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Prefacio. Por Dr George Fereira

Cuando quienes pretenden dirigir el destino de una nación hablan para no decir nada, la mentira deja de ser únicamente una herramienta política y comienza a convertirse en método de gobierno.

¡VENEZUELA ENTRE EL PETRÓLEO, LA FOTOSÍNTESIS Y EL PAÍS DE LAS MARAVILLAS!

No genera confianza escuchar que el futuro político de Venezuela, su reconstrucción o una eventual transición puedan terminar condicionados por la visión de un secretario de Energía que parece conocer el país únicamente a través del cristal cuidadosamente empañado que le ofrece el chavismo.
Porque una cosa es estudiar pozos, refinerías, contratos y reservas petroleras; otra, muy distinta, es comprender el sufrimiento de una nación. Una cosa es saber cuánto crudo puede extraerse del subsuelo venezolano y otra es contar cuántos venezolanos han tenido que abandonar su tierra, cuántas familias fueron separadas, cuántos presos políticos permanecen encerrados y cuántas personas continúan esperando atención médica en un país que alguna vez fue una de las naciones más prósperas del continente.

Sin embargo, cuando uno escucha determinadas declaraciones de Chris Wright sobre Venezuela, queda la impresión de que el secretario no está describiendo el país real, sino la versión tropical y maquillada que durante años ha transmitido Venezolana de Televisión. En esa Venezuela imaginaria, todo funciona. Las instituciones son respetables, los responsables del desastre pueden convertirse mágicamente en administradores de la solución y quienes destruyeron el país durante más de dos décadas aparecen ahora vestidos de técnicos, empresarios responsables y garantes de estabilidad. ( Me refiero a los hermanos Rodriguez y a la cúpula militar chavista, incluyendo claro esta a Narco-Cabello)

Es el viejo milagro propagandístico del chavismo: el pirómano presentándose como jefe del cuerpo de bomberos y preguntando quién dejó abierta la llave del gas. Y lo preocupante no es que la dictadura intente vender esa fantasía. Eso lo ha hecho siempre. Lo verdaderamente alarmante sería que funcionarios del Gobierno de Estados Unidos decidieran comprarla, envolverla para regalo y presentarla ante el mundo como una política seria. Venezuela no necesita otra película de ciencia ficción producida por el régimen. Ya hemos visto demasiadas.
Vimos la película de la revolución honesta mientras saqueaban las instituciones.
Vimos la película de la soberanía energética mientras destruían la industria petrolera.
Vimos la película de la guerra económica mientras una élite se enriquecía obscenamente. Vimos la película del pueblo en el poder mientras el verdadero pueblo huía por millones, cruzando fronteras con una maleta, sus hijos y los restos de su dignidad. También vimos la película «ser rico es malo» y por supuesto la más taquillera de la revolución bonita » El Cochino imperio es culpa de todos nuestros Males «
Ahora pretenden estrenar una nueva superproducción:
“LOS DESTRUCTORES DE VENEZUELA PRESENTAN LA RECONSTRUCCIÓN NACIONAL”
El reparto es el mismo.
Los uniformes son los mismos. Los intereses son los mismos.
Solo cambiaron el afiche publicitario y consiguieron nuevos espectadores extranjeros dispuestos a creer que, después de veintisiete años devorando el país, el lobo ha decidido hacerse vegetariano.

Pero la fantasía no termina en los despachos de Washington. También tiene sucursales dentro de la propia dirigencia venezolana.
Porque mientras unos funcionarios estadounidenses parecen observar a Venezuela mediante la pantalla de VTV, algunos supuestos representantes políticos venezolanos han decidido comunicarse con el país utilizando un dialecto desconocido, compuesto por palabras elegantes, frases kilométricas y una impresionante ausencia de contenido.

DINORAH FIGUERA, por ejemplo, respondió recientemente a quienes exigen elecciones inmediatas.
Según ella:
“Hay un sector de la población que nos dice: elecciones ya”.
¿Un sector? ¡ Bendito sea el señor !
No, señora.
No es un sector.
Es el país entero.
Es la madre que no puede alimentar adecuadamente a sus hijos. Es el trabajador cuyo salario se pulverizó. Es el enfermo que debe llevar hasta las gasas al hospital. Es el exiliado que desea regresar. Es el preso político. Es el pensionado. Es el joven que no encuentra futuro. Es la familia que lleva años despidiéndose en aeropuertos. Todos los Venezolanos quieren elecciones. No se confunda.

Pero entonces vino la explicación. Y fue allí cuando la política venezolana abandonó el territorio de la democracia y entró triunfalmente en el campo de la botánica experimental. Dinorah afirmó que desde el primero de agosto habían asumido una responsabilidad y que, desde entonces, habían trabajado muy duro:

“En un proceso que no solamente es de diálogo, sino que también tiene que ver con un proceso donde se dirimen aspectos con garantías en la búsqueda de la construcción de un propósito común, pero con diferentes visiones, que a veces llevan a motivos de conversación no muy fáciles y que, en definitiva, van luego a un proceso de evaluación y a un proceso de constitución de la idea producto de esa discusión y de ese debate”. ¿Ah?
¿Perdón? ¿Estamos hablando de elecciones o de la reproducción celular de una planta?
Porque aquello no fue una respuesta política.
Fue la fotosíntesis explicada por un abogado atrapado en un ascensor burocrático. Faltó solamente decir que, mediante la absorción de radiación solar, agua, dióxido de carbono, diálogo constructivo y garantías institucionales, la dirigencia opositora produciría glucosa, oxígeno y, eventualmente, alguna elección.

Pero sin apresurarse.
No vaya a ser que la democracia florezca antes de que terminen de constituir la idea producto de la discusión derivada del debate generado por el proceso de evaluación del diálogo que todavía se encuentra en proceso. » POR DIOS» por favor. Cualquier venezolano que haya tenido que realizar una exposición en noveno grado sabe que semejante montaña de palabras no explica absolutamente nada.

Es el antiguo recurso del político que no tiene resultados, pero dispone de un diccionario. Cuando no pueden mostrar hechos, exhiben sustantivos. Cuando no tienen respuestas, organizan seminarios.
Cuando no saben qué decir, convocan un proceso para evaluar otro proceso cuya finalidad será estudiar la posibilidad de comenzar un nuevo proceso. Y así el país continúa esperando mientras ellos administran gerundios.

La pregunta sencilla para esa mesa de diálogo designada por los EstadosUnidos es:
¿Qué han hecho?
¿Con quién se han reunido? ¿Qué lograron? ¿Qué obstáculos encontraron? ¿Qué garantías están negociando?
¿Qué resultados pueden mostrar?
¿Quiénes integran ese equipo misterioso que supuestamente lleva semanas trabajando con tanta intensidad?

Porque cuando dicen “nosotros”, los venezolanos tienen derecho a preguntar quiénes son esos “nosotros”.
¿Quién los designó?
¿Quién los supervisa?
¿A quién le rinden cuentas? ¿Qué están haciendo concretamente?
No basta con aparecer cada cuarenta y cinco días para informar que el proceso continúa siendo procesado por quienes procesan los procedimientos del proceso. Eso no es transparencia. Es una sopa de palabras servida en copa de cristal. Desde el primer momento en que Dinorah Figuera fue nombrada por los Estados Unidos para cumplir esa responsabilidad, recibió la confianza de muchos venezolanos.

Hubo personas que públicamente la respaldaron, esperando que representara con dignidad, claridad y firmeza las aspiraciones de un país desesperado por recuperar su libertad.
Precisamente por eso tiene que hablar con la verdad. No está sentada conversando con un grupo de especialistas en una universidad. No está defendiendo una tesis doctoral. No está participando en un concurso para descubrir quién puede pronunciar la frase más larga sin respirar.

Le está hablando a Venezuela. A un país herido. A una nación cansada. A millones de personas que no necesitan filosofía administrativa, sino respuestas. Cuando Dinorah dice que apenas asumieron la responsabilidad el primero de agosto, “como si hubiera sido ayer”, debería intentar explicárselo a una madre que lleva seis semanas sin poder servirles todas las comidas a sus hijos.
Que le diga que mes y medio pasó como un suspiro. Que se lo explique al pensionado que cuenta monedas para comprar alimentos. Que se lo diga al paciente que no consiguió medicamentos.
Que se lo comunique a las víctimas que perdieron sus viviendas y continúan durmiendo bajo lonas o en refugios improvisados. Que se lo repita a quienes necesitan prótesis, atención médica especializada o tecnología para recuperar parcialmente la vida que perdieron.
Que se lo diga a los presos políticos y a sus familias, que también cumplen condena mientras esperan respuestas.

Para quien ocupa un cargo, seis semanas pueden parecer un instante. Para quien tiene hambre, miedo, dolor o un familiar preso, seis semanas pueden sentirse como seis años. Pero parte de la dirigencia política venezolana parece haber desarrollado una relación muy particular con el tiempo. Veintisiete años de chavismo les parecen una coyuntura. Seis semanas sin resultados les parecen ayer. Y cada fracaso lo consideran una experiencia enriquecedora para continuar dialogando.

El pueblo venezolano no tiene problemas porque le falten diálogos. Tiene problemas porque le sobran delincuentes, farsantes y administradores profesionales de la espera. Por eso, señora Dinorah, cambie la narrativa politiquera.No porque el pueblo sea intolerante, sino porque está agotado.
No está hablando con una multitud de ignorantes a la que se puede hipnotizar pronunciando “garantías”, “construcción”, “propósito común”, “evaluación” y “debate”.

La gente quiere saber qué está pasando.
Con detalles.
Sin adornos.
Sin laberintos.
Sin convertir una respuesta de treinta segundos en un tratado sobre la fotosíntesis institucional.
Contrate un buen community manager.
Que la acompañe.
Que muestre sus reuniones.Que informe diariamente qué se está haciendo. Que explique quiénes participan. Que diga qué avances se consiguieron y qué obstáculos permanecen.
Que publique documentos.
Que presente cronogramas.
Que permita preguntas.
Que active los comentarios en las redes sociales.
Porque no puede pretender representar a un país mientras se esconde de la opinión pública del mismo país que asegura representar.

Durante las campañas políticas todos son expertos en comunicación.
Publican cuando recorren calles.
Publican cuando abrazan ancianas.
Publican cuando cargan niños.
Publican cuando entran en mercados.
Publican cuando toman café en una taza de peltre para demostrar que son profundamente populares. Pero una vez obtenido el cargo desaparecen cuarenta y cinco días y regresan con una conferencia sobre “la constitución de la idea producto de la discusión y del debate”. ¡No!
Hagan con el supuesto trabajo duro lo mismo que hicieron durante la campaña. Muéstrenlo.
Porque si no pueden mostrarlo, explicarlo ni documentarlo, el pueblo tiene derecho a sospechar que ese trabajo existe únicamente en la imaginación de quienes lo mencionan.

Y si por alguna razón no pueden hablar abiertamente porque los Hermanos Rodriguez no se lo permite, busquen la manera. Pestañeen tres veces. Filtren un audio. Manden señales de humo. Escriban un mensaje dentro de una botella y arrójenla al Caribe. Pero informen.

Lo que no pueden hacer es continuar apareciendo periódicamente para arrojarle a Venezuela un recipiente lleno de palabras y pretender que el pueblo se lo beba como si fuera agua. Los venezolanos ya conocen ese método. Lo utilizaron Hugo Chávez y sus herederos durante años. Cuando faltaba electricidad, sobraban discursos. Cuando faltaba comida, sobraban cadenas nacionales. Cuando faltaba gasolina, sobraban conspiraciones. Cuando colapsaban los hospitales, anunciaban una potencia médica.
Cuando millones escapaban del país, afirmaban que Venezuela era un paraíso. El chavismo sustituyó la realidad por propaganda.

Ahora algunos sectores de la oposición pretenden sustituir los resultados por gramática. En el fondo, ambos métodos se parecen demasiado.
Unos aseguran que el país funciona. Los otros aseguran que el proceso avanza.
Ninguno muestra pruebas. Por eso el problema venezolano no consiste solamente en enfrentar a la estructura criminal que destruyó la República.
También consiste en impedir que una dirigencia sin claridad, sin coraje y sin resultados vuelva a secuestrar la esperanza nacional.
Mírense en el espejo de Juan Guaidó, Leopoldo López y otros dirigentes convertidos en caricaturas políticas, memes ambulantes y recordatorios de lo que ocurre cuando la representación pública se separa de la realidad ciudadana.
Llegaron a tener respaldo popular.
Tuvieron reconocimiento internacional.
Tuvieron una oportunidad histórica. Pero fueron consumiendo su credibilidad hasta recibir un rechazo total de todos los Venezolanos, y con comentarios negativos y de desprecio en sus propias redes sociales.
Ese espejo está allí.
No lo rompan.
Mírense. Porque Venezuela no necesita una nueva generación de dirigentes especializados en administrar frustraciones. Necesita representantes que digan la verdad aunque duela, que rindan cuentas, que comuniquen claramente y que entiendan que la confianza no es un cheque en blanco. Se gana. Se conserva.
Y también se pierde.

Del mismo modo, Estados Unidos tiene derecho a defender sus intereses energéticos. Toda nación lo hace.
Lo que no debería hacer es confundir esos intereses con la versión de la realidad fabricada por quienes destruyeron Venezuela. Porque los negocios pueden cerrarse con una firma, pero la legitimidad no se compra con barriles de petróleo. La estabilidad tampoco puede edificarse sobre la impunidad. Una supuesta solución que conserve a los responsables del desastre, que les otorgue poder de negociación y que permita que continúen administrando los recursos nacionales no sería una solución para Venezuela. Sería una solución para el chavismo. Y una supuesta oposición que no informa, que no rinde cuentas y que responde mediante acertijos burocráticos tampoco representa una alternativa.
Representa una sala de espera. Venezuela ha quedado atrapada entre dos mundos de fantasía. En el primero, algunos funcionarios extranjeros contemplan el petróleo y creen que están observando al país.
En el segundo, algunos políticos venezolanos pronuncian discursos kilométricos y creen que están mostrando resultados. Unos ven barriles. Otros ven procesos. Pero casi ninguno parece ver a la gente. Esa es la verdadera tragedia.
No se puede analizar a Venezuela únicamente desde la energía.
Venezuela no es solo petróleo, gas, oro, minerales, licencias o posibilidades de inversión. Venezuela es también cementerios, cárceles, exiliados, hospitales destruidos, familias divididas y una sociedad que ha pagado con sangre la permanencia de una estructura criminal en el poder.

Tampoco puede gobernarse desde una oficina lejana, mediante comunicados que parecen escritos por una comisión de abogados empeñados en evitar que una idea comprensible sobreviva al primer párrafo. Una verdadera transición no puede ser diseñada por los verdugos, narrada por propagandistas, financiada exclusivamente por intereses petroleros y administrada por dirigentes que no saben explicar qué hacen. Debe comenzar con la verdad. Con el reconocimiento de las víctimas. Con el desmontaje de la estructura criminal.
Con instituciones independientes.
Con justicia. Con transparencia. Y con representantes que comprendan que rendir cuentas no constituye una humillación, sino una obligación.

Cualquier propuesta que ignore esos elementos no será una transición democrática. Será simplemente un acuerdo petrolero decorado con palabras bonitas, fotografías diplomáticas y conferencias de prensa llenas de expresiones que nadie entiende. Por eso preocupa escuchar a Chris Wright hablar de Venezuela como si estuviera describiendo el país que aparece en VTV. Tal vez alguien debería cambiarle el canal. Y preocupa escuchar a Dinorah Figuera responderle al país como si estuviera explicando la fotosíntesis durante un examen oral.

Tal vez alguien debería recordarle que la democracia no necesita clorofila.
Necesita elecciones.
Necesita resultados.
Necesita verdad.

FINAL DE PELÍCULA
La escena comienza de noche. Caracas permanece a oscuras por otro apagón. En una sala iluminada por las pantallas de varios teléfonos, un funcionario extranjero observa un mapa petrolero de Venezuela. Sobre la mesa hay contratos, licencias, cifras y fotografías de refinerías. Sonríe.
Cree que ha entendido el país. En otra oficina, una dirigente política practica frente al espejo una declaración sobre diálogos, garantías, propósitos comunes, procesos de evaluación y constitución de ideas.
También sonríe.
Cree que ha respondido. Mientras tanto, fuera de esas oficinas, una madre divide una arepa entre sus tres hijos. Un anciano busca medicinas. Una familia espera noticias de un preso político. Un joven prepara otra maleta. Una mujer duerme bajo una lona.
Y millones de venezolanos contemplan el mismo espectáculo que llevan años viendo: gente hablando sobre ellos sin hablarles a ellos.
La cámara se aleja lentamente. Se observa el Palacio de Miraflores. Luego las oficinas extranjeras.
Después los despachos de la dirigencia opositora.
Todos tienen las luces encendidas..El único que permanece a oscuras es el país.
De pronto, se escucha la voz de Venezuela:

¿Y las elecciones?
Desde Washington alguien responde:
Primero debemos revisar la producción petrolera. Desde algún despacho político contestan:
Estamos avanzando en un proceso de evaluación mediante el cual se constituirá la idea producto de la discusión…
La voz de Venezuela los interrumpe:
¡Hasta Cuando, por favor! Silencio.
Se apagan las pantallas. Caen los discursos al suelo.
La cámara enfoca una urna electoral cubierta de polvo, abandonada en medio de la plaza.
Entonces aparece el título final:

“VENEZUELA: PRÓXIMAMENTE LIBRE… SI LOS ACTORES DE REPARTO DEJAN DE CREERSE LOS PROTAGONISTAS”.
La pantalla queda completamente negra.
Pero antes de que comiencen los créditos, se escucha una última frase:
El secretario de Energía puede estudiar nuestros pozos. Dinorah puede continuar estudiando la fotosíntesis. Pero que ninguno olvide que Venezuela no es un barril ni una planta ornamental: es una nación secuestrada que ya está cansada de alimentar a sus supuestos aliados con petróleo, votos y esperanza. CORTE.
FIN… DEL ENGAÑO.

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