El 3 de enero de este año, entre un estruendo sónico que todavía resuena en la conciencia de los que exigimos democracia verdadera, los venezolanos pudimos sentir un murmullo que anunciaba, por fin, una nueva etapa para nuestro país. Hoy, con mucha esperanza, aplomo y urgencia nos planteamos preguntas profundas sobre nuestro futuro, esperando que se materialice la promesa del presidente Donald J. Trump de que “habrá más prosperidad en los próximos seis meses que en los últimos veinte años”. El amanecer tan esperado por muchos también destapa un paisaje que va más allá de la ruina económica; nos enfrentamos a una devastación sin precedentes donde el experimento socialista contrajo el PIB en casi un 80% y forzó el éxodo bíblico de más de 9 millones de ciudadanos. No estamos heredando simplemente un Estado fallido o una burocracia corrupta; estamos recibiendo los escombros de una nación donde la infraestructura, la salud y la educación fueron desmanteladas completamente, dejando tras de sí un trauma colectivo infligido por una mafia estatal que orquestó la miseria como herramienta de control social.
Es importante comprender que esta catástrofe no fue un accidente causado tan solo por la incompetencia, sino la consecuencia inevitable del socialismo a través de la historia. El desprecio por la propiedad privada y la asfixia de la iniciativa individual no fueron errores de cálculo, sino las bases de una estrategia orientada a la perpetuación en el poder. Aun así, hoy es inaudito y difícil de procesar que el horizonte siga empañado por verdugos que son parte de la “transición”. Estamos ante un sistema que, al igual que los modelos soviéticos comunistas, ha funcionado exactamente para lo que fue creado: demoler la libertad ciudadana y transformarla en una forma clara de neoesclavitud. La pesadilla no se puede repetir, y aceptar sin reclamo que quienes destruyeron la nación controlen su reconstrucción sería negligencia ante la clara evidencia de que el Socialismo es una maquinaria de exclusión, pobreza, muerte y corrupción.
El espejo de Europa del Este
La historia no es una sucesión de eventos aleatorios, sino un tribunal de evidencias reales. Para quienes aún sugieren que el colapso venezolano fue producto de una simple «mala gestión» o de factores externos, el espejo de Europa del Este ofrece un golpe de realidad que no admite réplica. Naciones como Polonia y la República Checa no alcanzaron su actual prosperidad simplemente cambiando de gobernantes o esperando que el mercado se regulara por arte de magia; lo hicieron entendiendo, con un realismo envidiable, que el comunismo y el socialismo no son opciones políticas legítimas, sino tumores sociales. Al caer el Muro de Berlín, estos países no se limitaron a una transición solo de fachada; emprendieron una reconstrucción moral y legal que definió al sistema soviético como lo que siempre fue: una ideología criminal diseñada para la aniquilación del individuo en favor del Estado.
El pilar fundamental del renacimiento de los países como Polonia, República Checa y Hungría, fueron las llamadas leyes de «lustración» que establecieron un marco jurídico donde la promoción de estas ideologías quedó prohibida. Este «exorcismo legal» permitió que en menos de tres décadas, desarrollaran economías dinámicas y sociedades con niveles de prosperidad antes impensables bajo el yugo socialista. Entendieron que para generar un crecimiento sostenido es indispensable extirpar primero todo rastro de socialismo (o comunismo que es exactamente lo mismo, como explicó el sátrapa originario Fidel Castro en un momento de lucidez).
Por qué la libertad requiere leyes de hierro
El gran error de las democracias modernas, y especialmente de la venezolana, ha sido la extrema apertura. Esto sucedió en 1969 con la pacificación de Rafael Caldera quien legalizó las guerrillas y sus partidos políticos. Error que volvió a repetir en 1992 al sobreseer a los golpistas que después no solo destruyeron Venezuela sino que ilegalizaron e inhabilitaron a todo líder y partido político relevante. En este nuevo momento histórico, se ha de diseñar un arquitectura legal de hierro que defienda la libertad y la democracia con una normativa que evite el retorno al abismo de miseria, sangre, corrupción desmedida y la dura emigración forzada.
Necesitamos un marco jurídico que prohíba explícitamente cualquier plataforma política o partido cuyos estatutos atenten contra el orden liberal. No podemos permitir que el derecho a la libre asociación sea utilizado como una herramienta para infiltrar de nuevo el germen del peor mal que ha padecido Venezuela (socialismo del Siglo XXI) que solo ha demostrado ser una simbiosis metastásica de narcotráfico y crimen organizado, lo cual eleva la necesidad de su proscripción a un asunto de seguridad nacional.
Conclusión
La reconstrucción de Venezuela solo será viable si se limpian de raíz las causas de la hecatombe socialista para evitar que las semillas del resentimiento vuelvan a germinar. Los jerarcas del régimen deben enfrentar la justicia en cortes internacionales y la ideología que les dio sustento debe ser despojada de legitimidad. El surgimiento de nuevos líderes, jóvenes y sin vicios, es la mejor garantía de que el renacimiento de Venezuela será una ruptura definitiva con el pasado. Defenestrar el socialismo es la única garantía de que, en Venezuela, la libertad y la democracia sean el legado de muchas generaciones por venir.
Dayana Cristina Duzoglou L. para Caiga Quien Caiga
X: @dduzogloul
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