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Trump: el caudillo que nos hace sentir menos solos. Por: Estefáno Tramburini

El oficialismo y la oposición reaccionaron de forma muy distinta a la muerte de Hugo Rafael Chávez Frías, anunciada el 5 de marzo de 2013, en una jornada en la que todo el país —para bien o para mal— parecía revivir aquella frase escrita por Miguel Otero Silva en Casas muertas: «Esa mañana enterraron a Sebastián».

El oficialismo cristalizó la figura de su líder, partiendo grosso modo del culto a la personalidad que ya se le venía rindiendo en vida, mientras la oposición —a fuerza de rechazarlo— terminó buscando a todo aquel que se le pareciese, sin encontrarlo, reviviendo constantemente la dinámica del abandono y de la orfandad: desde la campaña abiertamente populista de Henrique Capriles Radonski en el 2013 hasta el protectorado de Donald Trump, pasando por el ímpetu de figuras inspiradas en el realismo mágico como Leopoldo López y María Corina Machado. En todos y cada uno se ha venido buscando una figura paterna, infalible, capaz de reunir aspiraciones y expectativas en una sola persona, tal como lo hacía Chávez con sus seguidores. Las facciones podían ser distintas; el método, en cambio, era similar.

Y me atrevo a compararlo con el personaje de aquella cruel novela por la percepción de inmortalidad que, en un par de décadas, se creó en torno a la figura de a quien llamaban «comandante», capaz de salir de la pobreza, sobrevivir a su propia intentona en 1992, hacerse con la presidencia en 1998, sobrevivir a un golpe de Estado en 2002 (siempre según la versión oficial de los hechos) y pare usted de contar.

Chávez hizo girar la vida nacional en torno a sus sueños, caprichos y obsesiones, llegando a sacrificar el colectivismo que él mismo defendía: promovió una Constituyente y una reforma de la Constitución que allí se había generado, todo en nombre de la reelección indefinida, luego aceptada como enmienda una vez extendida a alcaldes y gobernadores; cambió símbolos patrios, movió media hora las agujas del reloj, exhumó los restos de Simón Bolívar y diseñó una extraña y vergonzosa simbiosis entre su rostro y el del Libertador.

 Todo eso —junto a una oposición sutilmente asfixiada, atrapada entre el pasado y la falta de creatividad— le permitió convertirse en una especie de reloj político que dictaba el tiempo y la agenda pública, ya no solo de los palacios sino de la gente.

Lo vimos en Lagunillas, cuando numerosos opositores corrieron a inscribirse en el entonces neonato Psuv (Partido Socialista Unido de Venezuela). O cuando los empresarios que tanto lo despreciaban asistían a sus Aló Presidente, fingiendo devoción para conservar licitaciones y contratos con Petróleos de Venezuela, incluso después de las expropiaciones de los muelles y activos de servicios petroleros ocurrida en mayo de 2009.

Humillaciones interesadas que solamente podían ser exigidas por un caudillo, figura que desde el siglo XIX ahonda sus raíces en el inconsciente colectivo de la nación. Y el caudillo encanta a las masas, y las seguirá encantando, pues guiña el ojo a una parte reprimida de nosotros, como si dijese: «Tranquilo, es posible ejercer el poder sin amarrarse a ninguna responsabilidad». Lo cual, en pocas palabras, equivale a: «Sí, se puede ser adulto manteniendo las mismas inmadureces e ilusiones de cuando eras muchacho».

O aún peor: «No importan los medios, pues lo importante es tener éxito». Su figura seduce invitando precisamente a ignorar los límites que la escuela, la familia, la Iglesia y otras instituciones nos impusieron. Y con su poder busca demostrar que se puede vivir sin sentido del límite alguno. Por eso, cuando un caudillo muere, a mucha gente le pasa por la mente una frase parecida a la que leemos en Casas muertas, siempre sobre el entierro de Sebastián: «Si no logró escapar de la muerte Sebastián, joven como la madrugada, fuerte como el río en invierno, voluntarioso como el toro sin castrar, no quedaba a los otros habitantes de Ortiz sino la resignada espera del acabamiento».El mismo patrón de conducta se vino replicando en los liderazgos opositores —siempre Capriles, López (o tras él, Guaidó), Machado— y se repite de forma tragicómica en la figura de Trump, quien con Chávez comparte lo que Rafael Caldera llamaba el «síndrome de Adán»; es decir, el deseo o la manía de querer ser el «primer hombre» y así rebautizarlo todo, como vimos con el Departamento de Guerra, el Lago de América y pare de contar.

Un hombre que, ante los reveses de la guerra en Medio Oriente y de todos los frentes internacionales que no ha sabido manejar, reivindica su único éxito absoluto: despojar a Venezuela de su único recurso natural, como compensación respecto al conjunto de derrotas coleccionadas en el tiempo.

Clásico ejemplo de piratería que va mucho más allá de todo colonialismo, pues no le deja absolutamente nada al territorio conquistado, sino que lo exprime de forma grotesca.

Y algunos aceptan que así sea, pues «Trump fue quien sacó a Maduro». Sin embargo, quienes piensan así observan la sociedad —local e internacional— a través de las categorías y los anteojos del «pranato» (degeneración del caudillismo, practicado en lotes más reducidos), que tanto daño le hizo al sistema penitenciario y al país. Es decir: un malhechor le quita un barrio a otro y eso le da derecho a azotar a toda la colectividad que reside en dicho sector, diciéndole que es por su bien.

El caudillismo, la mentalidad caudillista y sus derivados nos llevan a aceptar toda humillación proveniente de la figura del líder, incluidos los maltratos a millones de migrantes venezolanos que viven en aquel lado del mundo, y que también —al igual que la tierra— son injustamente despojados de lo poco que han construido.

Es lamentable que hoy se siga con devoción al caudillo que busca sacrificar a Venezuela y a los venezolanos en el altar de las elecciones de medio término en los Estados Unidos de América. Todo por seguir buscando un padre, un caudillo que finja protegernos y nos mantenga ilusionados, así nos deporte, nos mienta y nos robe a mano armada. Ello sin derecho al pataleo, pues el discurso de muchos se resume en la consigna: «Aquí no se habla mal de Trump».

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