Opinión

¡Qué desgracia la que acontece en Venezuela! Por Antonio José Monagas

Pudieran sumarse los años que pesan sobre la Venezuela que ha vivido resistiendo las crisis que tanto daño han causado. La sumatoria en cuestión, no sólo supera la edad de un adolescente. También la de un individuo de centenaria edad. Pues si bien pareciera ser un problema de interpretación idiomática, es de explicación matemática-política. Mejor dicho, de “cálculo infinitesimal”.

No sólo ha sido el tiempo transcurrido desde que el obtuso y ocioso militarismo retomó el poder en 1999. También, el que ha correspondido a un buen número de decenios del siglo XIX. Igualmente del siglo XX.

El caso es que el problema se potenció como razón exponencial de cualquier logaritmo de complicada resolución. Y lo peor de todo, es que no hay quien dé con el modo de resolver tan enredada ecuación. Ni siquiera, simplificándola a fin de reducir sus dilemas o enigmas implícitos en tan trabajosa expresión matemática. Más si está imbricada con factores de la política… Pues estos terminan elevando el exponente o potencia cuya representación matemática, tiene en jaque al país en todas sus manifestaciones y sentidos.

Dicho de una manera bastante coloquial, es tal como algún inquieto pulsador de teclados, lo dejó claro. Señaló que el problema se ha suscitado toda vez que “quien quiero que me quiera, no me quiere como quiero” 

La oposición es también culpable

La oposición está fracturada. De eso no cabe la menor duda. Problema éste que podría terminar dislocando la estructura política sobre la cual se han fundamentado sus estrategias, criterios y proposiciones. Todas dirigidas a retomar el camino de un desarrollo económico y social asociado a lo que determina un sistema democrático. Y que si bien, no es un camino fácil de allanar, compromete razones, actitudes y conciencias difíciles de encontrar en el universo político actual venezolano. 

Más allá de las apariencias, de gruesos currículum vitae, de ennoblecidas manifestaciones de intención, de promesas basadas en clamados objetivos, la reconstrucción de Venezuela descansa en el ejercicio de una política afianzada sobre valores de dignidad, justicia, respeto, honestidad, igualdad y pluralismo. 

Cualquier otra ruta que se aparte de tan connotados valores, sólo lleva a servir a “la nada”. A partir de la cual ha rodado todo plagio o remedo de ideología política. Aunque la pinten con los colores más fulgurantes que la naturaleza pueda brindar. Más, por cuanto debajo de todo cabe la posibilidad de esconder cuanta maraña surja de la ignominiosa “nada”. O de inalcanzables utopías sobre la cual se han tejido sueños que, por vacuos, se enquistan en fantasías exaltadas por discursos de tiempos electoreros. O para hacer mero proselitismo.

Y aún así, quienes por atrevidos y temerarios se presten a jugarse la vida confiando en que los cielos “son espacios sólo para extasiarse del vuelo de pajaritos preñados”, vale siempre el respeto hacia su equivocados idearios. Es base de una moderada y necesaria convivencia. Lo contrario, es caer en la anarquía desde donde cada quien funge de juez y verdugo. 

Aunque por otro lado debe advertirse que el problema en cuestión, se minimiza si se actúa en consonancia con lo que se piensa y se dice. Lo contrario, ha incitado buena parte de la debacle que arrastró el país al fondo del barranco. Sobre todo, porque quienes han querido sacar al país del foso, no han podido lograrlo. Y quienes han podido, se han visto maniatados o amordazados. En consecuencia, a ningún resultado llegaron. O porque vieron que no hacer nada, era también una alternativa. Sólo que esta opción, adquiere sentido en materia económica. En política, no es así. 

He ahí otra causal que replegó a Venezuela en el ostracismo del cual no ha podido escapar. Al menos, es lo que revelan hechos de corrupción, inflación, represión, exfoliación y de dominación. Todos propios de cual impúdica tiranía. De manera que cabe gritar a los cuatro vientos: ¡Qué desgracia la que acontece en Venezuela!

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