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Ay, María. Por José Luis Centeno S.

La política tiene una vieja costumbre: confundir el ruido con la fuerza y la fotografía con el respaldo.

Ay, María. El 22 de octubre hubo movilizaciones en distintas ciudades. Se habló de miles de participantes y de manifestaciones en doce estados. Eso cuenta. No es poca cosa. Pero tampoco es un cheque en blanco.

Los medios y redes sociales registraron movimiento. No certifican, por sí solos, que se alcanzó el objetivo.

Para eso harían falta objetivos. ¿Cuántas personas se esperaba convocar? ¿En cuántos lugares? ¿Cuántas se sumaron por primera vez? ¿Cuántas volverán cuando no haya tarima, cámara ni consigna? Sin una línea de base, la evaluación queda a merced del entusiasmo. Y el entusiasmo, como testigo, suele declarar a favor de quien lo invitó.

Tampoco hay razones para dictar sentencia de fracaso. Faltan datos comparables y metas previas. Decir “no tuvo impacto” puede describir una impresión. Probarlo exige precisar qué impacto se buscaba. Más asistentes, más presencia territorial, nuevas incorporaciones, continuidad. Alguna medida, en fin.

La política también puede llevar contabilidad, no pierde épica por usar números.

Cuando nadie fija la meta, cualquier cifra sirve para celebrar y cualquier ausencia para acusar. Es un procedimiento cómodo. Primero se convoca sin explicar qué se medirá, después se presenta la foto como prueba plena. El expediente queda listo para absolver a los propios y condenar a los demás.

Pero el asunto de fondo no está solo en cuánta gente salió. Está en qué ocurre después. Una convocatoria puede llenar una avenida y dejar vacías las reuniones del municipio. Puede dar visibilidad a un liderazgo y no resolver quién escucha, organiza o responde en cada región. Son preguntas distintas. Meterlas en el mismo saco es una forma elegante de no contestar ninguna.

El respaldo a una figura nacional no se transfiere por endoso a cada representante local. La credencial acredita una función, no garantiza ascendencia. Y una fotografía acredita que alguien estuvo frente a una cámara. Nada más. No prueba capacidad para sumar voluntades, tramitar desacuerdos ni convencer a quien ya se cansó de asistir.

Tampoco sería serio afirmar que todas las coordinaciones regionales han perdido apoyo. Eso sería dictar sentencia sin oír a los testigos. Pero presumir que todas lo conservan porque sus integrantes ocupan un cargo es aplicar la misma justicia, solo que con toga partidista.

La confianza no se mide solo entre quienes todavía tienen acceso al coordinador. A veces la prueba más útil está afuera, en la silla vacía. No siempre significa rechazo. Puede haber cansancio, trabajo, miedo o simple desencanto. Precisamente por eso hay que preguntar antes de inventar la respuesta.

La jornada dejó una movilización real. Su alcance, en cambio, no puede determinarse con seriedad sin objetivos ni comparaciones. No es una condena. Es una conclusión provisional, que es lo más honrado que puede escribirse cuando el expediente no trae todas las piezas.

El desafío no consiste en regañar a quienes faltaron ni en premiar a quienes posaron mejor. Consiste en escuchar, revisar y rendir cuentas. Y, cuando corresponda, cambiar a quienes perdieron respaldo o incumplieron su tarea. Porque un liderazgo puede seguir convocando desde lejos. La organización, para durar, tiene que responder de cerca.

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