Opinión

Atrapado en el conformismo Por Antonio José Monagas

 

Así como hay vivencias que no admiten mayores impugnaciones en virtud de su transparencia, existen otras que, por dónde se miren, son completamente rebatibles. Quizás, el ejemplo más sencillo para comprender esto, es cuando se enfrentan rivales que pugnan por el mismo resultado. Sobre todo, cuando uno busca ganar a costa del esfuerzo del otro. 

 

Esta situación lleva a la pregunta: “¿quién tiene a quién?” Y al intentar responderse, puede caerse en un círculo vicioso cuya rutina desquicie a cualquiera. Aunque también, es factible despegar siguiendo un trazado cuya continuidad haga emerger  expectativas tan optimistas como disuasivas de cuantas dudas surjan en su trayecto. 

 

Esta es una forma discursiva que podría explicar lo que, detrás del escenario que ocupa el teatro de la vida, acontece. O lo que, entretelones, encubre el ejercicio de la política. Habida cuenta que la política convencional se ha preparado para asumir manejos que encubren engañosas decisiones. Sus consecuencias, ponen en riesgo la movilidad del ser humano. En lo político, social y económico. 

 

Así se tiene que la política, aprovechándose de la ventaja que le prodiga su condición de manipuladora de la realidad, se vale de todo cuanto tiene a su alcance para llevar a cabo los arreglos que sus intereses y necesidades determinan. Lo hace, sin importar los efectos que sus acciones puedan causar. Adelanta o atrasa sus planes con toda la rapacidad o malicia posible. Muchas veces, la desconsideración del tiempo que su ejecución requiere. Aunque otras veces, apegada al inmediatismo. Y de esa manera, atropella todo a su paso hasta alcanzar sus propósitos.

 

Así, la política se ha convertido en campeona del arrebato de lo que dictan sus intereses. Y que en su afán de poder, golpe a golpe, obtiene. Es una razón para que la historia se vea asociada con la política. Tanto, que muchas veces se comporta maleable ante el dominio que la política ejerce. Podría decirse que, por disimulada imposición, la historia se hace cómplice del ejercicio de la política. 

 

Por otro lado, la injerencia que el ejercicio de la política desarrolla, y el esforzado influjo de sus proyectos político-ideológicos, inducen en el individuo comportamientos que desdicen del concepto de política. Según Aristóteles, configura la condición sin la cual el hombre político (el zoon politikón) no podría compartir situaciones en conjunto. O de aquel otro concepto de política que exalta el pluralismo político en el contexto de la diversidad de pensamiento y de la comunidad en la que suscribe su dinámica.

 

Aunque esta disertación pareciera estar arraigada en un fondo filosófico, o sociológico, es innegable que alude a la vida del hombre. Además como la vida en sí misma es un bastión de la política, deberá inferirse que el problema a que refiere estas líneas puede dirimirse en el terreno de la política. Particularmente, dada la gravedad que él mismo reviste. 

¿Cómo la política trama cambios perversos?

 

En el plano universal, la política se ha valido de estrategias bastante discretas o disimuladas para inmiscuirse en la sociedad. Por supuesto, apoyada en distracciones articuladas mediante la puesta en marcha del viejo truco de “pan y circo”. A este respecto, es penoso manifestar que no ha habido excepciones honrosas y valerosas que hayan evitado dicha situación.

 

De esa forma, la política ha alcanzado los objetivos trazados. Siempre a instancia de oscuras intenciones que difícilmente son traducidas y reconocidas. Aunque otro problema que se suscita, es cuando estas maquinaciones son interpretadas y dadas a conocer. Ahí, la política dirige sus cañones contra aquel medio o individualidad que se atreva hacerla del conocimiento público. 

 

La eficacia de la susodicha práctica es de tal alcance, que si bien los cambios han sido advertidos a primera, segunda o tercera vista, no así ha sucedido respecto de la conciencia humana. La discrecionalidad ha sido tan bien lograda, que los cambios han sido casi imperceptibles. Y si a dicho estado de dificultades se integra la indiferencia que el ejercicio de la política ha procurado en paralelo, pues de todo ello resulta una ecuación perfectamente calibrada y formulada. Casi que de improbable solución. Al menos, en la fase inicial de su aplicación. 

 

El nuevo esquema político impuesto por el silencioso y desmoralizador ejercicio de tan intrigada política, invadió por entero la vida del hombre. Especialmente, de comunidades y naciones afectadas por el miedo, el hambre, la violencia y la precariedad de salud, trabajo y educación. Y así ha sucedido, en medio de realidades insumidas por el autoritarismo y el totalitarismo. Por el despotismo propio de cualquier dictadura o tiranía. O por cualquier régimen terrorista, delincuente o forajido.

 

Es el perfil del nuevo mundo. Del futuro. Es como lo concibe la fase terminal  del Covid-19. Y que, desde hace algún tiempo, viene imponiéndose como si nada estuviese ocurriendo. Peor aún, sin que haya habido mayores reacciones ante dicho problema. Más, al mostrarse casi imperceptible de advertir los cambios operados en medio de tan apáticas realidades.

 

Pareciera que la gente sigue apegada a fantasear un mundo regido por consuetudinarias formas de vida. Y de las cuales será difícil desprenderse. Los cambios forjados a fuerza de tramas y zancadillas, se instalaron tan discrecionalmente que se institucionalizaron por vía legislativa o de facto. Se atornillaron tanto como se imbuyeron procesos, acciones, procedimientos y hasta de un lenguaje que se ajustó exactamente a ello. 

 

Tan soterradamente se establecieron esos cambios, que se mutaron con la realidad existente. Con la perfección de un evento de naturaleza quirúrgica. No fue necesaria la irrupción del Covid-19, con su manto de muerte, para sembrar más incertidumbre de la que emergió de las amenazas que acompañan las nuevas realidades que ya están viéndose.

 

Hoy las realidades comenzaron a mostrarse más indolentes. Adheridas a un individualismo de sólida consistencia. De conductas muy poco tolerantes. Realidades colmadas de una excesiva virtualidad que obliga a vivir en comunión con el hardware de un inmenso sistema digitalizado de comunicación e información. Realidades copadas por actitudes procedentes de una contracultura de valores y principios, sentimientos y afectos, responsabilidades y compromisos. El escepticismo adquirió forma humana para así hacer que todo un país viva, sin advertirlo o comprenderlo, atrapado en el conformismo.

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