Quizás empujado por la atmósfera que nos rodea en el verano, pensaba escribir una nota alejada de esa otra atmósfera que en la mayoría de las veces se hace irrespirable en Venezuela. Atmósfera densa en la que confluye: el interinato, que lejos de una transición democrática, terminó en una modalidad autoritaria post Maduro, la deriva tutelada impuesta por la administración Trump haciéndose del petróleo y la minería y otros negocios como si fuera un botín de guerra ( bueno, Trump lo piensa y lo manifiesta públicamente sin rubor, él lo llama “el botín de la guerra de los 48 minutos”) y proyecta convertir a PDVSA mediante el acuerdo (con el interinato) a 100 años por 90 mil millones de barriles de petróleo en el verdadero estado 51 de la unión americana, la mesa de diálogo, que está subordinada a directrices y decisiones que se toman en EEUU y que lejos de representar al pueblo lo excluyó junto con la representación legítima de este representada por María Corina Machado y Edmundo Gonzales Urrutia y, por supuesto, también la nota que escribiría estaría alejada de aquellos sectores de la oposición que colaboran en el mantenimiento de la narrativa del tutelaje.
En fin, quería (y quiero aun) darme un respiro y dársela a los muchos o pocos que tienen la deferencia de leerme los sábados y los jueves.
Pero ¿Qué puedo escribir que no esté signado por el tema de siempre de mis artículos desde hace cuatro años? No lo sabía y Sali a hacer algo que me decía el abuelo que hiciera cuando no daba con lo que buscaba: “Refrescar la cabeza”
Así que muy temprano, el martes, salí a dar un paseo para pensar en un tema ligero. Donde vivo es un sitio ideal para ello.
Escribiría una nota que se saliera de la tónica sofocante de las últimas entregas (Trump, Marco Rubio, los hermanos Rodríguez y el interinato y la tutela, la mesa de diálogo, los terremotos, los testimonios de los sobrevivientes, el Estado como ficción, los presos políticos, etc.) Eso pensaba mientras caminaba por la vereda que desemboca en un río enorme del que supongo que sus corrientes debajo de la aparente superficie tranquila son turbulentas.
Pero los temas se mueven con independencia, andan sueltos, como burlándose de uno, son autónomos, así que, si uno decide sacarlos, por un lado, ellos entran por otro y terminan imponiéndose.
Y en ese camino, que hago casi siempre, conocí a un señor joven, de unos cuarenta y tantos años, venezolano como yo, caminando en sentido contrario. Nos paramos a conversar por la curiosidad del saludo, pues, en lugar de decir: “Bonjour” nos salió un “Buenos días” con la cadencia venezolana, no importa si somos maracuchos, orientales o andinos y la alegría fue la consecuencia de ello.
Se llama Enrique Arias, oriundo de Barcelona, exabogado (así me dijo). Les informo que no son muchos los venezolanos que conozco aquí donde vivo. Cuestión que no se compadece con la dimensión de la diáspora venezolana, pues, somos 9 millones que andamos por el mundo y aquí no conozco más de cinco, bueno, reconozco, que yo no soy precisamente el presidente de la Asociación Mundial de Relacionistas Púbicos (Amurepo).
Es una novedad, encontrarse con alguien que hable el mismo idioma. Uno se siente de nuevo ciudadano.
Y hablamos mucho, bueno, él habló mucho y yo escuché mucho en un encuentro que no duro más de cuarenta minutos.
Por supuesto, después del saludo y de donde eres y ese tipo de generalidades para sentir que uno comparte un mismo punto de partida, hizo su aparición el tema político, que es ineludible entre los venezolanos.
Así que muy temprano abandoné mi pretensión de desarrollar un “temita ligero”.
Lo primero que Enrique Arias me dijo es que no se hace ilusiones con las conversaciones entre el régimen y la oposición representada por Dinorah Figuera y algunos diputados de la Asamblea Nacional 2015. Me confesó que, a pesar de que muchos dicen tenerle confianza a la señora Figuera, él dice no tenerla ninguna, que ella no representa al pueblo venezolano que ha sido puesta allí para hacer una diligencia o un mandado que otro le ordenó, y que a él está convencido que, igual que otros dirigentes, ella también participa del movimiento, que parece tener más profundidad de lo que aparenta contra María Corina Machado. Agregó que Dinorah Figuera como suele suceder con todo venezolano que ejerce la política como profesión tiene su propia agenda y ambiciones y sentenció: “estoy seguro de que un pensamiento como este habrá pasado por su cabeza: “Y porque no yo”” Y me agregó algo que no entendí: el encuentro de ambas representaciones (la del régimen y la de la oposición) es un acto de “farmear aura” ( tuve que investigar en internet de que se trataba esa cuestión y según una estudiosa del fenómeno Marita Alonso se explica así: “ En estos encuentros, los participantes se reúnen en el espacio público para competir entre sí con poses, gestos, piruetas y miradas basadas en el repertorio de lo viral y el meme. El objetivo es ser ingenioso, lograr guiños reconocibles y, en cierto modo, sorprender al contrincante”).
Hablamos, por supuesto, del 3 de enero y de la posterior decisión de Trump de dejar a la misma estructura de la dictadura encargada del interinato, hablamos de María Corina Machado a quien considera la única líder confiable del país, aunque le critica su “soberbia moral”. Le pregunté si una vez que el país se encaminara por la senda de la recuperación de la democracia y de la economía, volvería a Venezuela y me respondió: ““Volver? ¿A Venezuela?, no lo sé. No soy de los que se desgañitan y se vienen en lágrimas cuando se están comiendo una hallaca en diciembre o escuchan “Faltan cinco pa´ las 12”. ¡Coño! todo el mundo me pregunta la misma vaina, será porque está de moda La Odisea, y yo les digo que Venezuela no es Ítaca. El mundo está lleno de “Odiseos” venezolanos -amigo- (lo de amigo, no me extraño que me considerara así, es típico nuestro) aunque hay muchos que fingen serlo”
Mira no me gusta decir esto, porque siempre cae mal, pero, del primer concepto del que me desembaracé fue el de Patria. Sé que el país sigue existiendo, a pesar del chavismo. Lo que no sé de verdad es si la gente que se quedó sigue siendo la misma y si yo sigo siendo el mismo que salió una madrugada del país. Presumo que ni ellos ni yo somos los mismos. Desde que salí de Venezuela me siento como la canción de Facundo Cabral: “No soy de aquí ni soy de allá” y de verdad, ni aquí ni allá me siento ciudadano, de allá porque lo he perdí todo y de aquí porque al no saber el idioma no puedo ni pronunciar una palabra que me acerque a la gente. Así que esto que ahora converso contigo son las primeras palabras que pronuncio en las últimas ocho horas. – Bueno, le dije, no eres el único. Yo no me quejo, así que déjate de pendejadas-.
Me preguntó qué hacía, en qué trabajaba. Le respondí que escribía artículos de opinión y que había culminado dos relatos cortos de autoficción. – Los has publicado? – me preguntó – No, ni pienso hacerlo. He encontrado la respuesta a esa pregunta en una nota que leí hace rato donde un crítico le dice a alguien que como yo escribe autoficción: “Si no sos Proust, no me cuentes tu merienda”.
Acto seguido, me respondió con una larga perorata sobre la autoestima que ciertamente me irritó.
Nos despedimos con la certeza de que no nos volveríamos a ver. Así son las cosas aquí: de hola y adiós. Creo haber conocido a una docena de personas a las que no volví a ver.
Hoy es jueves y desde el martes esa respuesta de Enrique Arias sobre la posibilidad de volver al país me da vueltas en la cabeza. Obviamente no es el país que dejé y no creo que vuelva a ocuparme de lo que antes hacía: radio, televisión y Universidad, reconozco que las condiciones de recepción de lo que hacía han cambiado. Notas de trabajo y artículos que antes eran significativamente acogidas hoy no lo son tanto, basta leer los mensajes que recibo donde se me crítica mi posición con respecto al tutelaje y sobre el “tutor”, pues hay un número significativo de gente que sostiene que el agradecimiento a Trump por haber sacado a Maduro debe pagarse con sumisión, paciencia y silencio.
Yo tampoco, como Enrique Arias, sé cómo sería mi retorno al país, solo tengo una docena de amigos, un tío y una prima a los que quiero, pero nunca se los he dicho y dos centenas de libros distribuidos en dos casas que no sé en qué estado se encuentran.
En la novela “Corazón Helado” Almudena Grandes, a manera de epígrafe del primer capítulo de su novela, cita a María Teresa León (Memoria de la melancolía, Buenos Aires, 1970): “Estoy cansada de no saber dónde morirme. Ésa es la mayor tristeza del emigrado. ¿Qué tenemos nosotros que ver con los cementerios de los países donde vivimos? …” A veces me siento así, pero de verdad, ahora mismo, no sé si Venezuela es donde quiero terminar.
Como pueden ver y leer no me salió tan ligero mi nota de este sábado.
Recuerda seguirnos en nuestra CUENTA DE INSTAGRAM Y LA CUENTA DE WHATSAPP


Comment here