En abril de 2026, Adriana Cisneros, CEO del Grupo Cisneros, presentó en la Bolsa de Valores de Caracas el Fondo Intrépida: un vehículo de inversión privado de 1.000 millones de dólares destinado a la “reconstrucción” del país. Dos tercios del capital ya están comprometidos por family offices, fondos institucionales y soberanos de América Latina, Estados Unidos y Medio Oriente. Los sectores elegidos (agroindustria, bienes raíces, turismo de lujo, infraestructura, logística, telecomunicaciones y energía) no son casuales: son áreas donde el Grupo se siente “cómodo” y donde el retorno económico puede ser tangible.
Meses antes, en marzo de 2026, durante el 85 aniversario de Empresas Polar, Lorenzo Mendoza, su presidente ejecutivo, anunció un programa aún más ambicioso: crear al menos 1.000 nuevas empresas en Venezuela en los próximos 15 años, hasta el centenario de la compañía en 2041.
El mecanismo es claro: financiamiento directo, alianzas con universidades públicas y privadas, una plataforma virtual abierta a cualquier emprendedor y voluntariado interno de Polar.
El mensaje, repetido con énfasis: “No hay vía de desarrollo del país que no pase por el sector privado”.
A primera vista, dos anuncios empresariales. Pero observados juntos revelan un patrón que va más allá de la filantropía corporativa o la mera inversión. Ambos perfiles (herederos de imperios familiares emblemáticos) están apostando fuerte por la economía productiva en un momento en que Venezuela busca oxígeno tras años de contracción. Y lo hacen hablando el mismo idioma: generación de empleo formal, competencia, innovación y, sí, la posibilidad de “ganar más dinero”.
Adriana Cisneros, tercera generación de la dinastía Cisneros, representa la sofisticación global del empresariado venezolano. Con formación en Columbia y NYU, experiencia en juntas internacionales y un conglomerado que incluye medios, entretenimiento e inversiones diversificadas, su fondo no es un cheque en blanco: es capital privado regido por leyes estadounidenses, con foco en ejecución probada. Su mensaje es pragmático: hay “receptividad” internacional para invertir, pero solo si hay seguridad jurídica y oportunidades reales. No se mete en petróleo ni petroquímica; prefiere sectores donde el talento privado puede multiplicar valor.
Lorenzo Mendoza, por su parte, encarna la resiliencia del empresario que se quedó. Empresas Polar ha sobrevivido expropiaciones, escasez, hiperinflación y diáspora. Su anuncio de las 1.000 empresas es un acto de fe en el ecosistema: no solo invertir, sino multiplicar emprendedores. “Tener una empresa no debe ser un privilegio de algunos, sino un derecho”, dijo. En un país donde el sector privado ha sido cuestionado, perseguido y “batuqueado”, Polar mantiene “la velita prendida” y apuesta por que otros la enciendan también.
Aquí entra la picardía del asunto. Ambos hablan de productividad, de sectores industriales y emprendedores que quieren crecer, competir y sobre todo generar ganancias.
Ese discurso resuena con fuerza entre una clase media y alta cansada de promesas estatales y que ve en el empresariado exitoso un modelo aspiracional. Cisneros y Mendoza no solo invierten capital, proyectan una imagen de liderazgo competente, orientado a resultados, que contrasta con la narrativa tradicional del poder político. Tienen simpatía natural del gremio productivo porque entienden el lenguaje del riesgo, la eficiencia y el retorno.
El contraste entre poder económico y poder político se hace evidente. Mientras la política venezolana sigue atrapada en disputas de narrativas y personalismos, estos dos actores despliegan una narrativa alternativa: el país se levanta trabajando, creando empresas, atrayendo inversión extranjera y formalizando empleo. No es un discurso anti-político, al contrario, es una alternativa discursiva desde lo económico con implicaciones sociopolíticas. Dejan entre líneas que perfiles como los suyos. con credibilidad empresarial, redes internacionales y capacidad de movilizar recursos, podrían conquistar seguidores más allá de la junta directiva. La gente común asocia el éxito de Polar con la mesa servida y el Fondo Intrépida con la esperanza de un renacer económico tangible.
No es casual que ambos hayan elegido momentos simbólicos (Bolsa de Valores y aniversario corporativo) para sus anuncios. Tampoco que eviten confrontaciones directas y se centren en el “hacer”. En Venezuela, donde el empresariado ha sido demonizado y el Estado ha monopolizado la solución de los problemas, la irrupción de estos dos gigantes con propuestas concretas genera un efecto inesperado: introduce la idea de que el liderazgo económico puede traducirse en influencia social y, eventualmente, en capital político.
Al final, el verdadero interés radica en lo que queda entre líneas. Adriana Cisneros y Lorenzo Mendoza no están pidiendo permiso para invertir, están demostrando que el poder económico, cuando se ejerce con visión de largo plazo, pudiera redefinir el tablero. Y en un país que necesita reconstruirse, perfiles como estos no solo sorprenden a la política nacional: la obligan a mirarse en el espejo y preguntarse quién, realmente, está construyendo el futuro.
Politólogo, Jesús Castillo Molleda.
www.jesuscastillomolleda.com
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