Opinión

Fidel Castro confiaba más en sus amigos extranjeros que en sus propios funcionarios Por Orlando Freire Santana

El teólogo brasileño Frei Betto debió guiar a Homero Acosta hasta la casa de Castro, pues el funcionario castrista desconocía dónde se hallaba la vivienda

LA HABANA, Cuba.- Fidel Castro, como casi todos los grandes dictadores de la Historia, mantuvo en torno a su persona un amplio y sofisticado aparato de seguridad. En verdad, pocos conocían la agenda diaria del Comandante y el lugar adonde iría a pernoctar en cada jornada. Mientras tanto, el oficialismo no perdía ocasión de mencionar los muchos atentados que se habrían organizado contra la vida del gobernante.

Cada vez que el fundador del totalitarismo cubano viajaba al exterior, la maquinaria castrista exploraba anticipadamente la situación que hallaría el máximo líder en el país al que arribaría, tanto desde el punto de vista de su seguridad como de la posible aceptación del Comandante en los medios políticos y culturales de la nación a visitar.

Semejante manto de protección y misterio alrededor de la figura del señor Castro no solo se mantuvo durante el largo período en que gobernó la isla, sino que se hizo extensivo a los diez años que vivió aparentemente alejado del poder, cuando entre otras cosas redactaba aquellas famosas Reflexiones que abrumaban hasta a los más fieles lectores de la prensa oficialista.

En ese entonces se informaba que el achacoso Comandante era visitado por sus amigos de la izquierda política como Hugo Chávez, Nicolás Maduro, Evo Morales y Cristina Fernández, además de intelectuales como Frei Betto, Atilio Borón e Ignacio Ramonet. Sin embargo, casi nunca la prensa oficialista -con la excepción de los cincos espías tras ser liberados de cárceles estadounidenses- informó de la visita de ciudadanos cubanos al sitio donde permanecía Castro.

Por estos días, a raíz del 95 aniversario del nacimiento de Castro, algunos políticos, escritores y artistas de izquierda escribieron artículos sobre esa fecha. En ese sentido salió a la palestra un hecho que demuestra, una vez más, la desconfianza que Castro y su aparato de seguridad les tenían a los cubanos, aun si fueran funcionarios gubernamentales.

En el trabajo titulado “Un amigo inolvidable” (Suplemento especial del periódico Granma, del 12 de agosto), el teólogo brasileño Frei Betto cuenta que, andando en compañía de Homero Acosta, quien se desempeñaba como secretario del Consejo de Estado de Cuba, debió guiar al alto funcionario castrista a la vivienda donde se encontraba Fidel Castro, pues Acosta no conocía ese lugar.

Así lo refiere Betto: “Ya en el carro de Homero, él no sabía dónde quedaba la casa de Fidel. Era un secreto guardado celosamente por razones de seguridad. No obstante, yo ya había estado allí varias veces y conocía el trayecto. De modo que se creó una situación inusitada: un brasileño le indicaba a un alto funcionario del Consejo de Estado el camino hacia la residencia del Comandante”.

Por otra parte, recordemos las lágrimas derramadas por la corredora Ana Fidelia Quiroz durante una entrevista televisiva al rememorar que nunca le permitieron visitar a Castro por mucho que ella lo solicitó. La ex atleta pretendía reciprocar las visitas que el gobernante le hiciera a raíz del accidente que casi la saca del deporte.

Y aún después de muerto, Fidel Castro continúa siendo un ente solo alcanzable para los extranjeros ilustres y los dirigentes cubanos de primerísimo nivel. Son ellos los únicos que pueden traspasar la cerca de entrada al complejo mortuorio y acercarse a la roca gigante donde se hallan las cenizas del dictador. El resto de los visitantes que quieran homenajear a Castro en el cementerio Santa Ifigenia, en Santiago de Cuba, deben contentarse con poner sus flores sin traspasar la referida cerca. Tienen que mirar la roca de lejos.

Tomado de CubaNet

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