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AZAD CUDI, El francotirador que mató a más de 200 terroristas de ISIS: «En la guerra no puedes sentir pena ni llorar o acabas muerto»

Aprendió a disparar en sólo tres semanas. Y, junto a cuatro voluntarios, defendió la ciudad de Kobane del asedio del Estado Islámico, que empezó allí su declive. Ahora publica sus memorias, ‘Largo alcance’, y nos recibe en su escondite al norte de Europa.

Llueve en algún lugar del norte de Europa. No podemos dar muchos más detalles. Llueve y hace frío. Azad aparece por la esquina con una chaqueta acolchada de color azul con capucha y una botella de agua de medio litro en la mano. Tampoco podemos contar mucho más sobre su aspecto. La única condición para poder charlar con él era hacerlo en persona, pero no revelar nuestro punto de encuentro ni tampoco su rostro. Sí podemos hablar de sus manos, quizás porque a menudo se cubre la cara con ellas.

Azad tiene los dedos largos y finos y una manicura perfecta. «Me dicen que tengo manos de pianista», presume él. «Como las de Adrien Brody en la película. ¿La habéis visto?…».

Luego se mira la palma de la mano derecha, estira el índice para la foto e instintivamente recoge el resto de los dedos, como si empuñara un arma invisible. Dice Azad que podría reconocer a otro como él sólo por su dedo índice. No a otro pianista; a otro francotirador. El dedo siempre «blanco, limpio y cuidado». Como una joya.

¿Tú sabes exactamente a cuánta gente has matado, Azad?No, no lo sé. No podría dar una cifra. Ningún francotirador puede. A veces disparas y no sabes si lo has matado o no. Quizás sobreviva dos días después o sólo quede paralítico. Es imposible saber el número exacto de muertos, y tampoco es algo en lo que pienses. Esa es una visión occidental de los francotiradores. Quizás fueron 200 o 300. No hay manera de llevar la cuenta. Yo, desde luego, no lo hacía.¿Y recuerdas la primera vez? Sí, sí me acuerdo. Ese recuerdo está vivo como ningún otro…

Azad Cudi (Sardasht, Irán, 1983) aprendió a disparar un fusil Dragunov en septiembre de 2014 tras 24 días de entrenamiento intensivo en la ciudad de Kobane, al norte de Siria. Cómo acabó allí un tipo como él es la historia que cuenta Largo Alcance (Capitán Swing), un libro estremecedor que narra en primera persona el viaje de un joven kurdo hasta convertirse en un implacable francotirador en la guerra contra el Estado Islámico. «No fue algo planeado», dice hoy. «Jamás imaginé hacer algo así, pero no tuve elección. O huyes o te defiendes. O vas de frente o te das la vuelta y corres. Yo sólo seguí adelante y defendí lo que creí que tenía que defender: nuestra libertad».

Cualquier soldado competente puede adquirir los conocimientos básicos del francotirador en una hora. La mira del típico fusil de francotirador tiene una retícula en el centro, y a la izquierda un gráfico curvo con la distancia en el eje vertical y una línea plana que representa el suelo en el horizontal. Se escoge a un hombre de talla media, se alinean los pies con la línea horizontal y lo alto de la cabeza con la curva y luego se lee la distancia en el eje vertical: «2» para doscientos metros, «4» para cuatrocientos… En el diagrama, un disparo perfecto a una distancia de mil doscientos metros con viento activo soplando directamente de izquierda a derecha alcanzaría el objetivo 1,9 segundos después. [pág. 55]

El recuerdo de la primera vez está vivo como ningún otro. La primera vez que matas a alguien es un shock

Su aventura -si es que esto se puede llamar así- arranca en 2002, cuando, con apenas 18 años, Azad se ve obligado a cumplir el servicio militar en Irán. Tras su formación, es destinado a luchar contra los kurdos en la frontera con Turquía. Azad se niega a masacrar a su pueblo. Deserta y huye a Reino Unido, donde sobrevive como repartidor de comida y entra en contacto con activistas kurdos.

Más de una década después, regresa a Oriente Medio como trabajador social, pero el asedio del ISIS le obliga a empuñar un arma de nuevo. Azad se convierte en menos de un mes en uno de los 17 tiradores voluntarios que improvisa el ejército kurdo para resistir la invasión de los yihadistas en Rojava. Sólo los cinco francotiradores de su unidad acaban con casi 2.000 terroristas, salvan el Kurdistán sirio y cambian el rumbo de lo que hasta entonces parecía un avance imparable del llamado califato.

Pronto aprendí a no parpadear ni estremecerme. Controlar la respiración me llevó más tiempo. Cuando un francotirador se prepara para disparar, su respiración tiene que ser casi una meditación. Se empieza llenando el pecho de aire. Se suelta la mitad mientras se alinea la mira en el objetivo. En ese punto, nos detenemos seis segundos. Demasiado aire y el tiro saldrá alto. Demasiado poco y al inclinarnos hacia delante el tiro saldrá bajo. La idea es enlentecer el corazón y el riego sanguíneo para que nada, ni siquiera el pulso, interfiera en nuestra puntería. Por la misma razón se sostiene el rifle con los huesos, no con la carne. Durante esos cinco o seis segundos, tranquilos y prolongados, nos concentramos en el objetivo y apretamos el gatillo. Disparamos sin apenas percatarnos de ello. A mayor lentitud e inmovilidad, más certera será la bala.

¿Qué sentiste esa primera vez?[Azad se queda en silencio durante 23 segundos interminables y se vuelve a llevar sus manos de pianista a los ojos] No puedo recordar lo que sentí. Recuerdo lo más práctico, lo que sucedió. Y la repetición de ese recuerdo fue difícil de aceptar. Yo crecí siendo amable con la gente, ayudando a los demás y creyendo que siempre sería así. Cuando terminas disparando a otro ser humano es un shock. Es una conmoción. No sabes lo que está pasando, sólo colapsas emocionalmente por el hecho de haber matado a alguien. ¿Recuerdas su cara? Desde la distancia… Sí, recuerdo su cara, pero no con demasiado detalle.¿Cómo se ve el mundo, aquel mundo, a través de una mira telescópica? Se ve más cerca, más claro, más tranquilo. Estás a una altura segura, pero ves de cerca lo que está pasando. En cierto modo, es más fácil matar a alguien desde un tejado y detrás de una lente porque no sientes la sangre, no ves su color rojo. No es como apuñalarlo o estrangularlo. No experimentas la muerte de cerca. Es más frío. Dices que para ser un buen francotirador es fundamental aceptar la idea de que vas a acabar con una vida humana. ¿Cómo fue ese proceso? ¿Cómo se llega a aceptar algo así? Es difícil ver a esa gente como seres humanos. Los miembros del Estado Islámico masacran a la gente de forma masiva, queman a personas vivas, violan a las mujeres, lanzan a los homosexuales desde los tejados… Y todo en nombre de la religión. Vienen con rifles, balas y bombas a destruir mi tierra, mi gente, a matar a mi familia… Tenía claro que prefería matarles yo antes de que me mataran a mí y a los míos y se apoderasen de mi tierra. Es una cuestión de dignidad y de respeto. Pero esto es fácil decirlo; en la práctica es muy difícil. La primera vez es muy duro, te da vueltas en la cabeza y el fusil pesa en tu cerebro. Pero luego llega el segundo… Y el tercero. Y el cuarto… Y, como cualquier otra cosa, se vuelve algo normal. Es un proceso emocionalmente duro pero asumes que no hay más remedio. No puedes hablar con ellos, ni negociar nada. Es gente dispuesta a morir porque están convencidos de que irán al paraíso. A veces incluso me sentía mal pensando que les daba el placer de mandarles a ese paraíso cuando yo sólo quería decirles: «Espero que acabes en el infierno». ¿Crees en Dios? No, no creo. Mi origen es musulmán, pero no creo en eso. Yo creo en la historia, la filosofía, la ideología, la psicología, el feminismo, la democracia…En el libro relatas la vez que tuviste que disparar a un adolescente en Kobane para poder matar al yihadista que iba con él. Un periodista que trabajaba con vosotros te preguntó entonces cómo te sentías y le dijiste que aquel no era el momento para responder. Ocho años después, ¿puedes hablar de ese episodio? Fue uno de los momentos más duros. Y no es sólo lo que hay en el libro, sino lo que está en mi cabeza… [El silencio es ahora de 32 segundos. Azad se frota los ojos] Perdona, ¿cuál era la pregunta? Te preguntaba cómo te sentiste tras matar a aquel adolescente en Kobane. Sabes, no tenía ni barba… Yo sólo… No sé… Empecé a temblar. Y de repente todo se hundió en mi sistema. Mi foco, mi concentración. Ya no existía nada. Todo se derrumbó. Es difícil hablar de sentimientos ante algo así. En la guerra intentas tener una mentalidad mecánica. Haces lo que debes hacer y debes hacerlo como una máquina perfecta. No puedes sentir pena ni llorar o acabarás muerto, pero esa vez no pude. Sabía que el ISIS estaba usando a niños en la guerra, pero nunca esperé encontrarme con algo así cara a cara.

Cuando perseguía un objetivo verdaderamente valioso intentaba hacerme un retrato de él: quién era, cómo se comportaba, qué edad tenía, a qué hora se levantaba, si prefería el frío de la mañana o el calor del día. A partir de esas observaciones, me era posible predecir dónde y cuándo se mostraría mi enemigo y cómo debía posicionarme para sacar provecho de ello… Era como boxear. Medías a tu oponente, esperabas la oportunidad y, finalmente, disparabas.

Fzzzzz.

¿Cuántas veces creíste que ibas a morir en combate? Nunca lo creí. Sabía cuando me uní a la guerra que la posibilidad de morir estaba ahí, pero lo acepté y nunca más pensé en ello. Sí es cierto que saludé muy de cerca a la muerte varias veces, le llegué a estrechar la mano, pero era lo que ya me esperaba.¿Y pasaste miedo? Ves sangre, ves cuerpos, partes de cuerpos. Y es como si nada estuviera en su lugar. Nada es ordinario allí. Y nunca puedes acostumbrarte porque nada tiene sentido. Eso provoca incomodidad y miedo. Y sólo lo superas concentrándote en tu propósito y aceptando lentamente lo que te rodea. Cuando asumes que nada está bien a tu alrededor, dejas de sentir miedo. En el libro cuentas que en un par de ocasiones llegaste a contemplar la muerte como algo bonito. ¿Es posible encontrar la belleza en la guerra? No diría belleza, pero sí paz. No pretendo glorificar la muerte o la guerra porque no es nada sexy ni glamuroso. Es algo sucio. Pero sí es cierto que hay algo pacífico en la muerte.

Matar a alguien detrás una lente es más fácil, no sientes la sangre, no ves su color rojo. Es más frío

Azad pide tiempo muerto. Necesita tomarse un respiro y un capuchino. Cuenta en su libro que cuando volvió de la guerra tenía los dientes podridos por la falta de higiene y el exceso de café. Durante meses sólo comió jamón y queso y alguna galleta que encontraba por ahí tirada. «Sin dormir, transitaba por el abismo entre la adrenalina y la extenuación y adelgacé hasta pesar lo mismo que un chico de 13 años», escribe en Largo Alcance.

Durante más de una hora de charla en el pequeño salón de un hotel en un lugar cualquiera del norte de Europa, va encadenando capítulos salvajes de su vida. Fuera sigue lloviendo. Dentro sólo hay una chica rubia hablando a gritos por el móvil y un camarero ordenando cubiertos en la otra punta de la habitación, pero cada vez que Azad habla de lo que hizo y lo que vio en Siria baja la voz como si todo fuera un secreto inconfesable.

Dices que la guerra es una «cruel explosión de conocimiento». ¿Cuál es la mayor lección que aprendiste allí? Aprendí el poder de la supervivencia. A ser creativo, a usar tu imaginación, cosas que luego te sirven en la vida real. ¿Y en el plano más personal? ¿Eres hoy mejor persona? Absolutamente. Aprecio mucho más la vida, entiendo mejor a la familia, a mis amigos… La guerra devora muchos sentimientos, pero ahora entiendo mejor la idea de libertad, de dignidad, la valentía…

Una mañana de abril de 2016, Azad Cudi abandonó Kobane y regresó a Reino Unido. «Quitarme el uniforme después de dos o tres años sin usar otra ropa fue muy raro», reconoce. «Y dejar de tener un arma a mi lado… Fue como acabar de nacer».

La guerra no es sexy ni glamurosa, pero sí hay algo pacífico en la muerte

Su vida, pese a todo, es hoy algo bastante parecido a una vida normal. No tiene pareja ni hijos. Ha viajado por toda Europa, planea hacer el Camino de Santiago y vive refugiado en el campo. Confiesa que no soporta las multitudes. «No me gusta ir al centro de las ciudades. Evito los lugares concurridos porque mi cerebro sigue siendo muy calculador y comienza a recopilar información de cada persona: su ropa, su estilo, cómo se mueven, su familia… Mis ojos siguen recogiendo emociones sin necesidad y es difícil de digerir».

Dice que vive sin miedo, pero prefiere no mostrar su cara por si las moscas.

¿Has ido a terapia? Sí. Pero sobre todo me viene bien estar en contacto con la naturaleza, dejar que ella me cure. Observar la vida, los árboles, los sonidos del agua y los pájaros. Hago escalada, buceo, esquío…¿Y ahora estás en paz? ¿Duermes bien? Duermo extraordinariamente bien. Necesito estar en un lugar tranquilo y he desarrollado la necesidad de estar en un lugar alto para tener buena vista. Si es alto y tranquilo, me siento seguro. ¿Eres feliz, Azad? Soy alegre y optimista, pero hay momentos… A veces vuelven los recuerdos, pero cada vez menos. Fue más duro mientras escribía el libro. Era como volver a la guerra, pero una vez que se publicó no lo he vuelto a abrir. Si cierras los ojos, ¿qué imagen de la guerra te viene a la cabeza? Depende. Hay sonidos o sensaciones que me llevan allí de nuevo. Recuerdo a un perro que estaba aullando muy triste en el metro de Barcelona, como llorando. Me afectó mucho y no entendía por qué. Dos semanas después recordé un perro en Kobane que lloraba cada noche. A veces pensábamos que eran los yihadistas, pero era un cachorro que lloraba cada noche al lado de otro perro muerto. Ese sonido se había quedado en mi cabeza. Me pasa algo parecido con las saunas. No puedo entrar a una sauna. Ese vapor blanco y oscuro me recuerda a los ataques de noche, a la niebla de Siria y al polvo que dejaban las explosiones, el polvo que no nos dejaba ver nada a nuestro alrededor.¿Valió la pena todo aquello que viviste? Sí. Por supuesto que valió la pena. Por dignidad, por la libertad, por respeto y por orgullo. Siempre vale la pena si defiendes los que crees.¿Volverías a la primera línea de combate si fuera necesario? Sí, sí. Definitivamente sí. Volvería mañana.

(…)

Lo seguí a través de la mira, con mi retícula en su pecho. Él llevaba un fusil. En un momento determinado se inclinó sobre la Dushka y la movió para apuntarnos.

Expulsé aire.

Uno…

Dos…

No oí el disparo. Apenas noté el retroceso. Pero, como en una película muda, vi que aquel hombre corpulento volaba por los aires, cinco o seis metros hacia atrás, hasta el patio de la casa que había a su espalda. Lo vi todo. Sigo viéndolo ahora.

Fuente ElMundo.es

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