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Menos Chávez, más Hayek: Por Gervis Medina

Durante décadas, Venezuela fue presentada como un laboratorio del llamado «socialismo del siglo XXI». Hugo Chávez prometió construir una sociedad más justa, donde el Estado corrigiera las desigualdades y distribuyera la riqueza petrolera entre todos los venezolanos. Sin embargo, la historia terminó escribiendo un desenlace muy distinto al prometido.

Hay países que cambian de gobierno y hay países que necesitan cambiar de ideas. Venezuela pertenece, lamentablemente, a la segunda categoría.

Durante demasiado tiempo hemos discutido quién debe ocupar Miraflores, pero pocas veces nos hemos detenido a preguntar qué ideas deben gobernar a Venezuela. Y esa diferencia no es menor. Porque podemos cambiar presidentes, ministros y funcionarios, pero si conservamos la misma concepción del Estado, tarde o temprano volveremos a producir los mismos resultados.

Por eso, quizá una de las consignas que Venezuela necesita escuchar hoy sea tan sencilla como provocadora:

Menos Chávez. Más Hayek.

No se trata solamente de comparar a dos hombres. Se trata de comparar dos maneras de entender la sociedad.
Hugo Chávez creyó profundamente en el poder transformador del Estado. Su proyecto político partió de la convicción de que un gobierno suficientemente poderoso podía corregir las desigualdades, controlar la economía, redistribuir la riqueza y construir, desde el poder, una sociedad nueva.

Friedrich Hayek desconfiaba precisamente de esa pretensión.

Para Hayek, el problema fundamental no era encontrar gobernantes suficientemente buenos para controlar la sociedad, sino construir instituciones que impidieran que cualquier gobernante tuviera demasiado poder sobre ella.

Esa diferencia explica buena parte de nuestra tragedia. El Estado que prometió salvarnos. El chavismo no llegó al poder prometiendo destruir Venezuela. Llegó prometiendo salvarla. Ese es quizás uno de los aspectos más importantes que debemos recordar. Prometió acabar con la pobreza, devolverle al pueblo la riqueza petrolera, combatir la corrupción y construir una sociedad más justa. Millones de venezolanos creyeron en aquella promesa.

El problema comenzó cuando la solución a prácticamente todos los problemas pasó a ser la misma: más Estado. Más controles. Más empresas públicas. Más regulaciones. Más expropiaciones. Más subsidios. Más gasto. Más poder concentrado. Y mientras el Estado crecía, el ciudadano se hacía más pequeño.

La empresa privada comenzó a ser presentada como sospechosa. El empresario dejó de ser visto como alguien que arriesga capital, genera empleo y descubre oportunidades, para convertirse muchas veces en enemigo político.

El mercado fue tratado como una amenaza. Y la propiedad privada comenzó a depender cada vez más de la voluntad del poder. Hayek habría reconocido inmediatamente el peligro. El problema no era solamente Chávez.
Aquí está una de las verdades incómodas que debemos aceptar los venezolanos: el problema de Venezuela no fue únicamente Hugo Chávez.

Chávez fue el principal arquitecto político de un modelo, pero ese modelo pudo consolidarse porque existía una cultura política profundamente acostumbrada a esperar del Estado la solución de sus problemas.

El petróleo había creado durante décadas la ilusión de que la riqueza nacional podía distribuirse desde arriba indefinidamente. El ciudadano esperaba del gobierno una vivienda. Un empleo. Una beca. Una importación. Un subsidio. Una pensión. Una solución.

Y cuando el Estado se convierte en proveedor universal, inevitablemente termina convirtiéndose también en árbitro de la libertad. Ese fue uno de los grandes errores venezolanos.

Hayek comprendió algo que todavía cuesta aceptar: ningún gobierno puede conocer lo suficiente como para dirigir una sociedad compleja desde una oficina. El conocimiento está disperso.

Millones de decisiones individuales producen una cantidad de información que ningún ministerio puede reunir. Por eso, cuando un gobierno pretende sustituir todas esas decisiones por decretos, controles y planes centrales, no elimina el problema. Lo multiplica.

Venezuela fue un experimento doloroso de esa arrogancia. Se quiso controlar el precio de los alimentos y aparecieron escasez y mercados paralelos. Se quiso controlar el dólar y surgieron distorsiones cambiarias. Se expropiaron empresas para ponerlas «al servicio del pueblo» y muchas terminaron produciendo menos o dejando de producir. Se quiso controlar la economía para alcanzar la justicia social y terminamos descubriendo una vieja verdad: cuando el poder controla la producción, también puede controlar la supervivencia.

La libertad no es solamente votar. Esta es otra lección que Venezuela debe recuperar. La libertad no consiste exclusivamente en introducir una papeleta en una urna. Un ciudadano que puede votar, pero no puede emprender libremente, ahorrar, contratar, invertir, comerciar o disponer legítimamente de su propiedad, vive una libertad incompleta.

La libertad política necesita de una base económica. Por eso Hayek insistió tanto en el Estado de derecho, la propiedad privada y las reglas generales. No porque creyera que el mercado fuera perfecto. Sino porque entendía que el poder también necesita límites cuando se presenta como salvador.

Venezuela no necesita otro mesías. Quizás esta sea la conclusión más difícil de aceptar. Venezuela no necesita otro Chávez. Pero tampoco necesita un Chávez con otro nombre, otra bandera o un discurso diferente. Necesita abandonar la idea del caudillo salvador. Necesita dejar de esperar al hombre providencial que llegará a Miraflores para solucionar todos nuestros problemas.

Porque mientras continuemos creyendo que nuestro destino depende de quién ocupa el palacio presidencial, seguiremos pensando como súbditos y no como ciudadanos.
La verdadera transformación venezolana tendrá que ocurrir mucho más abajo y mucho más profundamente: en nuestras ideas. Tenemos que volver a hablar de propiedad. De responsabilidad individual. De emprendimiento. De competencia. De instituciones. De Estado de derecho. De límites al poder. De libertad. Y también de responsabilidad.

Porque una sociedad libre no es una sociedad donde cada persona recibe todo del Estado. Es una sociedad donde cada ciudadano puede construir su propio proyecto de vida sin que un funcionario tenga que autorizar cada paso.

Menos Chávez, más Hayek. No estoy proponiendo sustituir un culto por otro. Hayek no fue un santo ni sus ideas constituyen una fórmula mágica para resolver todos los problemas venezolanos. Pero sí dejó una advertencia que Venezuela debería grabar en piedra:

El poder que se concentra para hacer el bien puede terminar siendo utilizado para hacer el mal.

Chávez nos dejó una Venezuela profundamente marcada por la concentración política, la dependencia del Estado y la destrucción de buena parte de sus instituciones económicas.

Hayek nos ofrece, en cambio, una pregunta incómoda:
¿Qué pasaría si dejáramos de confiar nuestra prosperidad al Estado y comenzáramos a confiar nuevamente en la capacidad de los venezolanos para crear, producir, comerciar y prosperar libremente?

Tal vez allí comience la verdadera reconstrucción. Porque Venezuela no necesita solamente cambiar de gobierno. Necesita cambiar de paradigma. Y si queremos resumir ese desafío en una sola frase, podría ser esta:
Menos Chávez. Más Hayek.

No porque necesitemos reemplazar un nombre por otro. Sino porque necesitamos reemplazar una cultura de dependencia por una cultura de libertad.

Gervis Medina

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