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«Cajón de Sastre» Del evangelio según Zapatero a la cara de la verdad y un pueblo abandonado. Por José Luis Ortiz Güell

El monstruo que se alimentó de la vergüenza ajena aguarda en el silencio de Europa, su disfraz de pacificador desgarrado por una imputación histórica que amenaza con arrastrar a todo un sistema cómplice. Bienvenidos al relato de un tiempo en que la hipocresía gobernaba con voz templada y la dignidad humana languidecía mientras el mundo miraba hacia otro lado.

Hace años que José Luis Rodríguez Zapatero predicaba en Venezuela un evangelio de reconciliación. Vestido con la autoridad moral de un antiguo mandatario europeo, el expresidente español se presentaba como el mediador indispensable, la única brújula capaz de guiar a ese país sumido en la tormenta hacia un puerto de paz. «Tengo una gran confianza en Delcy Rodríguez», llegó a declarar en Caracas, bendiciendo así una transición que los venezolanos —los verdaderos protagonistas de su propio infierno— jamás habían votado. Mientras su figura de artífice de la concordia era venerada en los salones del chavismo, la justicia española ha rasgado ese velo con la crudeza de un documento judicial de 85 páginas.

Un juez de la Audiencia Nacional ha señalado al expresidente como el «núcleo decisor y estratégico» de una trama criminal. Según el auto al que ha tenido acceso la agencia EFE, la influencia de Zapatero resultó determinante para que una red internacional pudiera mover petróleo, oro y millones de euros en comisiones ilegales, con especial atención al rescate de 53 millones de euros de la aerolínea Plus Ultra. Sus hijas, dueñas de una agencia de publicidad de nombre displicente, What The Fav, se habrían beneficiado de aquella arquitectura de favores cruzados. Los correos y los mensajes de WhatsApp intervenidos a sus operadores retratan una coreografía obscena: los compradores debían dirigirse al exmandatario mediante una letter of intent. Al otro lado del teléfono, quien fuera el estadista de la palabra amable gestionaba el acceso a despachos de primer nivel, incluido —según los papeles de la investigación— el de la todopoderosa Delcy Rodríguez, señalada como La Dama en la oscura partitura.

La reacción de la oposición venezolana a esta revelación ha sido estremecedora. No por sorprendente, sino por la lucidez de su amargura. Dignora Hernández, secretaria política de Vente Venezuela, ha resumido en una frase el sentimiento de un pueblo traicionado: «Aquí lo que está saliendo a flote es algo que llevamos años denunciando. Pero lo más doloroso es que más allá de enriquecerse, también sometieron a los venezolanos a la persecución». La mediación, ese sublime eufemismo tras el que Zapatero se parapetaba, no era más que el disfraz de una operación de saqueo. El predicador resultó ser un mercader.

Ahora estamos viviendo el pacto de los pusilánimes: Europa y España con un silencio cómplice.

Pero la vergüenza nunca es un acto en solitario. La comedia macabra del exmandatario no habría sido posible sin el silencio cómplice de los que debían velar por la legalidad y los derechos humanos. Mientras España prorrogaba tímidamente sanciones —un bozal de terciopelo que apenas rozaba el rostro de la dictadura— y la Unión Europea renovaba sus medidas restrictivas hasta enero de 2027 de boquilla, la maquinaria represiva del régimen venezolano permanecía intacta.

El 3 de enero de 2026, Donald Trump ordenó una operación militar que culminó con la captura de Nicolás Maduro. Fue una acción de fuerza bruta que violó groseramente el derecho internacional, pero que, al fin, interrumpió el statu quo que la comunidad internacional se había encargado de perpetuar durante años. Las reacciones globales dibujaron un mapa de la hipocresía universal: mientras Javier Milei exclamaba «la libertad avanza» y Gustavo Petro clamaba por la «desescalada» del conflicto, la falta de una respuesta unánime dejó al descubierto la parálisis moral del sistema multilateral de naciones. Nadie se rasgó las vestiduras por el sufrimiento acumulado, pero todos encontraron una pose para la foto de aquella jornada.

El papel de España, una vez más, resulta paradigmático de esta traición institucional. El gobierno de Pedro Sánchez, lejos de condenar con firmeza la deriva de su antecesor, ha optado por un apoyo incondicional que roza el cinismo. El ministro de Exteriores, José Manuel Albares, ha llegado a valorar la labor de Zapatero en Venezuela, concediéndole un pedigrí oficial a sus turbias gestiones y demostrando que, para la Moncloa, la lealtad al partido está por encima de cualquier rendición de cuentas internacional.

Mientras tanto, el pueblo al que supuestamente se trataba de salvar seguía sumido en una pesadilla humanitaria que ningún diálogo de salón ha podido mitigar. A principios de 2026, Naciones Unidas y sus socios calculaban que necesitaban 606 millones de dólares para asistir a una población desesperada. Pero el plan seguía críticamente infrafinanciado, mientras los cientos de millones de euros del rescate de Plus Ultra navegaban por cuentas opacas. La doble vara de medir, la incapacidad para condenar con hechos y la sumisión a los intereses geopolíticos dibujan el retrato de una Europa que es, en esencia, cómplice por omisión de la tragedia que continúa desarrollándose.

La realidad es que el pueblo siguie sufriendo: una herida abierta que el mundo ignora.

Y en el centro de este vendaval, desamparado y sin voz en los grandes salones donde se cocina su destino, está el pueblo venezolano. La captura de Maduro, lejos de traer una lluvia de milagros, apenas ha rasguñado la superficie de una estructura de poder diseñada para sobrevivir a sus líderes. Un informe devastador presentado ante el Consejo de Derechos Humanos de la ONU el pasado marzo alertaba de que el aparato represivo del Estado venezolano seguía plenamente operativo, habiendo documentado ya 87 nuevas detenciones políticas desde que comenzó el año.

El resultado es una geografía humana del horror sin parangón en el hemisferio occidental. Cerca del 18% de la población venezolana sufre desnutrición, una cifra que evoca las hambrunas de los Estados fallidos. El acceso a medicinas esenciales y a alimentos sigue siendo un lujo al alcance de muy pocos. Y, para redondear la pesadilla, el exilio se ha convertido en la única salida para millones de familias; desde 2014, más de ocho millones de venezolanos han tenido que huir de su tierra, esparciéndose por el continente en la mayor crisis migratoria de la historia reciente de América Latina.

Sin embargo, esta catástrofe humana ha sido relegada a los informes técnicos de las agencias de ayuda, mientras la atención mediática se centra en los avatares judiciales de un político español. La hipocresía de Zapatero no es más que el síntoma de una enfermedad mayor: la de un orden internacional que gestiona las dictaduras con sanciones de salón y condenas tibias, mientras la gente real se desangra en el anonimato. Zapatero no fue la causa de la tragedia venezolana, pero supo montar un negocio redondo sobre sus escombros, y el mundo, cegado por su propia conveniencia, le facilitó el escenario.

El mundo sigue dándole la espalda a Venezuela, pero ya no puede mirar hacia otro lado sin ver el rostro de la complicidad.

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