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Opinión: Para Genaro Godoy, Por Iván Colmenares

César Vallejo retrata con profundo pesar, ese momento por el cual pasan los corazones de los amigos, y hasta de sus adversarios, cuando se va una persona que estuvo tan cerca con lealtad, sin la incondicionalidad que a veces se muestra para complacer a quien por alguna circunstancia, tiene una jerarquía superior, que en muchos casos, ni le pertenece. Golpes en la vida, como esa noche, cuando revisaba el celular, leí un mensaje que no había podido ser borrado por Mercedes, por la muerte del hermano: “Abren zanjas oscuras / en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte. / Serán tal vez los potros de bárbaros Atilas; / o los heraldos negros que nos manda la Muerte.” Esa larga noche, anduve como Miguel Hernández, ante la muerte de su compañero de infancia sobre rastrojos de difuntos y ahora “sin calor de nadie y sin consuelo” habrá que ir del corazón a los asuntos cotidianos.
Se me fue el compañero de la política en la que militamos por décadas, y que a pesar de las distancias, dentro y fuera del MAS de nuestros tormentos, el acerado lazo de la amistad nunca se quebró ni el respeto mutuo, ni el cariño por las familias, porque veníamos del fragor de la lucha, porque éramos hijos del debate, porque fuimos tratados como iguales, porque en la construcción de una fuerza, la mezquindad nunca poseyó las voluntades para lograr aquella hermosa alianza que logró una victoria productiva. Y a pesar de los codazos y hasta golpes, en marchas y actos unitarios, Genaro supo cumplir con el compromiso contraído con la unidad y con Portuguesa.
Ahí estuvo siempre. Lo conocí en aquella pequeña moto, repartiendo el semanario del MAS, que fue posible porque García Márquez nos regaló el metálico del Premio “Rómulo Gallegos” recién ganado. Era cuñado de mi compañera de sueños y de programa de radio, María Aurelia Briceño. Cuando comenzaron las tendencias, él se cuadró con Pompeyo y yo, con Teodoro, y aunque caminábamos en aceras enfrentadas, nunca dejó de cumplir con sus obligaciones y no hipotecó sus opiniones. Se caló alguno que otro exceso del jefe regional que era éste que escribe, y cuando ocupó la secretaría general municipal y luego en otras jerarquías superiores, así como recorría el estado, pegaba un afiche y compartía las madrugadas con los muchachos, con una botella de ron y pollo en brasa. Y en la última etapa, entre la caficultura, los amores y la política, Genaro Antonio siguió en su MAS y yo me fui con la MUD, pero en las rebeldías ahí estaba el MAS con el hijo adoptivo de Boconoíto y Omar Querales.
Fue subdirector de educación y era el brazo ejecutor para poner orden y democratizar el aparato docente del estado. A los seis meses salió y una vez me dijo que le había hecho un favor, porque alcanzó la diputación tres veces, en dura lid, buscando votos casa por casa. Llegó a ser Presidente del Consejo Legislativo. Y en la peor crisis de mi gestión, la división del MAS, Genaro era como la mano derecha de los jefes, y se negó a dejarme solo, acompañando hasta el final, ganando unas internas contra todo pronóstico y por paliza.
Se fue un ciudadano de primera. De una formación política y democrática producto del debate y del estudio. Licenciado en educación en la Universidad de Carabobo, con su esposa Maruja forjó un hermoso hogar, del cual nacieron tres hijos, cuyos corazones y compromisos, heredados de sus padres, son el vivo retrato de la cordialidad, amistad, respeto y afecto, del que soy objeto en forma permanente. Genaro José, Ariadna, Gabriel y el siempre presente Gilberto, sus nietas, su yerno Uriol Suárez, sus hermanos, formaron una familia cuyos galardones fueron construidos por la tenacidad de Genaro y la dedicación de los Sulbarán, por el lado materno.
Te fuiste sin despedida, sorpresivamente. Tu ausencia es un enorme vacío, porque con poca gente se habla de política seria, ahora. Pero el adiós que nos debemos, está pagado con tantos encuentros, debates, diferencias. Volverás cuando el sueño de un país libre y normal reviva la patria mejorada que anhelamos, a los cafetales de San José de la Montaña, volverá tu alma enamorada, andarás en la moto buscando voluntades para un cambio, estarás en cada asamblea y reunión tratando de construir unidad, con la camisa mal abotonada y muchas veces, hasta sin medias. Estarás en los brazos y corazones de tus hijos y tus nietos, labrando el destino de los suyos y de Venezuela. Y conmigo, te pido lo que el poeta español rimaba en Elegía: “A las aladas almas de las rosas / del almendro de nata te requiero, / que tenemos que hablar de muchas cosas, / compañero del alma, compañero”.

Por Iván Colmenares

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