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Veraz…Hay amores que matan. Por: Robert Alvarado

«El político debe tener: amor apasionado por su causa; ética de su responsabilidad; mesura en sus actuaciones.» Max Weber

Cuando escucho a Pimpinela, pienso en esas relaciones en las que el amor y el sufrimiento terminan viviendo bajo el mismo techo. Lucía y Joaquín Galán cantan sobre ese apego que no deja ir, aunque quedarse duela; sobre el deseo, la desesperación y esa pregunta que uno se hace cuando ya no sabe si está enamorado o simplemente acostumbrado al drama: ¿vale la pena seguir aquí? En la canción “Hay amores que matan” está justamente esa contradicción. Hay un vínculo intenso, difícil de romper, pero también una relación que hace daño. El desamor parece inevitable y, aun así, soltar a esa persona cuesta. Pimpinela recuerda que el amor puede dar alegría, claro, pero también tristeza; y que a veces uno debe preguntarse si no ha confundido amar con sufrir.

La canción funciona como advertencia: cuidado con enamorarse a ciegas y con quedarse en una relación que se vuelve destructiva. Hay señales que conviene mirar de frente. La salud emocional también cuenta, aunque a veces el corazón, ese pésimo asesor, insista en que todavía hay que aguantar un poquito más. Y aquí es donde la canción deja de hablar solo de parejas. A los hermanos Rodríguez también les podría servir de banda sonora. A veces uno ama tanto una revolución que termina cometiendo los mismos errores que antes denunciaba. Ya lo dice el refrán: el que escupe para arriba, tarde o temprano recibe la sorpresa en la cara. Las críticas ofensivas, los juicios duros y la arrogancia pueden volverse contra quien los lanza. La ironía está en condenar en otros aquello que después termina pasando por casa propia.

Hace unos días se conoció que Delcy Rodríguez, quien presidió la Asamblea Nacional Constituyente, pidió a la Asamblea Nacional, presidida por su hermano, reformar la Ley Constitucional contra el Odio, por la Convivencia Pacífica y la Tolerancia, aprobada el 8 de noviembre de 2017 por esa misma ANC. La escena tiene algo de Pimpinela: los hermanos discuten, cambia el escenario, pero la canción sigue siendo la misma. La ley se presentó como una herramienta para promover la paz y la convivencia. Sus críticos, sin embargo, la han señalado como un instrumento para silenciar la disidencia y criminalizar a la oposición política. Cuestionan la ambigüedad de sus términos, porque permitiría interpretaciones amplias y arbitrarias, y advierten que las autoridades podrían usarla para castigar críticas legítimas o voces incómodas.

También se ha denunciado que su aplicación sería selectiva y que opositores al Gobierno estuvieron y estarían más expuestos a la persecución. Ese temor, sostienen sus críticos, alimentó y alimenta la autocensura: la gente empezó, y aún hoy lo hace, a medir cada palabra no por prudencia, sino por miedo. Organizaciones de derechos humanos han advertido, además, que la ley pudo o puede facilitar la persecución de personas por sus opiniones políticas o por expresar descontento. El discurso oficial hablaba de amor, paz y convivencia; pero, según quienes cuestionan la norma, el resultado ha sido más polarización y hostilidad entre sectores del país. También critican la severidad de las penas previstas para quienes sean considerados culpables de incitación al odio y sostienen que se han producido encarcelamientos injustos por actos de expresión. Mucha paz en el título, bastante discusión en la práctica.

La historia de la ANC tampoco se libra de las contradicciones. Su propósito, de acuerdo con el acto de creación de 2017, era redactar una nueva Constitución. Pero sus críticos sostienen que fue más allá y se ocupó de crear y modificar leyes, pese a que ya existía una Constitución vigente. La pregunta sobre sus atribuciones y su legitimidad quedó en el centro de la controversia. Entre los ejemplos mencionados está la modificación de leyes ya existentes, como la de Control Cambiario, sin un proceso legislativo formal. Para quienes cuestionaron esas actuaciones, aquello puso en duda el respeto a la institucionalidad y al proceso democrático, y alimentó la percepción de que el Gobierno buscaba consolidar su control sobre la economía y las libertades civiles.

También quedó el caso del gobernador electo del Zulia, Juan Pablo Guanipa, destituido por no juramentarse ante la ANC. La medida fue interpretada por sus críticos como otra forma de reforzar el control del poder central sobre las regiones y como una violación de los derechos políticos de los gobernantes electos. Un pase de factura, dirían algunos; una manera bastante peculiar de hablar de convivencia, dirían otros. En suma, la ANC intervino en la creación de leyes, aprobó normas cuestionadas por limitar libertades y destituyó a funcionarios electos. Para muchos analistas y críticos, esas actuaciones excedieron su propósito original, concentraron poder y contribuyeron a mantener las tensiones y la crisis venezolana.

Después llegó el 3 de enero y, para algunos, apareció una luz al final del túnel: se llevaron al tirano y a los hermanos Rodríguez les tocó quedar bajo la tutela de la Administración Trump. De pronto, el discurso cambió y volvió a sonar Pimpinela: “Hay amores que matan”. El amor político también puede ser intenso y peligroso, sobre todo cuando se confunde la lealtad a una causa con la obligación de justificarlo todo. A veces toca reconocer que una relación, con una persona o con una revolución, hace más daño que bien. Y que cambiar de canción, aunque cueste, puede ser la manera de empezar a protegerse.

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