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Opinión

La pelea es peleando Por Antonio José Monagas

Cuando se habla de “chantaje”, se piensa en la manipulación como exigencia de un cambio en la actitud u opinión de otro. También puede entenderse como una difamación que se hace pública. Con el propósito de obtener algún provecho que satisfaga cierta necedad o grosera pretensión. Mientras que el término “extorsión”, refiere al hecho de obligar a una persona a realizar u omitir una acción determinada dirigida a aceptar un negocio que genere lucro patrimonial. Dicho lucro, ha de perjudicar a alguien. 

Ambos hechos son tipificados como delito. Sólo que ambos son interpretados a instancia de  las leyes, pero de manera diferente. Así sucede, en virtud de la violencia esgrimida a fin de lograr algún cometido. Sin embargo, en el ejercicio de la política sus consecuencias no son siempre reconocidas. Por tanto, la calificación de delito es muchas veces obviada en razón de los intereses que motivan el hecho. 

Es así como en el fragor de la política, tanto el chantaje como la extorsión han llegado a justificarse toda vez que sus praxis son comprendidas como criterios de gobierno. Particularmente, en el terreno ocupado por ideologías políticas sujetas a modelos de gobiernos autoritarios. Peor aún, totalitarios. Aunque en ambas realidades la demagogia sirve de trinchera para encubrir o atenuar los efectos de la confusión provocada. Esta, aplicada  como canal político a favor de la crisis inducida por el desorden político generado. Y precisamente, bajo este tipo de desbarajuste, se maneja la gestión política de regímenes despóticos. 

Caso Venezuela

Es la patética contradicción cuya realidad incita paradojas como las que caracterizan a regímenes políticos tan caóticos como el que padece Venezuela. Dicho régimen vive permanentemente aterrorizado por el desarreglo que las susodichas realidades provoca. Aun cuando lo disfraza con vestiduras “democráticas”. Pero ¿cómo obviar tal situación?, si está sosteniéndose con el respaldo “comprado”. Y es lo que motiva el acompañamiento de una fuerza militar cuyo potencial (teórico) podría emplearse para la sublevación contra el oprobio que bien sabe, aunque lo calla, tiene sucumbido al país.

Aún así, las realidades dan cuenta de la delicada y grave situación que se vive. A lo interno de esta situación, el militarismo dejó llevarse o seducir por discursos y decisiones que lo apartaron del camino constitucional. 

En la lucha diaria o medición de influjos que está dándose entre la cúpula política del régimen usurpador y el comando estratégico militar nacional, la organización militarista lleva la delantera. Aprovechándose del miedo que sobrelleva el régimen (de vivir la misma escena del 23 de enero de 1958, cuando el poder popular en alianza con el mundo militar logró la defenestración del presidente-usurpador), la  llamada fuerza militar bolivariana ha sacado ventaja de la situación. Ventaja ésta que le ha permitido saborear las mieles del poder, entrometiéndose en asuntos que no son de su competencia. Por tanto, ha relegado o postergado el compromiso que le hace honor al uniforme, y al porte de armas de la República. Por consiguiente, de defender la territorialidad y el resguardo de la soberanía.

En el trance de la manipulación política

Esta vez, la historia vuelve a ver sus memorias confiscadas por la avaricia, la ambición y la codicia que despierta el manejo ignominioso del poder político. Particularmente, toda vez que dicho poder está en posesión de intereses económicos cuyos tentáculos se han enterrado en el subsuelo nacional. E esa forma, se arroga la abusiva facultad de extraer riquezas escandalosas sin respeto de la Constitución de la República. Mucho menos, del juramento a la bandera y símbolos patrios.

En el medio de la deplorable situación, engendrada por delitos ampliamente cuestionados de extorsión y chantaje, se conjugan elementos de inmoralidad, ausencia de ética, desobediencia institucional, empoderamiento injustificado, carencia de ciudadanía responsable y abuso de poder que dan al traste la rectitud y sentido de equilibrio ontológico y deontológico que en otrora había definido a los estratos militares. O sea, al militar para quien la subordinación se mostraba hacia las figuras de aquellos héroes militares y civiles que lograron la independencia ideológica del país. 

Aunque sigue en jaque su independencia política y económica, tanto como la autonomía o soberanía para decidir el rumbo propio que exhorta y exalta el desarrollo nacional. 

A diferencia de tan desorientada realidad, el magisterio nacional en unión con un digno pueblo consciente del papel que la historia política le ha asignado, han dejado ver cada día la resiliencia y resistencia de la cual están forradas sus alforjas contentivas de sueños, anhelos y esperanzas. Aunque también de necesidades insatisfechas y desmerecidas por la arrogancia de un régimen convencido de que repartiendo miserias, gana espacios necesarios para seguir atribuyéndose extensas simpatías y un supuesto fuerte apoyo popular. 

El régimen usurpador se ha acostumbrado a repartir miserias. Ahora,  distribuidas en forma de bonos y bolsas de comida que no responden a las exigencias alimentarias de poblaciones clasificadas según la edad y la pertenencia a etapas específicas del ciclo humano vital.

Aun cuando el régimen se vale de artimañas y tácticas accesorias de distracción para incitar fantasías que tienden a convertir al venezolano en un ser meramente contemplativo e iluso, sometido y resignado, la reacción contestataria representada en la población de conciencia libre ha crecido cuantitativa y cualitativamente. Para nada o poco, ha valido mantener al venezolano en colas y buscando soluciones a una inflación que no ha podido reordenar la economía (socialista), por revolucionaria que se diga. Ni siquiera, porque presume proyectar la imagen de un comercio buchón. Pero facturado sobre el pervertido y manido “lavado de dólares”.  

Las realidades comenzaron a augurar buenas nuevas. Pues como refería el político y escritor francés C.I.B. Bonnin, “constatar un error es descubrir la verdad. Así que a pesar de la conflictividad que por doquier acontece, su incidencia ha sido necesaria. Es la única manera de dar cuenta de cómo salir de la crisis política vigente. Más, al reconocer abiertamente lo que pregona la sabiduría popular. O sea, cuando en verdad se advierte que la pelea es peleando.

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