Esto no es una película.
Esto no es una escena inventada.
Esto es la cara más cruda de lo que ocurre cuando el crimen organizado se apodera de minas, territorios, armas y comunidades enteras.

En medio del operativo desarrollado en la zona minera del estado Bolívar, donde terminó abatido alias Niño Guerrero, también habrían caído varios sujetos señalados como gariteros y hombres armados que operaban atrincherados en sectores usados como bases por estas estructuras criminales.
Según versiones de la zona, estos sujetos no eran simples espectadores. Eran parte del anillo de seguridad que cuidaba, avisaba, vigilaba y protegía a los cabecillas que mantenían control criminal en las minas.
Sectores como El Mecate y El Mecático eran utilizados como bases de operación por estos grupos armados. En una de esas bases, según la información que se maneja en la zona, el encargado era el conocido como William, vinculado a la gente de Johan Petrica, dentro de esa estructura criminal que durante años sembró miedo en el sur de Bolívar.
Estos gariteros eran los ojos y los oídos del pranato minero. Eran quienes alertaban movimientos, protegían rutas, cuidaban entradas, daban aviso a los cabecillas y sostenían el dominio de los delincuentes sobre territorios donde la ley fue desplazada por el miedo.
Pero ningún poder criminal es eterno.
Cuando los delincuentes se atrincheran creyéndose intocables, cuando convierten las minas en guaridas, cuando piensan que las armas, las garitas y los cabecillas los van a proteger para siempre, tarde o temprano llega el golpe.
Lo ocurrido en Bolívar deja un mensaje claro:
el que vive cuidando criminales, termina cayendo con criminales.
Durante años, el sur de Bolívar fue convertido en territorio de oro, extorsión, armas, silencio y muerte. Muchos callaron. Muchos permitieron. Muchos miraron hacia otro lado mientras estas bandas crecían hasta sentirse dueñas de la vida de la gente.
Hoy no solo se habla de la caída de un cabecilla.
También se habla del derrumbe de parte de una estructura que operaba con gariteros, bases, brazos armados y complicidades.
Y la pregunta sigue siendo inevitable:
¿Quién permitió que estos grupos llegaran tan lejos?
¿Quién dejó que las minas se convirtieran en territorio de pranes?
¿Quién protegió, toleró o se benefició de ese poder criminal?
Porque no basta con que caigan los gariteros.
No basta con que caiga un cabecilla.
También tiene que caer la red de complicidad que permitió que delincuentes terminaran mandando más que la ley.
En Bolívar quedó una lección escrita con sangre y fuego:
los pranes no son eternos, las bases criminales también caen y los gariteros que sostienen el terror terminan pagando las consecuencias.
Venezuela necesita justicia real, instituciones limpias y un Estado que proteja al ciudadano honesto antes de que el crimen vuelva a levantar otro imperio sobre el miedo del pueblo. Abg. Zonny Paruta, Comisario del Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas, C.I.C.P.C.-P.T.J.
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