Los resultados electorales observados este fin de semana en América Latina dejan una reflexión que va mucho más allá de la tradicional discusión entre izquierda y derecha. Mientras en Perú los resultados parciales muestran una ligera ventaja de Keiko Fujimori, una figura identificada con la derecha y el liberalismo económico, en Colombia el vencedor de la primera vuelta presidencial fue Abelardo de la Espriella, un abogado y empresario que hasta hace poco era conocido más por su trayectoria profesional que por una carrera política electoral.
Aunque ambos casos son distintos y responden a realidades nacionales diferentes, existe un elemento común que merece ser analizado: el creciente agotamiento de los ciudadanos frente a las estructuras políticas tradicionales.
En el caso colombiano, muchos observadores podrían concluir que la victoria de Abelardo de la Espriella representa simplemente un triunfo de la derecha. Sin embargo, esa explicación resulta insuficiente. De la Espriella no proviene de los partidos tradicionales ni construyó su liderazgo recorriendo los escalones habituales de la política. Su figura surge desde el mundo empresarial y jurídico, donde ha presidido una de las firmas de abogados más reconocidas de Colombia y ha representado clientes de alto perfil en casos que frecuentemente han generado debate público.
Su ascenso político parece estar más relacionado con la capacidad de interpretar el descontento ciudadano que con una simple identificación ideológica. Entendió, además, algo fundamental en la política moderna: la importancia de la comunicación digital. Mientras muchos dirigentes continúan utilizando estrategias propias del siglo pasado, De la Espriella comprendió el poder del “scroll” de la era digital. Supo adaptarse a una ciudadanía que consume información en segundos, que exige mensajes directos y que ha trasladado buena parte del debate político a las redes sociales. En una época donde la atención es un recurso escaso, logró convertir la comunicación digital en una ventaja competitiva.
Algo similar puede observarse en Perú. Más allá de las diferencias ideológicas entre los candidatos, la disputa electoral vuelve a poner de manifiesto la profunda crisis de confianza que existe entre amplios sectores de la población y las élites políticas tradicionales. Los estudios de opinión y los análisis previos a la elección ya advertían una sociedad fragmentada, desconfiada y cada vez más inclinada a buscar alternativas fuera de los esquemas convencionales.
Pero quizás el caso más revelador sea el de Venezuela.
En 1998, Hugo Chávez llegó al poder impulsado por el desgaste de un sistema político que millones de venezolanos consideraban incapaz de responder a las demandas del país. El agotamiento de los partidos tradicionales, los escándalos de corrupción, la desconexión entre dirigentes y ciudadanos, y la profunda crisis económica crearon las condiciones para que surgiera una alternativa que prometía romper con todo lo anterior.
Veintisiete años después, la historia parece ofrecer una lección similar, aunque desde una dirección ideológica distinta.
Hoy el agotamiento es aún más profundo. Después de más de dos décadas de un mismo proyecto político, Venezuela enfrenta una realidad marcada por el deterioro institucional, la pérdida de confianza en las instituciones públicas y una profunda crisis económica y social que ha obligado a millones de venezolanos a abandonar el país. En este contexto emerge con fuerza una figura como María Corina Machado, identificada con posiciones liberales y de libre mercado, pero cuyo respaldo trasciende ampliamente a los sectores tradicionales de la derecha.
Su crecimiento político parece responder, en gran medida, al mismo fenómeno que impulsó a Chávez en 1998: el deseo de cambio.
Este análisis no pretende cuestionar las decisiones que los ciudadanos de Perú o Colombia han expresado en las urnas. Por el contrario, en toda democracia auténtica corresponde a los pueblos decidir libremente quién debe gobernarlos. Si los electores consideran que Keiko Fujimori o Abelardo de la Espriella representan una alternativa capaz de responder a sus expectativas, esa decisión merece respeto. La esencia de la democracia no consiste en que gane una determinada ideología, sino en que se respete la voluntad popular expresada libremente por los ciudadanos.
La historia demuestra que los pueblos rara vez votan únicamente por una ideología. Con frecuencia votan contra aquello que consideran agotado. Los ciudadanos buscan alternativas cuando sienten que quienes gobiernan han dejado de representar sus aspiraciones o de resolver sus problemas.
Por eso, más que hablar de una victoria de la derecha en Colombia, de una posible victoria de la derecha en Perú o del ascenso de una dirigente liberal en Venezuela, quizás deberíamos hablar de algo más profundo: la búsqueda de renovación política por parte de sociedades cansadas de modelos que perciben como incapaces de ofrecer respuestas.
La gran lección para América Latina es que ningún proyecto político es eterno. Cuando los gobiernos dejan de escuchar a la ciudadanía, cuando las instituciones pierden credibilidad y cuando las promesas dejan de traducirse en resultados, tarde o temprano surge una nueva alternativa. No importa si viene desde la izquierda o desde la derecha; lo que realmente la impulsa es el cansancio de un pueblo que decide buscar un nuevo camino.
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