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La manguangua como estética de la decadencia. Por José Luis Centeno S.

El circo, al final del día, se traga sus propios payasos.

Hay palabras que nacen con vocación de epitafio. “Manguangua” es una de ellas. Y no lo digo por Henrique Capriles, que al fin y al cabo ha tenido el mérito de reírse de sí mismo cuando las circunstancias no daban para más, en una parodia que tuvo eco en las filas oficialistas.

Digo lo anterior, por esa estirpe de políticos para quienes absolutamente todo: la vida, la patria, la dignidad, el hambre ajena, es una manguangua. Algo fácil. Un chiste que se resuelve sin sudar.

El meme de “El Manguanguas”, ese espanto doméstico que se mete en las casas ajenas, se toma el café y se queda hablando de política hasta que el anfitrión pierde la paciencia, tiene la virtud de retratar algo más profundo que la hiperactividad de un dirigente.

Retrata una época en la que la política venezolana se convertió en un teatro de sombras donde los actores entran y salen sin que nadie recuerde ya cuál era la obra. Capriles, con su “Qué manguangua, vale”, se convirtió sin proponérselo en el cronista involuntario de una degradación que él mismo encarna, aunque con mejor humor que la mayoría.

Pero hay otros. Otros para quienes la manguangua no es un lapsus afortunado, sino una filosofía de vida. Una manera de estar en la política sin estar en Venezuela. Una forma de cobrar sin rendir cuentas. Un modus operandi que consiste en aparecer cuando conviene, desaparecer cuando aprieta y sonreír siempre, como si nada.

Pienso, por ejemplo, en aquellos que en abril de 2019 tomaron un avión con destino a Europa. No iban a denunciar violaciones de derechos humanos ante parlamentos indignados. No iban a buscar solidaridad para un pueblo que se desangraba. Iban a algo mucho más prosaico: a blanquear los negocios de Alex Saab y su entramado de los CLAP.

Siete diputados, supuestamente opositores, recorrieron Liechtenstein, Bulgaria, Portugal, con escalas técnicas en Francia, Alemania, Suiza y España, consignando escritos ante cancillerías europeas para persuadir a las autoridades de que las empresas del empresario colombiano eran limpias como una fuente europea.

El itinerario lo organizó una agencia de viajes bogotana cuyo propietario era allegado a Saab. Los boletos, los hoteles, las reuniones: todo pagado con el dinero que salía de los mismos contratos que dizque iban a investigar. Una manguangua, pues. Una manguangua de proporciones continentales.

Hoy, mientras Saab se declara culpable en Miami de conspiración para lavado de dinero y se compromete a cooperar con la Fiscalía estadounidense, entregando información que implica a “altos funcionarios venezolanos”, aquellos viajeros de abril guardan un silencio que ensordece.

Hay una diferencia abismal entre el Capriles que se ríe de su propio meme y el político que se ríe de la gente.

Capriles, al menos, ha tenido la decencia de asumir la burla con humor, como un payaso que sabe que el circo se está incendiando pero prefiere seguir haciendo malabares. Es una postura, discutible, pero postura al fin. Los otros no tienen ni eso. Los otros simplemente desaparecieron.

Y mientras desaparecen, la política venezolana sigue su curso. Un curso que ya no depende de ellos. Las encuestas son una radiografía despiadada: 59% de los venezolanos afirma que ningún dirigente político lo representa. 69% dice que el liderazgo actual no sirve y que hace falta uno nuevo. 65% se identifica como independiente, sin partido, sin jefe, sin norte. 34% cree que los partidos políticos deberían desaparecer para que surjan otros. 31% exige que se transformen.

En total, dos tercios del país le han dado la espalda a la clase política tradicional. Y no es una casualidad. Es el resultado de años de manguanguas, de alianzas que se arman y se desarman con la misma facilidad con que se cambia de camisa, de plataformas que nacen con nombre rimbombante y mueren antes de la primera rueda de prensa.

Y así vamos. Con memes que se viralizan, con culpables que confiesan en Miami, con partidos que firman compromisos que nadie lee, con un pueblo que ya no cree en nada ni en nadie. La manguangua, como categoría política, ha colonizado todo. Todo es fácil. Todo es superficial. Todo se resuelve con una sonrisa, un tuit, una rueda de prensa sin preguntas.

Pero hay algo que no es manguangua. La indignación. Esa no se disuelve con humor. Esa no se entierra con silencio. Esa sigue ahí, en el fondo, como un rumor sordo que algún día, no sé cuándo, no sé cómo, encontrará la manera de expresarse. Y cuando lo haga, no habrá café que alcance para tanta amargura.

Los políticos para quienes todo es una manguangua están, sin saberlo, cavando su propia fosa. No con escándalos, no con traiciones, no con errores garrafales. Sino con algo mucho más letal: la irrelevancia. La sensación, cada vez más extendida, de que no importan. De que su presencia o su ausencia es exactamente lo mismo. De que el país podría seguir sin ellos, como de hecho sigue.

Y eso, en política, es el peor de los destinos. Peor que el rechazo. Peor que el odio. La indiferencia. ¿Por qué? Porque la manguangua, al final, se come a sí misma.

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