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Opinión: Matonería digital versus periodismo independiente en El Salvador

El financiamiento de una estructura de esa índole es peligroso no sólo por la obviedad de la ralea de sus empleados, sino porque incluye dos peligros: que se haga parecer como periodístico un contenido que es ilícito, diseñado para amenazar, para difamar y para arruinar la convivencia nacional; que la detención y eventual castigo a uno de los peones de la matonería digital sea convertida en ejemplo cuando el oficialismo continúe con su persecución contra el periodismo independiente.

Por La Prensa Gráfica

La Prensa Gráfica
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Es una época a la vez formidable y terrible para el periodismo.

La tecnología ha abierto las puertas a los emprendimientos periodísticos. En el siglo pasado, era imposible hacer sentir la voz propia en el concierto de la opinión pública sin la plataforma de un medio de comunicación potente, sin figurar en esa columna vertebral de la cultura de masas que es el «mainstream». En esta época, un profesional de la información puede figurar si además de conocimiento periodístico tiene ya no las habilidades técnicas sino apenas las herramientas tecnológicas necesarias. Sí, la digitalización obró lo que el alma de la nación no pudo: democratizar el intercambio de contenidos.

Por eso la oferta informativa se multiplicó, por eso donde antes los periódicos competían con los periódicos, las televisoras con las televisoras y las emisoras con sus pares, ahora hay corporaciones multimedia pujando por audiencia y penetración en formatos antes prohibitivos.

Pero aparejada a la posibilidad de que cualquier ciudadano pueda hacer sentir su voz con pretensiones periodísticas, opinativas o de entretenimiento, hay una serie de nuevas realidades a las que la sociedad apenas despierta. Una de ellas, la de la ausencia de filtros tanto para el que produce contenido como para la calidad y utilidad de lo que se comparte, fue patente en esta campaña electoral merced a la profusión de iniciativas con disfraz ciudadano, en realidad piezas del engranaje propagandístico del oficialismo.

Mal haríamos al satanizar una plataforma digital sólo porque sus políticas de publicación nos parezcan permisivas. Es precisamente la ausencia de esos filtros lo que popularizó esas herramientas: por encontrar a su consumidor con la guardia baja creyendo que navega entre iguales, se les incluye siempre en el plan de medios de la comunicación política, desde la publicidad más sutil hasta la propaganda más lesiva.

Y sí, hubo mucho contenido tóxico, pensado para desprestigiar, vilipendiar, abrir flancos para el hostigamiento y acoso de adversarios políticos del oficialismo, caricaturizar y ridiculizar a los opositores. En las democracias saludables, la ironía y el sarcasmo son propiedad de la sociedad civil como una herramienta por no convencional popular para criticar al poder. Pero en los regímenes con aspiraciones totalitarias, el Estado pretende incluso apropiarse del humor para usarlo como otra de sus armas de choque e intimidación.

Tal es lo que vimos en El Salvador, el montaje exprés de una red de matones al servicio del oficialismo, con el denominador común del chauvinismo barriobajero del partido fundado por el presidente, de una misoginia inquietante y de una hostilidad sólo explicable por su fanatismo. Algunos de sus principales operadores se dedicaron durante varios meses a insultar a los principales adversarios de Bukele; en el epílogo de las elecciones, otros fueron visibles por su comportamiento errático y por violar la Ley Especial Integral para una Vida Libre de Violencia para las Mujeres.

El financiamiento de una estructura de esa índole es peligroso no sólo por la obviedad de la ralea de sus empleados, sino porque incluye dos peligros: que se haga parecer como periodístico un contenido que es ilícito, diseñado para amenazar, para difamar y para arruinar la convivencia nacional; que la detención y eventual castigo a uno de los peones de la matonería digital sea convertida en ejemplo cuando el oficialismo continúe con su persecución contra el periodismo independiente.

Por eso, la época en la que todos los ciudadanos pueden financiar la reproducción de sus opiniones es a la vez retadora y prometedora para el periodismo, cuya mejor versión es necesaria no para hablar por los ciudadanos sino para ayudarles a poner los énfasis donde corresponde y en la investigación metódica de los que gobiernan.

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