Opinión

El Pacto contra el Revocatorio «Que arruinó la esperanza» Por Johnny Galué Martínez

El pacto, que arruinó una esperanza, sin dejar vestigios de sangre y cuyas heridas jamás cicatrizan. El silencio  es el único que responderá las preguntas del pensamiento. Ambos, tanto el silencio como el pensamiento son cómplices de este pacto mafioso.

Todos, absolutamente todos, encontraremos rivales en cualquier cosa que hagamos, pero los más peligrosos, son y siempre serán a los que creemos que son nuestros aliados.

El  régimen su poder como esté mafioso pacto,  no admite límites. La voluntad del déspota, es la ley suprema ejecutada arbitrariamente por sus  subalternos que participan de la opresión organizada en razón de la autoridad de que gozan. Ellos están encargados de las funciones civiles, políticas, militares y casi que hasta religiosas.

   El desastre del país,   presenta varios  frentes. Un primer frente, que se enfoca a considerar que la gobernabilidad del Estado,  se encuentra rebasada por la actual crisis  económica y social. Esta que  ha sido artificialmente creada por el propio gobierno. Otro Frente, está convencido y sigue considerando que el  Gobierno, extorsiona, corrompe,  persigue y asesina a una población indefensa, con el único interés de mantenerse en el poder.  Y otro factor, que expresa, que el  sometimiento de los venezolanos,  se desarrolla en el marco de una “humillación santa”. Una sociedad, que es víctima de un sistema patológico de creencias, que está convencida de que el maltrato que sufre es necesario, donde su voluntad está apoderada por un ideal.

El Discurso de Bolívar en  el Congreso de Angostura constituye un acto político vital para el presente y el futuro de Venezuela. El Libertador restituye al Congreso los Plenos Poderes a él cedidos por el pueblo soberano de Venezuela por intermedio del Congreso para que lo ejerciera como representante de la voluntad soberana y como árbitro del destino de la nación. Fuente  de la autoridad legítima, depósito de la voluntad soberana y árbitro del destino de la nación. Bolívar transfiere el poder pero condicionando la validez de dicho mando al cumplimiento de un complejo conjunto de condiciones sin cuya observancia la libertad ganada con tanto sacrificio pudiera quedar como una cáscara vacía, ajena a los más altos deseos y necesidades del pueblo y de la patria. Por ello Bolívar apela constantemente al juicio legitimador y mandante de lo que llaman unas “futuras generaciones” que “todo lo esperan de vuestra sabiduría, rectitud y prudencia.”  Lo  que buscaba Bolívar era dejar un documento a las futuras generaciones de venezolanos. Un documento guía que resumiera los altos requisitos que debía cumplir un ciudadano venezolano para calzar los zapatos de una república alcanzada con sangre y necesitada de la máxima sabiduría, habilidad y probidad.

Del contenido del discurso, al libertador Le inquietan tres cosas:

1) que un magistrado electo por el Congreso (no por vía popular, pues para entonces no existía el voto directo, ni universal, ni secreto) decida los destinos de todo el país;

2) que este magistrado se entroniza en dicha alta posición, plegándose para lograrlo a los intereses de la clase mantuana de la época, de la que seguramente provendría (y que es la que de hecho elige al magistrado para el cargo mediante elecciones de segundo grado),

 y 3) que dicho magistrado se quede en el poder “perpetuamente”, esto es, sin posibilidad ninguna de que el pueblo soberano lo pueda remover por elección. De allí nace eso que Bolívar caracteriza como: “la usurpación y la tiranía”. La tiranía para Bolívar es un estado de opresión metódica, sistemática, espuria que es la raíz y la justificación misma de toda guerra contra el ordenamiento. La tiranía deriva entonces de un estado latente de guerra que no declara pero opera cotidianamente una potencia extranjera en contra de todo un pueblo reduciéndolo así a una condición persistente de vasallaje. Bolívar justifica en este caso la guerra de independencia. Incluso pese a estar plenamente consciente de que la guerra es el compendio, el epítome de todos los males. Bolívar condena cualquier prototipo de gobierno que se coloque al margen de los pesos y contrapesos que demarcan una constitución y sus instituciones, tachándolo de “tiranía doméstica”. Por ello condena especialmente la tiranía colonial, una tiranía ejercida por una ponencia extranjera que no sólo sojuzga sino que obstruye el aprendizaje colectivo producto de la política

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