Venezuela hoy no solo cruje bajo el movimiento de las placas tectónicas; el quiebre bajo el peso de una indiferencia que es, en sí misma, un desastre mayor que cualquier terremoto. Los sismos del 24 no solo derribaron muros; desnudaron la orfandad de un pueblo que, mientras busca a sus muertos entre los escombros, contempla cómo el auxilio se disuelve en los laberintos de la corrupción. El desastre no es nuevo; es una herencia de concreto y mentiras
Las torres de la «Misión Vivienda» erigidas por Chávez en La Guaira, que se pretendieron vender como monumentos a la dignificación, hoy se yerguen como lápidas verticales. Construidas sobre la urgencia de la propaganda y la erosión de los fondos públicos, esas estructuras son la versión moderna de la tragedia: edificios que, ante el sismo, revelan que su verdadera mezcla no fue cemento y cabilla, sino desidia y sobreprecio.
Se cierra así un círculo perverso que “Ali Primera” denunció hace décadas. Los «techos de cartón» no han desaparecido; solo han cambiado de forma. Aquella precariedad que la «revolución» juró erradicar se ha sofisticado: ahora el cartón está en la fragilidad de los muros de interés social y en la falta de planes de emergencia. La lluvia que sigue bajando «por el cerro» encuentra hoy un pueblo doblemente vulnerable: por la fuerza de la naturaleza y por el saqueo de quienes usan el nombre del pueblo para llenar las caletas.
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Es un panorama deprimente: donde debería haber rescatistas, hay «caletas». Mientras la tierra reclama sacrificios humanos, el régimen de Delcy administra la desgracia con una frialdad burocrática que ignora el hambre y el frío. El entrelazamiento es obsceno: el oro, los dólares y las sombras de la droga que se guardan en los escondites de Diosdado son, en realidad, los hospitales que no se construyeron, los refuerzos que no se hicieron y la ayuda que nunca llegó.
La inmoralidad del régimen se vuelve tangible en cada réplica. La verdadera catástrofe no es el evento natural, sino la certeza de que el Estado ha sustituido la protección del ciudadano por el blindaje de sus botines. El desastre natural es la escena del crimen; la indiferencia gubernamental es el arma, y el pueblo venezolano, el sacrificio perpetuo en un altar de oro y desidia.
Mientras en los escondites de la mafia gubernamental, cuyos nombres se acompañarán en la tragedia, logran darle una racional claridad a los eventos que se viven. Se apilan el oro y los dólares, en la calle queda la evidencia de la estafa: los edificios de La Guaira crujen y los techos —sean de zinc, de cartón o de concreto mal fraguado— siguen sin proteger a nadie. La indiferencia gubernamental ha convertido la vivienda, un derecho sagrado, en el escenario de un sacrificio anunciado, donde la inmoralidad del régimen pesando más que los escombros que cubren los compatriotas bajo esta desgracia.
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Amigo lector, este es más que un artículo de opinión, es un clamor para consolidar la libertad, la democracia y que la justicia sin miramiento alguno sean el fundamento de la Venezuela naciente. estas palabras buscan capturar esa trágica simetría entre la furia de la naturaleza y la erosión moral del poder, que confrontamos. ahora también, las dudas ahora que se presentan con los salvadores.
Dr. José Ernesto Pons B/ @JosePonsB / autor del Libro: El Estado Psicosocial Latinoamericano. Editorial “Paginas de Agua” – Bogotá, Colombia
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