Gervis Medina
Abogado, criminólogo y escritor venezolano

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