La ilusión del beneficio: El dinero fácil o ilícito parece una victoria relámpago; sin embargo, suele desvanecerse con la misma velocidad con la que llegó, dejando tras de sí el vacío moral de quien creyó poseerlo todo y terminó siendo poseído por su propia codicia.
SER RICO ES MALO: EL LEGADO MORAL DE LA CÚPULA MILITAR VENEZOLANA.
«Ser rico es malo, es inhumano. Así lo digo y condeno a los ricos», proclamó Hugo Chávez Frías en 2005. Lo dijo con la solemnidad de quien parecía dispuesto a liberar al pueblo hasta de su último centavo. Y, vista la obra posterior, hay que admitir que fue un hombre de palabra: millones de venezolanos terminaron liberados de sus ahorros, de sus empresas y, en demasiados casos, hasta de su propio país. Aquel demonio de uniforme y micrófono repetía la frase en sus interminables alocuciones mientras una población ilusionada escuchaba sus cuentos de camino. Domingo tras domingo, Aló, Presidente funcionaba como un catecismo televisado: el caudillo hablaba, los ministros asentían, los generales aplaudían y la realidad esperaba afuera, pacientemente, a que terminara la cadena para continuar desmoronándose.
Chávez condenaba la riqueza con una pasión admirable, sobre todo cuando la riqueza pertenecía a otro. Para el ciudadano que trabajaba, producía o ahorraba, prosperar era casi un pecado capital; para la nueva élite revolucionaria, en cambio, amasar fortunas, comprar propiedades y mover dinero por medio mundo parecía una condecoración por servicios prestados a la patria. El problema nunca fue ser rico: el problema era no pertenecer al club.
La corrupción militar venezolana, desde luego, no nació con Hugo Chávez. Pero con él dejó de ser solamente una enfermedad enquistada en algunas instituciones y pasó a convertirse en un método de gobierno, una estructura de poder y, para demasiados uniformados, un plan de jubilación con divisas.
Hablo de la cúpula corrompida y de quienes utilizaron el uniforme como patente de corso, no del soldado humilde que también fue condenado a sobrevivir con un salario miserable. Porque una cosa es portar un fusil para defender la nación y otra muy distinta es apuntarlo simbólicamente contra el bolsillo del ciudadano.
La Guardia Nacional fue concebida, entre otras funciones, para proteger el orden interno, resguardar espacios estratégicos y combatir delitos como el contrabando. Sin embargo, demasiadas alcabalas terminaron convertidas en pequeños peajes clandestinos: una especie de drive-through de la corrupción, pero sin factura y con fusil incluido. Productores, transportistas, constructores y comerciantes aprendieron que para llevar una mercancía de un estado a otro no bastaba con pagar combustible, empleados e impuestos. También debían dejar la llamada «vacuna» en el camino. Y esa vacuna, a diferencia de las verdaderas, no prevenía ninguna enfermedad: la propagaba.
Cada comisión terminaba incorporada al precio final de los alimentos, los materiales y los artículos de primera necesidad. El funcionario cobraba, el productor sobrevivía como podía y el consumidor pagaba la fiesta sin haber sido invitado.
Así fue creciendo una estructura delincuencial que ya no necesitaba esconderse. La alcabala dejó de ser excepción y se convirtió en costumbre; la comisión dejó de causar vergüenza y comenzó a llamarse «colaboración»; la extorsión se disfrazó de procedimiento legal. Todo muy patriótico: el ciudadano ponía el hombro y el funcionario ponía el número de cuenta.
Cuando Hugo Chávez llegó al poder, no corrigió aquella desviación moral: la bautizó, la ascendió y le entregó presupuesto. El pillaje encontró ideología; la codicia, un uniforme nuevo; y el enriquecimiento ilícito, una coartada socialista.
De esta manera nació la llamada boliburguesía, esa curiosa clase social que juraba odiar el capitalismo mientras aprendía, con sorprendente rapidez, a disfrutar de sus yates, mansiones, caballos de competencia y cuentas bancarias.
La «Robolución Bolivariana» no eliminó a los ricos: simplemente cambió los requisitos de admisión. Antes había que producir, invertir o heredar; después bastaba con tener un cargo, un contacto, una firma o un general dispuesto a compartir el botín. El socialismo del siglo XXI no repartió la riqueza: repartió privilegios entre sus administradores y distribuyó la pobreza entre todos los demás.
Sobre la fortuna personal de Hugo Chávez y la de algunos integrantes de su familia han circulado estimaciones de mil, dos mil y hasta varios miles de millones de dólares. Sin embargo, han habido auditoría pública en el exterior qué han sido confiable y que ha permita presentar esas cifras como hechos demostrados.
Y una denuncia seria no necesita inflar números: la verdad no requiere esteroides. Los expedientes comprobados alrededor del poder chavista son suficientemente escandalosos.
Alejandro Andrade, tesorero nacional durante el gobierno de Chávez, admitió ante la justicia estadounidense haber recibido más de mil millones de dólares en sobornos a cambio de facilitar operaciones cambiarias privilegiadas. Fue condenado a diez años de prisión y aceptó una orden de decomiso por mil millones de dólares, además de bienes que incluían propiedades, vehículos, caballos, relojes, aeronaves y cuentas bancarias.
Resulta difícil imaginar un sacrificio revolucionario más doloroso: tener que decidir en cuál avión privado viajar para condenar los excesos de la burguesía.
Carlos Luis Aguilera Borjas, antiguo capitán del Ejército, guardaespaldas de Chávez y posteriormente jefe de los servicios de inteligencia, también aparece en investigaciones periodísticas internacionales.
Una investigación del Organized Crime and Corruption Reporting Project informó que un funcionario bancario suizo calculó su fortuna en aproximadamente cien millones de dólares en 2013 y examinó sus vínculos con empresas y contratos públicos. No se trata de una condena judicial, y así debe decirse; pero sí de una investigación documentada que retrata la extraordinaria prosperidad alcanzada por ciertos apóstoles de la austeridad socialista.
El caso de Claudia Díaz, antigua enfermera de Chávez y posteriormente tesorera nacional, terminó con algo más que rumores. En 2023, ella y su esposo fueron condenados en Estados Unidos a quince años de prisión por lavar más de 136 millones de dólares en sobornos. La enfermera del comandante eterno el mismo que terminó en un cuartel de la montaña como un embutido de mortadela, tuvo a sus disposición una enfermera diabólica que terminó cuidando las finanzas de la República, y el resultado fue clínicamente revolucionario: la Tesorería Nacional entró en terapia intensiva y el dinero recibió el alta médica en cuentas extranjeras.
En el ámbito estrictamente militar, el expediente es aún más sombrío. Hugo Armando Carvajal Barrios, «el Pollo Carvajal», antiguo director de la inteligencia militar venezolana, se declaró culpable en Estados Unidos, en junio de 2025, de cargos de narcoterrorismo, tráfico de drogas y delitos relacionados con armas. Según el Departamento de Justicia, abusó de sus cargos para proteger cargamentos de cocaína, colaborar con las FARC y recibir millones de dólares de narcotraficantes.
Otro general venezolano, Clíver Alcalá Cordones, ya había sido condenado en 2024 a 260 meses de prisión tras declararse culpable de proporcionar apoyo material, incluidas armas, a las FARC.
Néstor Reverol, antiguo jefe de la Oficina Nacional Antidrogas y excomandante de la Guardia Nacional, fue acusado formalmente en Estados Unidos en 2016 de recibir pagos de narcotraficantes a cambio de advertirles sobre operativos, entorpecer investigaciones y facilitar la liberación de personas y bienes incautados. En su caso corresponde recordar que una acusación no equivale a una condena » Por Ahora» como diría la Mortadela Eterna. Pero la paradoja institucional resulta grotesca: el hombre encargado de perseguir el narcotráfico terminó señalado por presuntamente prestarle servicio de escolta. Ni siquiera George Orwell habría imaginado un Ministerio de la Ironía tan eficiente.
En cuanto a otros altos oficiales y dirigentes, como Francisco Arias Cárdenas, Francisco Rangel Gómez o Gustavo González López, circulan cifras astronómicas sobre sus patrimonios obtenidos en Robolucion. En el caso de González López, hay muchas evidencias también documentadas su paso por el SEBIN, su designación en listas internacionales de sanciones y su ascenso a ministro de Defensa en marzo de 2026; lo que se ha demostrado con investigaciones internacionales es la cifra de cinco mil millones de dólares que se le atribuye a su fortuna personal.
Denunciar la opacidad es legítimo; presentar un rumor un balance bancario por investigaciones internacionales sería precisamente la propaganda que se pretende impulsar como el régimen pretende combatir la corrupción, cuando todo el mundo sabe que ellos Son la Corrupción.
Y allí está el verdadero legado moral de la cúpula militar chavista: enseñar que la riqueza obtenida mediante el trabajo era sospechosa, mientras la riqueza nacida del cargo público merecía escolta; que el empresario era un explotador, pero el funcionario que cobraba comisiones era un camarada; que producir generaba culpa, mientras saquear producía ascensos. Esa inversión de valores hizo más daño que el dinero robado. El saqueo vacía las arcas, pero la corrupción moral vacía a la sociedad.
Cuando una generación aprende que estudiar, trabajar y emprender no garantiza progreso, pero tener contactos dentro del poder y pertenecer a la administración pública sí, la nación deja de premiar el mérito y comienza a premiar la complicidad. En ese momento, la República ya no funciona como país, sino como una alcabala gigantesca: alguien siempre cobra y el pueblo siempre sigue de largo, más pobre que antes.
«Ser Rico No Es Malo» Malo es enriquecerse robando el dinero público, extorsionando al productor, traficando influencias, utilizando el uniforme como salvoconducto y, después, exigirle sacrificios al pueblo desde el asiento trasero de un vehículo blindado y una mansión en Miami y en Coral Gable.
La riqueza honesta crea trabajo; la riqueza ilícita compra silencios. La primera paga impuestos; la segunda paga guardaespaldas.
La Revolución Bolivariana no abolió la riqueza: la mudó al extranjero. No eliminó a la burguesía: le puso charreteras, soles, escoltas y acceso directo al Tesoro Nacional. Tampoco derrotó al capitalismo; derrotó al venezolano que deseaba vivir dignamente de su esfuerzo. Al final, buena parte del generalato venezolano consiguió una hazaña militar que no aparece en ningún manual de estrategia militar: conquistó su propio país, lo saqueó desde adentro y luego se condecoró por haberlo defendido.
Por eso, cuando algún nuevo apóstol de uniforme verde vuelva a decir que «ser rico es malo», habrá que preguntarle con serenidad: ¿malo para quién? ¿Para el ciudadano que trabaja y produce, o para el general que roba y no declara? Venezuela ya conoce la respuesta. La pagó durante años en cada alcabala, en cada contrato amañado, en cada empresa destruida y en cada maleta que tuvo que cerrar para buscar futuro lejos de su tierra.
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