#NoticiaOpinión

Politólogo Jesús Castillo Molleda: Sobre la entrevista de la presidenta Delcy Rodríguez con Javier Negre

La conversación que la presidenta Delcy Rodríguez sostuvo con el periodista Javier Negre en Miraflores trasciende el formato de entrevista periodística para convertirse en un acto de autodefinición política. A poco más de medio año de la operación del 3 de enero de 2026, Rodríguez enfrenta una tarea doble y en apariencia contradictoria: sostener y dar continuidad institucional del chavismo mientras administra, lo que muchos analistas consideran una transición. El resultado es un discurso cuidadosamente calibrado, donde cada afirmación cumple una función defensiva o estratégica precisa.

Sobre la operación del 3 de enero y la legitimidad del Ejecutivo,

El eje más delicado de la entrevista es el relato sobre su propio desconocimiento de los hechos del 3 de enero. Rodríguez proyecta un relato que le permite presentarse como sobreviviente y no como beneficiaria de la caída de Maduro. Declarar que Maduro «sigue siendo el presidente legítimo» no es un gesto de fidelidad vacía: es el andamiaje jurídico y simbólico que sostiene su propia investidura como encargada. Si Maduro no es legítimo, ella tampoco lo es.

La apuesta por los números
Frente a la fragilidad de su legitimidad política, Rodríguez desplaza el centro de gravedad del discurso hacia lo económico. La producción petrolera en 1,2 millones de barriles diarios, la proyección a 1,4 millones para fin de año, los cerca de treinta acuerdos energéticos en negociación, los anuncios con INSA y General Electric para recuperar el sistema eléctrico: todo compone un relato de gestión antes que de ideología. Es un desplazamiento deliberado del terreno de disputa.

Donde no puede ganar en el plano de la legitimidad política, cuestionada tanto por la oposición como por sectores del propio chavismo que podrían verla como usurpadora. Rodríguez busca ganar en el plano de los resultados tangibles: más barriles, más megavatios, más inversión extranjera. Es una estrategia de gobernabilidad por entrega de bienes, no por consenso ideológico.

El chavismo redefinido: de resistencia revolucionaria a gobierno de transición
El cambio más profundo que revela la entrevista no es coyuntural sino estructural: es la mutación del chavismo como proyecto político. Durante más de dos décadas, el chavismo se definió por la confrontación permanente contra el «imperio», el bloqueo, la guerra económica, la lealtad absoluta al líder, como fuente de cohesión interna y de legitimidad externa. Esa gramática confrontativa ya no le sirve a Rodríguez. En su lugar, propone un chavismo que se presenta como garante de la institucionalidad y de la paz social, interlocutor válido de Washington, gestor pragmático de una apertura controlada.

Esto no es una renuncia ideológica explícita, Rodríguez no reniega del pasado ni del proyecto histórico, sino una operación de archivo: el pasado se guarda, no se discute, y se habilita un presente donde el chavismo deja de ser el enemigo existencial de Estados Unidos para convertirse en socio comercial y de intereses diplomático, siempre que mantenga el control interno del país.

Menciona el nivel de importancia que cumple el Ministro Diosdado Cabello como «una persona fundamental de este momento de cambio»: el núcleo duro del poder se mantiene intacto, pero se le viste con un lenguaje nuevo, más cercano a la cooperación que a la resistencia. El chavismo, en esta versión, no ha sido derrotado ideológicamente; ha sido reconvertido funcionalmente.

La presidenta Delcy Rodríguez y el sentido de su propio lugar histórico

Aquí es donde la entrevista adquiere su densidad más interesante. Rodríguez fue, durante años, la cara más visible del madurismo:

Vicepresidenta leal hasta el límite, voz combativa en foros internacionales. Esa trayectoria podría convertirla en la persona más indicada para encabezar un giro hacia Washington y es precisamente esa trayectoria la que ahora capitaliza. Su pasado de lealtad incondicional le da, paradójicamente, el capital político necesario para ser aceptada como interlocutora por el ala dura del chavismo, mientras su disposición actual a dialogar con Trump y Rubio la habilita como interlocutora ante Washington.

Rodríguez no se reinventa desde cero: convierte su historial en garantía de estabilidad interna, y lo pone al servicio de una nueva agenda de cooperación externa. Es un pragmatismo utilitario en el sentido más estricto del término: no responde a una conversión de convicciones, sino a una lectura fría de la correlación de fuerzas. Venezuela perdió la capacidad de sostener el enfrentamiento con Estados Unidos tras la captura de Maduro; Rodríguez lo entiende y actúa en consecuencia, ofreciendo estabilidad y apertura económica a cambio de reconocimiento y alivio de sanciones.

No elige la moderación contra EE.UU. por un ejercicio de revisionismo crítico hacia el chavismo, sino porque es la única variable que le permite retener poder en el nuevo tablero.
Ese mismo pragmatismo explica gestos aparentemente menores pero reveladores: el humor sobre Milei reducido al «amor por los perros», el cuidado extremo al hablar de Zapatero, la petición de perdón por lo ocurrido en el Helicoide sin asumir responsabilidad histórica plena, el rechazo simultáneo a sanciones contra Cuba y a cualquier acercamiento incondicional con la oposición extremista. Cada palabra está calibrada para no cerrar puertas ni con Washington, ni con el chavismo ortodoxo, ni con sectores moderados de la oposición.

Riesgos y proyección

El límite de esta estrategia es evidente y la propia Rodríguez lo insinúa sin quererlo cuando admite que «no sabe» si será candidata: su poder depende de una correlación de fuerzas externa, no de una base política propia consolidada. Si la recuperación económica no llega a la población, o si la oposición logra articular una alternativa creíble antes del proceso electoral, el pragmatismo de gestión puede agotarse rápidamente.

Por ahora, sin embargo, Rodríguez ha logrado algo que pocos actores chavistas habrían podido hacer con esa naturalidad: transformar una biografía de ejercicio político institucional en el entramado institucional chavista en capital de negociación, y presentar la supervivencia del poder como si fuera, simplemente, sentido de Estado.

En política nada puede sorprender y si el gobierno logra darle un giro positivo a la economía y al bienestar social podrían obtener beneficios y reconocimientos de quienes hoy lo adversan.

Politólogo: Jesús Castillo Molleda

@jesuscastillomolleda

Recuerda seguirnos en nuestra CUENTA DE INSTAGRAM Y LA CUENTA  DE  WHATSAPP

Comment here