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Opinión: Disfraz de Carnaval Por Ana María Matute

I

Aunque Los Teques era un pueblo frío y nublado, el calor del Carnaval se vivía en las calles. Por supuesto, que nadie se imagine una cosa como la de Río de Janeiro. Cuando niña viví fiestas modestas pero divertidas.

Quién sabe con cuánto tiempo se preparaban las comparsas, porque yo era una niña pequeña. Pero sé que mis padres, como parte de lo que llamaban “el pueblo”, contribuían y nos alentaban a participar.

Recuerdo todo el proceso del disfraz. Ir a la casa de la costurera, comprar la tela, las medidas, las pruebas. Mi hermana y yo saldríamos en dos comparsas diferentes, bailando por las calles desde el centro del «pueblo” a lo que llamaban “el llano”.

Yo tendría como cinco años de edad y mi comparsa era de brujas. Mi hermana mayor iba de cavernícola y tenían hasta una carroza de dinosaurio. Era un espectáculo para todos porque abría la mandíbula y todo. También habían traído un pobre elefante de quién sabe qué circo. Digo pobre porque nunca me han gustado los circos, me parece que hacen sufrir a los animalitos.

No era que me gustara la parranda, ni siquiera cuando era niña. Pero caminaba tranquila porque mi madre iba por los lados de la comparsa. Desfilaba con mi sombrero puntiagudo, mi escobita y mi cara de bruja. Esa siempre la he tenido.

II

Me gustan los disfraces. Las fiestas de Carnaval o Halloween me parecen muy entretenidas. Vestirse de otra cosa siempre me ha parecido divertido. Más de una vez asistí a esos saraos con diferentes disfraces, desde aterradores hasta tontísimos.

Sin embargo, cuando uno le dice a alguien que es «un disfraz” no es nada agradable. Se le está tildando de falso, deshonesto, mentiroso. Es incluso más grave que llamarlo payaso. Porque es decirle: “Me estás mintiendo, sé que no eres lo que aparentas o dices ser. Crees que soy idiota y me lo creo, pero me doy cuenta”. Así de simple.

En la vida uno se topa con muchos disfraces, en diferentes niveles. Los hay en el entorno cercano, los hay en el trabajo, en la sociedad. Y siempre con la misma actitud de “a este lo engaño yo porque es idiota”.

III

Cuando se encuentra un disfraz en la vida, lo mejor es desenmascararlo. Pero aunque se haga, al final se siente el insulto de pensar que alguien trató de engañarnos.

¿Y si esa persona se disfraza de algún profesional? Como la famosa foto que adorna la puerta del Instituto de Previsión Social del Médico. Chávez con una bata blanca y un estetoscopio guindado al cuello. Para mí eso es una grosería, así de sencillo. No soy médico, pero los médicos que ven esa foto deben sentir indignación.

¿Y cómo se sienten los militares con el disfraz de Carnaval que sacó recientemente Nico? ¿De verdad los militares de carrera ven esa imagen, ese uniforme inventado con unas charreteras de mentira, con la tela verde oliva made in Cuba y no sienten nada?

Por lo menos deben sentirse insultados. Como dice Juan Guaidó, deberían reaccionar. Señores militares, si es por no responder al llamado de Guaidó, por lo menos respondan al llamado de la poca dignidad que aún les queda. Desenmascaren al disfraz.

@anammatute

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