Opinión

Los demonios del presidente Por Antonio José Monagas

Es preferible quedarse sin pensamiento, antes que alguna modalidad de esta represión revolucionaria, comandada por hordas de extranjeros disfrazadas de militares opresores, inocule el veneno de su ideología sectaria, asesina e inhumana. Sin embargo, en contrario a lo que tan aberrante pretensión dirigida desde las alturas del poder ejecutivo venezolano puede provocar, hecho éste de improbable realidad, se levanta una población dispuesta a imponer su voz más allá del eco resonante. 

Hoy los escenarios nacionales, tanto como los espacios regionales que configuran la geografía política venezolana, se atiborraron de hombres y mujeres de todas las edades y rangos socioculturales, profesionales y económicos, buscando elevar su protesta ante el crujido de un régimen que tambalea por moribundo. Pero peor aún, consumido por los más bochornosos delitos que hayan podido verse en lo que registra la historia política contemporánea venezolana. 

La teoría política pareciera tener que rediseñarse en aras de formular nuevos postulados que descifren la génesis y el ocaso de lo que en los predios del régimen venezolano se ha desatado. No hay forma de explicar tanta incongruencia toda vez que en medio de la bonanza petrolera que ha disfrutado el encumbrado régimen, lejos de construir lo que repetidas veces vociferaron sus principales representantes, los indicadores de desarrollo han revelado una contracción económica de grave contundencia. Han evidenciado un retroceso social sin parangón. Han dejado ver un estancamiento administrativo y un embrollo político-partidista que a ningún lado ha conducido. Sobre todo, luego de recordar las expresiones grandilocuentes que puso a sonar la retórica gubernamental desde el primer momento de pretendida gestión. Aunque nunca terminada.

Hoy, las realidades dieron un vuelco no más sorprendente que inédito. Aunque voces proféticas, lo habían vaticinado. Tan cruda crisis, se veía venir al lado de la ristra de exclusiones e improvisaciones, imposiciones y disociaciones, desarticulaciones y desviaciones, todas cometidas y asumidas por el régimen sin que tales yerros pudieran evitarse de haberse respetado principios de cooperación y solidaridad, concurrencia y responsabilidad que sigue todo sistema político que se precie de ser base de un “Estado democrático y social de Derecho y de Justicia”. Pero en el caso venezolano, no fue así. Ni tampoco en su inicio (Enero-1999). Por lo contrario, comenzó malogrando lo que a su paso encontraba. El régimen no entendió que todo esfuerzo compromete un alto costo no sólo en recursos. También en tiempo, conocimientos, dedicación y disposición. Fue renuente para comprender que los métodos para conseguir fácilmente lo trazado, no suelen funcionar. 

Sin duda que no hay situación política exenta de tropiezos capaces de atraer mayores complicaciones. Y esa fue la ruta que marcó la gestión del actual régimen. Más, cuando no supo cómo enfrentar la lucha de conciencia que planteó la oposición democrática al advertir los atolladeros que fueron retrasando al país en términos de su necesario y comprometido desarrollo económico, político y social. 

Todo se complicó más de lo que las pretensiones gubernamentales permitieron. Políticas distorsionadas, llevaron a sentir a Venezuela como un país que sin ser objeto de alguna guerra militar, se viera devastado. Pudiera decirse que desapareció, pues pasó a ser contexto de cuantos problemas pudiera provocar cualquier crisis política, económica y social carente del más exiguo control. 

Todo pareció ser consecuencia del miedo, del hambre, la tristeza y de la desconfianza que logró sembrarse en el curso de tres períodos de administración de gobierno cuya gestión se ocupó de extender la agonía que significaron promesas muertas. Compromisos rotos u olvidados en la más miserable revolución bolivariana disfrazada de socialista. El país se hundió en el marasmo que la inmoralidad le concede a las tentaciones mórbidas de la corrupción. Eso llevó a que Venezuela transitara de la opulencia a la indigencia en el alba de un siglo XXI fecundo de expectativas y esperanzas. Pero bastó que un alarde de “patriotas”, viciados de perversiones incitadas por una política contaminada de deshonestidad, arribaran al régimen para que Venezuela se viera atestada de marrulleros, socarrones y chapuceros de la política. Estos, son los demonios del presidente.

Antonio José Monagas @AJMonagas

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