Opinión

En las profundidades de las distorsiones Por Antonio José Monagas

Cuando la política se descarría, hasta el tiempo luce confuso. Las perturbaciones e imprecisiones de la política, depravan su ejercicio. Tanto, que hasta el hombre equivoca el camino. Y entonces, pierde el sentido de orientación.

Ahora, las realidades son radicalmente diferentes de las que estimaba el discurso político proferido a mediados del siglo XX. ¿Qué sucedió para que se atascara la trayectoria pautada a petición de la ruta que pretendió perseguirse de acuerdo al decálogo formulado por los criterios de la teoría del desarrollo? Posiblemente, sus respuestas darían un conglomerado de apreciaciones cuyas explicaciones superarían expectativas capaces de satisfacer algunas de las verdades que mejor podrían ajustarse a las realidades.

Sin embargo, el problema no pareciera resolverse en tan extenso recorrido epistemológico. Es posible que una de las verdades que sabrían responder al desenlace de tan complicada maraña metodológica u operativa, podría conseguirse de modo más expedito en alguna explicación que resulte más próxima a la comprensión prestada a la teoría política. 

El problema en sí lo encubre la situación sociopolítica y socioeconómica que caracterizó la mitad del siglo XX. Una situación que confrontó serias contradicciones. Y aunque resultaron en extrañas panaceas políticas, compensaron las realidades con concepciones y formulaciones de distinta naturaleza. 

Conflictos que en el siglo XX ocasionaron serias crisis, devinieron en transformaciones que extraordinariamente lograron ciertos e importantes arreglos. Muchos de los cuales para los años posteriores, nivelaron abismos que, en lo social, político, económico y hasta militar, adquirieron definidas formas. Aunque, de peligrosas magnitudes. 

Pero que, de todos modos, tuvieron resultados que determinaron cambios significativos. Cambios que a su vez incitaron expresiones que implicaron reacciones que favorecieron el advenimiento de proyectos que contribuyeron a afianzar el andamiaje del desarrollo económico y social buscado por trascendentes fuentes políticas y geopolíticas de tono democrático. 

El final de la Guerra Fría, y la extinción de la Unión Soviética, entre otros eventos fundamentales acaecidos el siglo pasado, motivaron sustanciales cambios que emergieron en su ocaso. Igualmente, a inicios del siglo XXI. Aunque las dudas e incertidumbres han acompañado las dos últimas décadas que por el calendario transitaron.

No obstante, haber pisado el siglo XXI, las realidades expusieron otro mundo. Un nuevo mundo que ahora es presente. Y que se convirtió en  la expresión de una realidad cuya caracterización se ha alejado profundamente de la que modeló el mundo del siglo XX. 

¿Cambios que esparcen huellas?

Se ha generado una situación completamente distinta de la anterior. Una situación en la que las diferentes ideologías políticas, económicas y sociales que polarizaron al mundo durante el siglo XX, extrañamente no se muestran enfrentadas entre sí. Tienden ahora a compaginarse alrededor de intereses que rozan la intención de unificar criterios. Criterios estos que, en otrora, antagonizaban y por tanto, actuaban como razones en competencia por objetivos semejantes, no tan dispares. Al menos en su forma de ser concebidos.

En la actualidad se pugna por alcanzar un “Nuevo Orden Mundial” que procura configurar una sociedad más sosegada. Aunque subyugada a las pautas dictadas por un “hegemón”. O por las medidas impuestas en aras de los intereses y necesidades de una entidad constituida por corporaciones o naciones que poseen el mayor potencial económico, militar y político. 

Pese a serias contradicciones cuyos ecos alcanzan plataformas sociales, políticas y económicas regadas por el planeta, se ha escuchado que buscan dar con una sociedad erigida en la bondad natural del ser humano. Tanto como en el sentido constructivo de la historia y en la posibilidad de acceder a una felicidad que abarque la mayor parte de los individuos del mundo. Lo cual suena a “irónica paradoja”.

No obstante, las nuevas realidades, a decir de quien fuera profesor de la Escuela Claremont de Postgrado, California, USA, Peter Drucker, “(…) son distintas de las cuestiones sobre las cuales siguen escribiendo libros y haciendo discursos los políticos, los economistas, los eruditos hombres de negocios y los dirigentes sindicales”. Es el escenario que ha permitido la incidencia de experimentos de toda procedencia. 

Es ahí cuando surgen mecanismos y dispositivos relacionados con la digitalización que ha intrincado la funcionalidad del mundo. Quizás para bien o no, del desarrollo humano al inducirse nuevas y hasta inconsistentes razones para erigir el llamado “nuevo hombre”. O sea, el “homodigital”. Un individuo sin mayores sentimientos ni valores, atrevido en su temperamento para inmiscuirse en proyectos para los cuales su concurso no coincide con exigencias básicas. 

Los negocios intentan desvirtuarse de su naturaleza eminentemente social. Sólo buscan afincar sus objetivos solamente en la causa económico-financiera. Asimismo, la educación está dejando de apuntalar sus procesos de enseñanza aprendizaje en paradigmas cuyas bases descansaron en modelos apegados al sentido más íntimo de lo que engloba el concepto de magisterio. El ejercicio de la política pretende dislocarse de la filosofía a partir de la cual los procesos de gobierno consideran la sociedad como pivote de su accionamiento.

Estas nuevas realidades ya comenzaron a invalidar muchos de los supuestos alrededor de los cuales se perfiló la política que rige naciones y su relación entre ellas. Aunque muchas de las consideraciones que hoy pretenden moldear las realidades del siglo XXI, continúan perdidas, confundidas o imprecisas. O bien están entre proyectos, necesidades latentes e inéditas, o entre planes, propuestas e ideales. O que como presunciones, muchas siguen inadvertidas. Incluso, muchas todavía reposan en las profundidades de las distorsiones.

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