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«Cajón de Sastre» El exilio como trinchera: el peso de la patria y la lucidez de quien se niega a olvidar. Por José Luis Ortiz Güell

Miami es mucho más que la capital simbólica del exilio latinoamericano. Es un territorio donde la memoria convive con la esperanza y donde miles de desterrados han aprendido a convertir la distancia en una forma de resistencia. En una tranquila residencia de Coral Gables, mientras la luz de la tarde se filtra entre las persianas y el aroma del café recién servido acompaña la conversación, me recibe Ariel Montoya.

No es un hombre que se refugie en las metáforas; vive dentro de ellas. Periodista, escritor, poeta y dirigente político en el exilio, pertenece a esa estirpe de intelectuales que han hecho de la palabra una herramienta de combate y de la memoria un compromiso irrenunciable. Sobre la mesa descansa la prueba de imprenta de su último poemario, Ligero Equipaje, un título que encierra una aparente contradicción para quien ha cargado durante décadas con el peso de una Nicaragua herida, un país que sigue debatiéndose entre la esperanza democrática y la persistencia de la dictadura.

Fue secretario presidencial durante el Gobierno de Enrique Bolaños (2002-2007), fundador de la Organización Política Accionaria (OPA) en la diáspora, actual vocero en el exterior del Partido Liberal Independiente (PLI-Histórico), secretario general del PLI Internacional, ex canciller de la Academia Norteamericana de Literatura Moderna y presidente del Foro Anticomunista de Miami. Su trayectoria reúne política, periodismo, literatura y exilio en una misma biografía marcada por la perseverancia.

Frente a frente, transmite la serenidad de quien ha aprendido que la firmeza no necesita estridencias. Defensor del diálogo político como instrumento para alcanzar una transición democrática en Nicaragua bajo garantías y observación internacional, su posición le ha valido críticas tanto del régimen de Daniel Ortega como de sectores de la propia oposición, para quienes cualquier negociación constituye una renuncia.

La conversación avanza sin prisas. Entre largos silencios y respuestas meditadas, aflora un hombre que no rehúye las contradicciones ni las heridas de su historia. Porque cuando un exiliado decide hablar con absoluta franqueza, el tiempo deja de medirse en minutos y comienza a medirse en cicatrices.

1. Ariel, usted vive en Miami, una ciudad convertida en símbolo del exilio latinoamericano y espejo de muchas de las derrotas del continente. ¿Es posible ejercer una política de altura desde la diáspora sin caer en el simulacro ni en la retórica estéril? ¿O la distancia ofrece hoy una perspectiva que difícilmente puede alcanzarse desde dentro?

Miami es mucho más que una ciudad. Es la gran puerta entre Estados Unidos y América Latina y uno de los principales puntos de encuentro de las comunidades hispanoamericanas. Se la conoce como la «Puerta de las Américas», la «Capital de Latinoamérica», la «Capital del Exilio Latinoamericano» o la «Ciudad de la Libertad». Cada una de esas denominaciones refleja una parte de su historia.

Durante décadas fue el gran refugio del exilio cubano. Más tarde llegaron venezolanos y nicaragüenses, hasta convertirla en un espacio donde confluyen las experiencias, las esperanzas y las heridas de buena parte de Hispanoamérica. Si en otro tiempo Nueva York representó ese mosaico humano, hoy Miami ocupa, en gran medida, ese lugar.

Desde 2018 esta ciudad me acogió en mi segundo exilio. Aquí he reconstruido una parte de mi vida y he aprendido que el exilio no es únicamente una experiencia de pérdida; también puede convertirse en un espacio para la reflexión, el compromiso y la acción.

La política auténtica puede ejercerse desde cualquier lugar del mundo. El escenario más doloroso sigue siendo el exilio interno: el de quienes permanecen en Nicaragua soportando la persecución, la censura y la represión. Ellos representan la resistencia cotidiana y encarnan el sentido más profundo de la palabra patria.

Quienes vivimos fuera no podemos sustituir esa realidad, pero sí asumir una responsabilidad complementaria: denunciar, proponer, organizar y mantener viva la causa de la libertad. El exilio no puede convertirse en un refugio para la comodidad ni en una tribuna de vanidades. Debe ser una plataforma de servicio al país.

Lamentablemente, en parte de la diáspora latinoamericana también han surgido el oportunismo, el protagonismo personal y lo que algunos llaman la «política de salón». A ello se suma un fenómeno especialmente preocupante: la infiltración de operadores y agentes vinculados a regímenes autoritarios que intentan dividir, vigilar o desacreditar a quienes defienden la democracia. Es una realidad conocida por muchas comunidades exiliadas.

Sin embargo, tampoco creo que la distancia otorgue por sí sola mayor lucidez. La claridad nace de la honestidad intelectual y del compromiso con la verdad, no del lugar desde el que se habla. La libertad necesita tanto de quienes resisten dentro del país como de quienes continúan la lucha desde el exterior.

Mientras exista esa convicción compartida, el exilio dejará de ser únicamente una circunstancia personal para convertirse en una forma de servicio a la nación

2. Usted protagonizó un gesto que muchos dentro de la oposición calificaron de auténtica herejía: sentarse a dialogar con el régimen de Daniel Ortega bajo observación internacional. ¿Cómo afrontó aquellas conversaciones? ¿Con la mano tendida o con el puño cerrado? ¿Es posible negociar con un régimen que ha convertido la represión en un sistema de gobierno sin terminar legitimándolo?

Es una de las preguntas más complejas de mi trayectoria política, porque el diálogo suele ser malinterpretado cuando se confunde con la claudicación.

Permítame una reflexión. Cuando un secuestrador mantiene retenida a una víctima, nadie negocia con quienes desean salvarla, sino con quien tiene el poder de liberarla. Negociar nunca significa justificar el delito; significa intentar preservar la vida y abrir una salida cuando todas las demás vías se han agotado.

Siempre recuerdo una reflexión de Konrad Adenauer, uno de los grandes arquitectos de la reconstrucción democrática de Alemania tras la Segunda Guerra Mundial. Decía que, si para servir a su nación era necesario dialogar incluso con el diablo, estaba dispuesto a hacerlo. Esa idea resume con precisión mi manera de entender la política.

En Nicaragua, como también ha ocurrido en Cuba y Venezuela, una parte de la oposición ha confundido la firmeza con la negativa absoluta al diálogo. A mi juicio, esa ha sido una equivocación estratégica. La política no consiste únicamente en denunciar; también exige construir caminos que permitan recuperar la libertad.

He recibido críticas por defender esa posición, muchas procedentes de personas sin representación política ni capacidad real de influir en el futuro del país. Las redes sociales han democratizado la opinión, lo cual es positivo, pero también han favorecido que la descalificación sustituya con demasiada frecuencia al análisis y al debate serio.

La historia demuestra que numerosos conflictos aparentemente irresolubles encontraron una salida gracias a la negociación. Los grandes acuerdos nacionales nunca nacen del pensamiento único, sino de la voluntad de alcanzar soluciones entre adversarios profundamente enfrentados.

La experiencia internacional ofrece numerosos ejemplos. Estados Unidos ha negociado con la Unión Soviética durante la Guerra Fría, con China, con Corea del Norte y con otros gobiernos con los que mantenía profundas diferencias políticas e ideológicas. Lo hizo porque, en determinadas circunstancias, la diplomacia constituye el instrumento más eficaz para evitar conflictos mayores y favorecer procesos de transición.

Estoy convencido de que Nicaragua también necesitará una solución política de esa naturaleza. La comunidad internacional, los Estados Unidos, los actores democráticos del país y quienes hoy detentan el poder deberán encontrar un marco que permita abrir una transición ordenada hacia unas elecciones verdaderamente libres, transparentes y supervisadas internacionalmente.

Negociar no significa renunciar a los principios.

Negociar tampoco significa legitimar una dictadura.

Negociar significa poner la política al servicio de la paz, de la libertad y de la reconciliación nacional.

Mi compromiso nunca ha sido con un régimen, sino con Nicaragua. Si el diálogo puede evitar más sufrimiento y abrir el camino hacia una democracia plena, considero que un dirigente responsable tiene la obligación moral de intentarlo.

3. En 2018 Nicaragua ardió. Las barricadas, los estudiantes y la represión acabaron por revelar que el sandinismo había dejado atrás cualquier épica revolucionaria para convertirse en una dictadura consolidada. Usted vivió aquellos acontecimientos en primera persona y terminó emprendiendo un nuevo exilio. ¿Qué siente un hombre cuando contempla el sufrimiento de su país y comprende que debe abandonarlo para seguir luchando? ¿En qué momento el exilio deja de ser una decisión y se convierte en una necesidad?

Cuando estalló la insurrección cívica de abril de 2018 yo me encontraba en Nicaragua. Viví aquellos acontecimientos desde dentro, junto a miles de ciudadanos que salieron espontáneamente a las calles para reclamar libertad y democracia. Después, como suele ocurrir en los grandes momentos de la historia, aparecieron quienes intentaron apropiarse de una lucha que pertenecía al pueblo.

Apoyé a los jóvenes, participé en las marchas, concedí entrevistas y escribí artículos dentro y fuera del país. Vi caer a manifestantes asesinados por la represión. Estuve muy cerca de algunos de ellos durante la marcha del 30 de mayo, Día de las Madres nicaragüenses. Son imágenes que permanecen para siempre en la memoria. No forman parte de un relato literario; forman parte de mi propia vida.

Las amenazas comenzaron poco después. La primera llamada llegó el día de mi cumpleaños. Pensé que era la felicitación de un familiar o de un amigo. En realidad, era la advertencia de que debía abandonar el país. Tras nuevas amenazas, comprendí que ya conocían mis movimientos y que permanecer en Nicaragua suponía poner en riesgo no solo mi vida, sino también la de quienes me rodeaban.

Así comenzó mi segundo exilio.

El exilio nunca es una elección deseada. Es una decisión impuesta por las circunstancias cuando la libertad deja de existir. Quien abandona su país no se lleva únicamente una maleta; deja atrás una parte de su historia, de su familia, de sus afectos y de sí mismo.

Ya había conocido esa experiencia durante mi juventud, cuando deserté del Servicio Militar Obligatorio y tuve que refugiarme en Guatemala. Años después, la historia volvió a repetirse. Cambiaron las circunstancias, pero no el dolor de abandonar la tierra donde uno nació.

Durante muchos años hubo quienes creyeron que la revolución sandinista representaba la esperanza de Nicaragua. Empresarios, intelectuales, profesionales y ciudadanos honestos depositaron en ella su confianza. Con el tiempo, aquella esperanza fue sustituida por un sistema que concentró el poder, restringió las libertades y terminó empujando a miles de nicaragüenses al exilio.

El exilio transforma la mirada. Cuando uno regresa a los lugares donde creció descubre que las calles parecen las mismas, pero quien ya no es el mismo es uno. La distancia cambia la forma de entender la patria y también la responsabilidad que se asume hacia ella.

Nunca he vivido un exilio cómodo ni privilegiado. Soy un migrante más entre millones de personas que han tenido que reconstruir su vida lejos de su país. Esa experiencia me ha enseñado el verdadero valor de la libertad y me ha reafirmado en la convicción de que ningún nicaragüense debería volver a verse obligado a abandonar su tierra por pensar diferente.

Estoy convencido de que llegará el día en que podamos regresar a una Nicaragua reconciliada, democrática y en paz. Ese regreso no será únicamente el retorno físico de quienes vivimos fuera. Será, sobre todo, el regreso de la libertad a nuestro país.

4. Usted fundó la Organización Política Accionaria (OPA) en la diáspora y hoy es vocero del PLI-Histórico y secretario general del PLI Internacional. Sin embargo, la historia reciente de Nicaragua demuestra que uno de los mayores obstáculos para la alternativa democrática ha sido la fragmentación de la oposición. ¿Qué es hoy más urgente: derrotar a la dictadura o reconstruir una oposición capaz de gobernar unida?

La unidad no es un discurso; es una condición indispensable para recuperar la democracia.

A menudo se afirma que la derecha nicaragüense ha vivido permanentemente dividida. La historia demuestra que esa afirmación no siempre es exacta. También la izquierda conoció profundas fracturas antes y después de llegar al poder. Ningún espacio político está inmunizado contra la división.

En 1990, las fuerzas democráticas fueron capaces de anteponer el interés nacional a sus diferencias y lograron derrotar al sandinismo mediante las urnas. Aquella experiencia demostró que, cuando existe un objetivo superior, la unidad deja de ser una aspiración para convertirse en una realidad.

Hoy Nicaragua necesita recuperar ese espíritu.

La prioridad absoluta es poner fin a la dictadura, pero hacerlo con responsabilidad. La historia también nos enseña que el deseo legítimo de desalojar un régimen no puede conducir a repetir errores del pasado. La experiencia demuestra que sustituir un autoritarismo por otro nunca constituye una verdadera victoria para un pueblo.

Por eso considero que la oposición debe construir primero una visión compartida de país. No basta con coincidir en el rechazo a un régimen; es imprescindible acordar el modelo democrático que queremos ofrecer a los nicaragüenses una vez recuperada la libertad.

En ese proceso, el liberalismo, el conservadurismo, el socialcristianismo y otras fuerzas democráticas están llamados a encontrar espacios de entendimiento. Del mismo modo, resulta fundamental incorporar a las nuevas generaciones y reconocer la contribución de quienes, desde distintos ámbitos, han resistido durante años la represión.

El Partido Liberal Independiente (PLI-Histórico), junto con el PLI Internacional y otras organizaciones democráticas, trabaja precisamente en esa dirección: fortalecer una estructura política capaz de favorecer la unidad, impulsar la transición democrática y ofrecer una alternativa seria de gobierno.

Estoy convencido de que la reconstrucción nacional comenzará mucho antes de las elecciones. Empieza cuando los demócratas son capaces de anteponer el interés de Nicaragua a las legítimas aspiraciones personales o partidistas.

Una transición democrática requerirá diálogo, acuerdos, instituciones sólidas y el acompañamiento de la comunidad internacional. Pero, sobre todo, exigirá una oposición madura, unida y preparada para gobernar con responsabilidad desde el primer día.

La libertad será el punto de partida. La buena gobernanza será el verdadero desafío.

5. Usted presidió el Foro Anticomunista de Miami. En pleno siglo XXI, el término «anticomunista» despierta reacciones muy distintas: para unos representa la defensa de la libertad; para otros, una etiqueta del pasado. ¿No cree que el verdadero problema de Nicaragua ya no es únicamente una ideología, sino un sistema de poder que ha concentrado el Estado, la economía y las instituciones en beneficio de una sola familia?

Las palabras nunca son neutrales. A lo largo de la historia, muchas han sido utilizadas para deformar la realidad o para desacreditar a quienes defienden determinadas convicciones. El término «anticomunista» no ha escapado a ese fenómeno.

Mi posición nunca ha respondido al rechazo de una etiqueta ideológica por sí misma. Responde a la oposición firme frente a cualquier sistema político que suprima las libertades, concentre el poder, persiga la disidencia y convierta al Estado en un instrumento al servicio de una élite.

La historia del siglo XX dejó lecciones que no deberían olvidarse. Millones de personas padecieron regímenes totalitarios de distinto signo político. Todos ellos compartieron un mismo denominador: la negación de la libertad, la persecución del pensamiento independiente y la subordinación del ciudadano al poder.

En América Latina hemos conocido distintas expresiones de ese fenómeno. Cada país posee su propia historia, pero existen elementos comunes cuando desaparecen la separación de poderes, la independencia judicial, la libertad de prensa y el respeto efectivo a los derechos humanos.

Por eso considero que el verdadero desafío ya no consiste únicamente en debatir sobre ideologías. El desafío consiste en impedir que cualquier proyecto político, sea cual sea su orientación, pueda situarse por encima de la Constitución, de la ley y de la voluntad soberana de los ciudadanos.

En el caso de Nicaragua, el problema fundamental no reside exclusivamente en un discurso político. Reside en un modelo de concentración del poder que ha debilitado las instituciones democráticas, reducido los espacios de libertad y provocado el exilio de miles de nicaragüenses.

Esa realidad obliga a mirar hacia el futuro más que hacia el pasado.

La tarea de una nueva etapa democrática no deberá limitarse a sustituir un gobierno por otro. Será necesario reconstruir las instituciones, restablecer la independencia de los poderes públicos, garantizar una justicia verdaderamente imparcial y devolver a los ciudadanos la confianza en el Estado.

Esa será la verdadera victoria de la democracia.

Mi compromiso político nunca ha estado dirigido contra personas por sus ideas. Ha estado dirigido contra cualquier forma de autoritarismo que prive a los ciudadanos de sus derechos fundamentales.

Aspiro a una Nicaragua donde todas las ideas puedan defenderse libremente dentro del marco constitucional, donde la alternancia política sea una garantía y donde ningún gobierno vuelva a sentirse propietario del país.

Solo cuando las instituciones sean más fuertes que quienes las gobiernan podremos afirmar que la democracia ha echado raíces definitivas en Nicaragua.

6. Usted también es periodista. Fundó la revista Decenio y ha desarrollado una intensa trayectoria como columnista internacional. En un país donde la prensa independiente ha sido prácticamente desmantelada y donde informar puede convertirse en un acto de resistencia, ¿qué responsabilidad tienen hoy los periodistas exiliados? ¿Deben limitarse a denunciar o también les corresponde mantener viva la esperanza de una Nicaragua democrática?

Sí, aún quedan espacios para la esperanza. Mientras exista un periodista dispuesto a contar la verdad y un ciudadano dispuesto a escucharla, la libertad nunca habrá sido derrotada por completo.

Los regímenes autoritarios comprenden muy bien el valor de la información. Por eso intentan controlar los medios de comunicación, silenciar las voces críticas y convertir el periodismo en un instrumento de propaganda. Cuando desaparece la libertad de prensa, la sociedad pierde uno de sus principales mecanismos de defensa frente al abuso del poder.

En Nicaragua, el ejercicio del periodismo independiente ha sido sometido a una presión constante. Muchos medios fueron clausurados, numerosos profesionales tuvieron que abandonar el país y otros continúan informando desde el exilio. A pesar de ello, la verdad ha encontrado nuevos caminos para llegar a la ciudadanía.

El periodista no puede renunciar a su misión esencial: informar con rigor, independencia y honestidad. Su compromiso no debe ser con un partido político, un gobierno o un grupo económico, sino con los hechos y con el derecho de los ciudadanos a estar informados.

He ejercido el periodismo durante gran parte de mi vida y sigo creyendo que constituye uno de los pilares fundamentales de cualquier sociedad democrática. Sin una prensa libre, la corrupción prospera, los abusos permanecen ocultos y la impunidad termina convirtiéndose en norma.

El exilio ha obligado a muchos periodistas a reinventarse. Algunos han debido comenzar de nuevo en profesiones distintas para sostener a sus familias; otros continúan ejerciendo desde plataformas digitales o medios internacionales. Todos comparten un mismo desafío: seguir informando lejos de la tierra donde nacieron.

Esa es una de las tragedias menos visibles del destierro. El periodista pierde su redacción, sus fuentes, su entorno y, muchas veces, su estabilidad económica. Sin embargo, conserva lo más importante: la libertad de seguir escribiendo.

Creo que el futuro de Nicaragua exigirá también reconstruir su periodismo. No bastará con recuperar las libertades públicas; será necesario garantizar un ecosistema informativo plural, independiente y profesional, donde ninguna opinión sea perseguida por razones políticas.

Una democracia sólida necesita una prensa libre, incluso cuando esa prensa resulte incómoda para quienes gobiernan.

Si algún día los nicaragüenses me confían responsabilidades de Estado, defenderé siempre ese principio. No porque sea periodista, sino porque ningún gobernante debería temer a la verdad cuando gobierna con transparencia.

La libertad de expresión no pertenece a los periodistas.

Pertenece a toda la sociedad.

Y protegerla será siempre una obligación irrenunciable de cualquier democracia.

7. Hablemos de Ligero Equipaje, su nuevo poemario. Quienes conocen su trayectoria saben que la poesía nunca ha sido para usted un refugio, sino otra forma de resistencia. ¿Cómo conviven el poeta y el político? ¿Es la poesía el lugar donde Ariel Montoya deja de ser dirigente para volver a ser simplemente un hombre?

Nunca he visto contradicción entre la política y la poesía. Ambas nacen de una misma preocupación: el ser humano. La diferencia es que una intenta transformar la realidad desde las instituciones y la otra desde la conciencia.

La poesía no entiende de horarios ni de cargos públicos. No distingue entre un campesino, un médico, un soldado, un profesor o un presidente. Puede nacer en cualquier rincón donde exista una emoción capaz de convertirse en palabra.

El poeta observa aquello que muchas veces pasa inadvertido para los demás. Escucha el silencio, interpreta el dolor, celebra la esperanza y da voz a quienes no siempre encuentran la manera de expresar lo que sienten. En ese sentido, la poesía constituye una forma profunda de conocimiento de la condición humana.

Mi actividad política nunca ha desplazado esa vocación. Al contrario. La experiencia del servicio público, del exilio, de la pérdida y de la esperanza ha enriquecido mi mirada como escritor. Cada etapa de mi vida ha terminado encontrando un lugar en la poesía.

Ligero Equipaje nació precisamente de esa experiencia. Con el paso de los años uno descubre que lo verdaderamente importante no cabe en una maleta. El poder es pasajero, los cargos terminan y las circunstancias cambian. Lo que permanece son los principios, la memoria y los afectos que nos acompañan a lo largo del camino.

Escribir poesía también ha sido una forma de preservar mi libertad interior. Cuando un país atraviesa largos periodos de confrontación, la palabra puede convertirse en uno de los últimos espacios donde el ser humano sigue siendo plenamente libre.

Durante mucho tiempo se anunció la desaparición de la poesía. Sin embargo, ocurrió exactamente lo contrario. Surgieron nuevas editoriales independientes, plataformas digitales y lectores que demostraron que la necesidad de la belleza y de la reflexión continúa viva, incluso en una sociedad dominada por la inmediatez.

Estoy convencido de que la poesía seguirá acompañando al ser humano mientras exista alguien capaz de amar, sufrir, recordar o soñar. Porque la poesía no pertenece únicamente a los libros; pertenece a la experiencia de vivir.

Si algún día los nicaragüenses me concedieran el honor de servirles desde la Presidencia de la República, seguiría escribiendo poesía. No para hablar de mí, sino para no olvidar nunca que detrás de cada decisión política existen personas concretas, con nombres, familias, esperanzas y heridas.

Gobernar exige inteligencia.

Pero también exige sensibilidad.

Y ninguna nación puede construirse plenamente cuando pierde la capacidad de escuchar la voz de su propia alma.

8. Usted fue canciller de la Academia Norteamericana de Literatura Moderna. Su trayectoria revela una vocación profundamente humanista que convive con la política. En un país donde escritores, artistas, periodistas y universidades han sufrido la persecución del poder, ¿sigue creyendo que la cultura puede transformar una nación o ha terminado convirtiéndose en un refugio para quienes perdieron la fe en la política?

Nunca he entendido la cultura como un refugio frente a la política, sino como uno de sus fundamentos más sólidos. Una democracia puede reconstruir sus instituciones con relativa rapidez, pero reconstruir la conciencia de un pueblo exige mucho más tiempo. Ahí es donde la cultura desempeña un papel insustituible.

Mi paso por la Academia Norteamericana de Literatura Moderna fue una experiencia profundamente enriquecedora. Me permitió convivir con escritores, investigadores y creadores comprometidos con la difusión del pensamiento y de la literatura hispanoamericana. Comprendí, una vez más, que la cultura no conoce fronteras y que la palabra puede unir a los pueblos incluso cuando la política los divide.

Recuerdo especialmente los actos dedicados a José Martí y la oportunidad de reflexionar sobre su extraordinaria relación intelectual con Rubén Darío. Ambos demostraron que la literatura puede convertirse en conciencia cívica y que un poeta también puede contribuir decisivamente a la construcción de una nación.

Esa experiencia reafirmó una convicción que me ha acompañado siempre: la cultura no constituye un lujo reservado a las élites; es un patrimonio esencial de toda sociedad libre.

Mi dedicación a la política jamás ha entrado en conflicto con la literatura. Ambas responden a una misma vocación de servicio. La política busca mejorar las condiciones materiales de la vida colectiva; la cultura fortalece el espíritu crítico, la sensibilidad y la identidad de un pueblo. Cuando ambas caminan juntas, una nación se vuelve más fuerte.

Por eso me preocupa profundamente que los regímenes autoritarios intenten controlar las universidades, limitar la creación artística o silenciar a los intelectuales. Quien teme a los libros suele temer también a los ciudadanos que piensan por sí mismos.

Estoy convencido de que la reconstrucción democrática de Nicaragua no dependerá únicamente de reformas políticas o económicas. También exigirá recuperar el valor de la educación, proteger la libertad académica, promover la investigación, fortalecer las instituciones culturales y garantizar que las nuevas generaciones puedan expresarse sin miedo.

Un país no se mide solamente por el crecimiento de su economía.

También se mide por la calidad de sus maestros, de sus universidades, de sus bibliotecas, de sus artistas y de sus científicos.

Si queremos construir una democracia duradera, debemos formar ciudadanos libres, capaces de pensar, crear y discrepar con respeto. Ningún proyecto nacional puede consolidarse sin una ciudadanía culta y crítica.

La cultura no es un complemento de la democracia.

Es una de sus condiciones esenciales.

Porque las dictaduras necesitan ciudadanos obedientes.

Las democracias necesitan ciudadanos que piensen.

9. Permítame pedirle un ejercicio de memoria. Usted nació en Nicaragua en 1964 y ha vivido algunos de los episodios más decisivos de la historia reciente de su país: la revolución sandinista, la transición democrática, el regreso de Daniel Ortega al poder y la represión de 2018. ¿Hubo un momento en que comprendió que la lucha por la libertad tendría que continuar desde el exilio? ¿O nunca dejó de creer que Nicaragua podía recuperar su democracia?

Nunca he perdido la esperanza de ver una Nicaragua plenamente democrática. Han cambiado las circunstancias, los escenarios e incluso las generaciones, pero no la convicción de que nuestro país puede reconciliarse consigo mismo y construir un futuro basado en la libertad, la justicia y el respeto a las instituciones.

He sido testigo de algunos de los momentos más difíciles de nuestra historia contemporánea. Como muchos jóvenes de mi generación, fui reclutado para cumplir el Servicio Militar Obligatorio en una etapa marcada por la confrontación y la polarización. Aquella experiencia me hizo comprender el enorme coste humano que tienen los proyectos políticos cuando sitúan la ideología por encima de la persona.

Después de varios intentos conseguí abandonar Nicaragua y refugiarme en Guatemala. Lo hice utilizando una identidad distinta para proteger mi libertad y mi vida. Hoy puedo recordarlo con serenidad, porque forma parte de una historia personal que compartieron miles de nicaragüenses obligados a elegir entre el exilio o la persecución.

Años después, la historia volvió a repetirse. Tras las protestas cívicas de 2018, las amenazas hicieron imposible mi permanencia en el país y emprendí un segundo exilio. No fue una decisión voluntaria; fue la única manera de seguir defendiendo mis convicciones sin poner en riesgo mi vida ni la de mi familia.

Esas experiencias me enseñaron que la libertad nunca puede darse por garantizada. Debe protegerse cada día mediante instituciones sólidas, una ciudadanía comprometida y gobernantes sometidos al imperio de la ley.

Durante demasiado tiempo, Nicaragua vivió enfrentada consigo misma. Muchas personas actuaron movidas por ideales sinceros; otras cometieron errores cuyas consecuencias seguimos padeciendo. Más que buscar culpables eternos, creo que nuestra responsabilidad consiste ahora en aprender de la historia para no repetirla.

La reconstrucción nacional no podrá basarse en el resentimiento ni en el deseo de revancha. Deberá apoyarse en la verdad, la justicia, la reconciliación y el fortalecimiento de las instituciones democráticas.

Estoy convencido de que llegará el día en que Nicaragua vuelva a ser un país donde nadie sea perseguido por pensar diferente, donde los jóvenes puedan desarrollar su proyecto de vida sin miedo y donde el servicio público vuelva a entenderse como una responsabilidad y no como un privilegio.

Ese es el país por el que he trabajado durante toda mi vida.

No importa si esa tarea se realiza desde Managua o desde el exilio.

Lo verdaderamente importante es no renunciar nunca al deber de servir a Nicaragua.

Porque el exilio puede alejarnos de nuestra tierra.

Pero jamás debe alejarnos de nuestro compromiso con ella.

10. Si dentro de cinco años Nicaragua continuara bajo el régimen de Daniel Ortega, pero su poesía hubiera logrado inspirar a una nueva generación de jóvenes comprometidos con la libertad, ¿sentiría que su misión ha valido la pena? O, por el contrario, ¿preferiría seguir siendo el político que incomoda a la dictadura y también a sus propios aliados, aunque eso significara retrasar el regreso a su país?

No me gusta alimentar falsas esperanzas ni prometer soluciones fáciles. Nicaragua ha sufrido demasiado como para ofrecer discursos construidos sobre el voluntarismo. Los pueblos necesitan verdad, responsabilidad y confianza; no ilusiones pasajeras.

Lo que sí puedo afirmar es que ninguna etapa histórica es permanente. Todos los sistemas políticos terminan enfrentándose al juicio del tiempo y de la voluntad de los ciudadanos. También Nicaragua encontrará el momento de recuperar plenamente su libertad.

Pienso con frecuencia en las madres que perdieron a sus hijos, en los jóvenes que entregaron su vida soñando con un país distinto, en quienes padecieron prisión, persecución o exilio por defender sus convicciones. Ningún sacrificio realizado en favor de la libertad debería caer en el olvido.

Las nuevas generaciones tendrán una responsabilidad inmensa. No solo deberán reconstruir las instituciones, sino también consolidar una cultura democrática basada en el respeto, la tolerancia, la alternancia política y el Estado de derecho. La democracia no consiste únicamente en celebrar elecciones; consiste en aprender a convivir en libertad.

Mi aspiración nunca ha sido ocupar un cargo por sí mismo. Los cargos son transitorios Lo verdaderamente importante es contribuir a que Nicaragua llegue a ser un país donde ningún ciudadano vuelva a ser perseguido por sus ideas y donde cada persona pueda desarrollar. su proyecto de vida en paz y libertad.

La política y la poesía han sido, para mí, dos caminos distintos hacia un mismo propósito: servir a mi país.

Si la poesía consigue mantener viva la esperanza de un solo joven nicaragüense, habrá cumplido una parte de su misión.

Si la política logra devolver la libertad, fortalecer las instituciones y abrir oportunidades para todos, habrá cumplido la suya.

No entiendo ambas vocaciones como una elección entre una y otra.

Las entiendo como dos formas complementarias de servicio.

Naturalmente, deseo volver a caminar por las calles de mi país. Como cualquier exiliado, sueño con ese día. Pero el verdadero regreso no será el mío.

Será el de todos los nicaragüenses que han debido abandonar su tierra para buscar la libertad que nunca debieron perder.

Ese será el triunfo más importante.

Porque una nación comienza verdaderamente a reconciliarse cuando sus hijos pueden regresar sin miedo.

Y ese es el país que deseo dejar a las próximas generaciones.

Una Nicaragua donde el poder vuelva a estar al servicio de los ciudadanos.

Donde la libertad deje de ser una aspiración para convertirse en una realidad cotidiana.

Y donde la esperanza deje de escribirse en el exilio para comenzar a construirse, definitivamente, en nuestra propia tierra.

La conversación termina, pero las preguntas permanecen.

Ariel Montoya se levanta, estrecha la mano con la serenidad de quien ha aprendido que el tiempo suele ser el mejor aliado de las convicciones profundas. Sobre la mesa queda un ejemplar de Ligero Equipaje. Afuera, Miami continúa su ritmo incesante, ciudad de encuentros, despedidas y esperanzas suspendidas entre dos orillas.

Mientras abandono la casa, comprendo que esta entrevista nunca trató únicamente del exilio, de la política o de la poesía. Trató, sobre todo, de la responsabilidad de no renunciar a un país, incluso cuando las circunstancias obligan a contemplarlo desde la distancia.

La historia demuestra que las naciones no cambian únicamente por la fuerza de los acontecimientos. Cambian cuando aparecen mujeres y hombres capaces de convertir el sufrimiento en aprendizaje, la división en diálogo y la esperanza en un proyecto compartido.

Nicaragua necesitará algún día ese liderazgo. No uno basado en el resentimiento ni en el culto a la personalidad, sino en la fortaleza de las instituciones, el respeto a la ley, la reconciliación nacional y la defensa inquebrantable de la libertad.

Si ese día llega, serán los nicaragüenses, y solo ellos, quienes decidirán quién merece conducir ese nuevo tiempo.

Pero, tras escuchar a Ariel Montoya durante varias horas, resulta difícil no advertir que algunas personas dedican su vida a ocupar el poder, mientras otras la consagran a prepararse para ejercerlo con responsabilidad.

La historia será quien dicte el veredicto.

Los pueblos libres, quienes escriban el último capítulo.

Y Nicaragua, más temprano que tarde, volverá a encontrarse con su destino.

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