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Opinión

Maduro, ¿conservador? Por Guillermo Tell Aveledo Col

La verdad es que la aspiración de eternidad no se ha abandonado: Maduro no quiere ser el reformista político que enterró a su régimen, sino el reformista económico que cambió su faz.

En nuestra nota anterior, hablábamos del contraste entre las luces navideñas que decoran Caracas bajo mandato presidencial, la capital venezolana, y la represión y desigualdad que persisten en el país. La imagen, sin embargo, aportaba algunos datos más. Entre los destellos de símbolos revolucionarios aquí y allá, el despliegue decorativo podría ser el de cualquier ciudad global. Ya en transmisiones y redes sociales de la televisión estatal, se muestra al gobernante recorriendo nuevos restaurantes de moda, despertando en lujosas habitaciones de hoteles de gestión privada, con el mensaje recurrente de una Venezuela que ha superado lo peor de su crisis, cuando no la peor de sus crisis, en colorida propaganda.

El optimismo no es aún colectivo, según indican las encuestas. Sin embargo, la vieja coalición histórica que promovía su oposición al proyecto revolucionario chavista en favor de las libertades políticas y económicas parece haber terminado. Algunas voces se manifiestan escépticas ante el cambio político, pero observan con atención el cambio de políticas.

Veamos los hechos: a partir del año 2019, cuando enfrentó el incremento de sanciones y aislamiento de Occidente, el reto a su legitimidad con la presidencia de Juan Guaidó, así como el manifiesto colapso de la infraestructura nacional y la continua crisis económica, social y humanitaria, su gobierno decidió adoptar medidas que iban en contra de los planteamientos revolucionarios. Despenalizó en la práctica el uso de divisas extranjeras, suspendió los aranceles de importación y permitió a diversos actores crear nuevos comercios de todo tipo, originalmente de alimentos importados de cierto lujo, llamados bodegones.

Enclaves de pax bodegónica

Un puñado de municipios de cierto nivel económico se convirtieron en enclaves de esta pax bodegónica, una economía de puerto que ruborizaría los análisis de viejos economistas estructuralistas. En paralelo, ha reducido el gasto público de un 60 % en contraste con su punto más alto, años después de una reducción catastrófica del ingreso petrolero. La desatención a esa brecha fiscal llevó, en el primer sexenio de Maduro, a la crisis hiperinflacionaria que obsesivamente decidió detener.

Hoy ostenta, no sin ciertos recalentamientos recientes, una disciplina fiscal bajo el consejo de asesores extranjeros —los llamados Quito boys, misteriosos asesores vinculados al exmandatario ecuatoriano Rafael Correa.

Proyectos de nacionalización e intervención estatal han sido puestos, bajo opacas fórmulas de concesión, en manos de emprendedores particulares. Sin embargo, los servicios del Estado en salud y educación no han encontrado sustitución en el mercado, ya reducido este en un país que perdió cuatro quintas partes de su economía y alrededor de una quinta parte de su población. Cuando uno conversa sobre esta dinámica con analistas cercanos al oficialismo, se apela a la etiqueta de economía de mercado de orientación socialista, como es formalmente Vietnam, pero es difícil definir esto económicamente.

Ruptura de viejos aliados

Políticamente, el esquema dominante permanece cerrado, con una práctica hegemónica y una represión mitigada solo por la ausencia de retos de poder de consideración. No obstante algunas distensiones, e incluso el proceso de diálogo entre el Gobierno bolivariano y la Plataforma Unitaria, que examinaremos en una futura nota, el esquema de control autoritario no ha sido replegado.

Esto ha llevado al Partido Comunista y su Alianza Popular Revolucionaria, no solo a romper con la alianza gubernamental que acompañó desde 1999, sino además a exponer, desde una genuina ortodoxia marxista-leninista, al gobernante Partido Socialista Unido de Venezuela como un fracasado proyecto revolucionario que, puesto que nunca fue sino un partido reformista y policlasista, no pudo lograr sus objetivos y ha retrocedido a prácticas fascistas, como se evidencia en la represión focalizada a activistas sociales y cuadros políticos revolucionarios, especialmente en el interior del país. El que esta ponencia fuese a su vez dictada en La Habana, aún estrechamente comprometida con Caracas, no deja de ser interesante.

Pero, si se le ve desde una perspectiva socialista más contemporánea, son el autoritarismo y la profundizada exclusión que se suman a la larga lista de pasivos que este sector reclama al chavismo: el escaso avance en cuestiones de género y libertad sexual, los retrocesos en la prestación de servicios públicos, la destrucción de medios comunitarios, la depredación ecológica por la minería ilegal apoyada por el Estado, etc.

Rechazo hacia Maduro

No en balde su nuevo arquetipo continental, el presidente Boric de Chile ha manifestado una profunda animadversión —al parecer correspondida— hacia el líder venezolano. Si la aspiración de la nueva socialdemocracia sigue siendo la mitigación de las desigualdades más graves de la sociedad, el presente se revela como una situación cuya inconsecuencia con las ideas socialistas ortodoxas no ha dejado de ser advertida, aunque hay poca tracción para capitalizarlas políticamente. Desde la oposición democrática —cuyo consenso será históricamente welfarista, pero que en general habría propuesto medidas que superficialmente podían guardar un parecido con el replanteamiento madurista— es, cuando menos, una muestra de impotencia y, cuando más, de rubor.

A este hecho se le debe sumar el acercamiento que —tras el relativo auge del pastor Javier Bertucci como una figura contraria en el combate electoral— Nicolás Maduro ha tenido con iglesias cristianas evangélicas, patrocinando incluso la formación de una Universidad Evangélica y una «Marcha para Jesús», como multitudinaria convocatoria a jóvenes cristianos.

¿Acaso se trata este de uno de esos contradictorios virajes tácticos solo potenciados por la supervivencia? A fin de cuentas, el mismo Hugo Chávez mantuvo la ortodoxia económica de mercado en sus primeros dos años de gobierno, pivotó hacia algunas comunidades protestantes para polemizar con la más tradicional Iglesia católica, escurrió el bulto ante varios puntos de la agenda progresista y lideró el que quizás fue el más grande boom de consumo del país, con su extravagante gasto público.

Perspectivas

Pero Maduro ha ido más allá, considerando que su origen político viene de la más extrema izquierda, y hasta hace poco había reclamado la eternidad de la revolución. Para él, y para sus aliados cercanos dentro del chavismo, es un gobernante audaz, que no entiende la incomprensión de voceros académicos ante medidas que reclamaba históricamente «la derecha». La verdad es que la aspiración de eternidad no se ha abandonado: Maduro no quiere ser el reformista político que enterró a su régimen, sino el reformista económico que cambió su faz. Se plantea hoy al PSUV, al menos informalmente, como uno de esos partidos políticos hegemónicos, pero no revolucionarios ni ideológicos, que caracterizan a otros países de democracia delegativa y autoritarismo electoral como Rusia, Siria o Turquía. Maduro quiere ser Deng, no Gorbachov.

¿No hay nada positivo en este cambio? Aunque se sienta algún alivio de la economía venezolana, este es precario, limitado, parcial y, de manera más escandalosa, profundamente desigual. Esto es así debido a la continuidad del modelo autoritario, que ha debilitado a la sociedad. Es muy temprano para decir si entramos realmente en una transición económica, o si esta es sostenible materialmente. Empero, el germen del descontento y la voluntad de cambio hacia la democracia permanecen como agenda pendiente.

Guillermo Tell Aveledo Coll

Doctor en ciencias políticas. Decano de Estudios Jurídicos y Políticos, y profesor en Estudios Políticos de la Universidad Metropolitana de Caracas.

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