Como periodista y abogado defensor de derechos humanos, he aprendido a leer las ciudades. Maracaibo no se lee solo en sus titulares, se lee en sus calles, en sus escuelas, en el rostro de los niños que estudian bajo un sol inclemente porque no hay electricidad para un ventilador. Por eso, cuando el alcalde Giancarlo Di Martino y el gobernador Luis Caldera anuncian un derroche de dinero para el encendido de las luces de la avenida Bella Vista en los próximos, mi primera reacción no es de asombro, sino de una profunda tristeza. Una vez más, la vanidad del poder y el hambre de beneficios monetarios se impone sobre la dignidad de la educación.
No voy a negar la magia del «titilar nocturno de bella vista». Las 33 cuadras iluminadas, los casi 8 kilómetros de luces, la imagen monumental de la Chinita hecha con bombillos de colores y las casi 50.000 personas que abarrotan la avenida son, sin duda, un espectáculo. Es la fiesta que a muchos les gusta ver, la postal que se comparte en redes sociales, el momento que las autoridades aprovechan para posar sonrientes. El propio alcalde lo resumió con una frase que debería darnos escalofríos: «estamos contentos porque el pueblo estará contento».q
Pero, ¿a qué pueblo se refiere? ¿Al que asiste a la función de fuegos artificiales y luego regresa a una casa sin luz? ¿O al que vive en la otra Maracaibo, esa que no sale en las tarimas? Permítanme ponerle una cifra a la indignación. Según estimaciones técnicas que manejamos, un sistema de energía solar con baterías para alimentar el alumbrado de esos 7,5 kilómetros de Bella Vista rondaría entre 180.000 y 280.000 dólares.
Esa no es una cifra inventada al azar; es el costo real de generar y almacenar la energía que se consume en un espectáculo de luces que dura tres meses. Esa misma cantidad de dinero, sin contra los sobreprecios, ese mismo esfuerzo logístico y financiero, podría haber transformado la vida de miles de niños marabinos de manera permanente.
En el Zulia tenemos la prueba de que se puede. En Rosario de Perijá, la escuela Don Simón Rodríguez instaló un sistema fotovoltaico de 12 kilovatios con 12 paneles solares por una inversión de 18.000 dólares. Ese proyecto, modesto en comparación con el derroche de Bella Vista, mantiene operativas once aulas, la cocina y el comedor para más de 600 niños. Es decir, que con lo que se gastará en el alumbrado de la avenida, se podrían equipar entre 10 y 15 escuelas como esa, beneficiando a 6.000 o 9.000 estudiantes que hoy estudian a oscuras, con calor, con desmayos, con sangrado nasal por las temperaturas infernales.
Y no hablo de casos hipotéticos. Hablo del Liceo Manuel Segundo Sánchez, en la parroquia Francisco Eugenio Bustamante, donde más de mil estudiantes llevan más de 20 días sin luz. Allí, los muchachos usan la linterna del teléfono para ver la pizarra y los profesores tienen que dejarlos salir a las 6:30 de la tarde porque los salones son una boca de lobo. Hablo de la escuela estadal «Maestro Sergio Enrique Fuenmayor», en el barrio El Gaitero, donde 658 niños y adolescentes reciben clases sin electricidad desde hace tres meses. Los padres han denunciado desmayos y sangrado nasal; los baños no funcionan porque sin luz no hay bomba de agua, y los niños orinan en el patio. Hablo de la Unidad Educativa «Rosa de Sarón», en Cristo de Aranza, donde 150 estudiantes, incluidos niños con autismo, no pueden usar los aires acondicionados porque Corpoelec solo les conectó 110 voltios en lugar de los 220 que necesitan.
Esa es la Maracaibo que el alcalde Di Martino no ve cuando sube a la tarima. Esa es la Maracaibo que no brilla. Esa es la Maracaibo a la que le prometieron paz y progreso, pero que sigue esperando un transformador, un cable, una respuesta.
Como abogado de derechos humanos, no puedo quedarme callado ante esta jerarquía de prioridades. El derecho a la educación es un derecho humano fundamental. El derecho a un ambiente escolar digno, con ventilación, con luz, con agua, es parte de ese derecho. No es un lujo. No es un adorno. No es una gala navideña. Es la base sobre la que se construye el futuro de una ciudad. Y ese futuro, señor alcalde, no se ilumina con bombillos de colores. Se ilumina con aulas encendidas, con niños que aprenden sin sudar la gota gorda, con maestros que no tienen que elegir entre dictar clase o cuidar que sus alumnos no se desmayen.
La Navidad es hermosa. La Chinita es sagrada. Pero la educación es sagrada también. Y ninguna lucecita, por muy bonita que sea, puede tapar la oscuridad en la que ustedes están dejando a nuestros niños. Ustedes eligieron el brillo efímero de una avenida. Nosotros seguiremos eligiendo la dignidad permanente de una escuela. Esa es la verdadera luz que Maracaibo necesita.
Dr. Gustavo Duque Largo
Abogado defensor de los derechos humanos
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