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Mujer: tarea pendiente

Marzo es el mes dedicado a homenajear a la mujer, a partir de su Día Internacional, que se celebra el 8, formalizado por Naciones Unidas en 1975. Y fíjense que hablamos de homenaje, no de celebración. Porque, aunque tengamos mucho que celebrar en torno a la figura femenina, también hay mucho más que nos duele, nos avergüenza, nos indigna.

Los historiadores coinciden en destacar como antesala directa del Día Internacional de la Mujer la marcha de mujeres que se vivió en Nueva York en 1908, cuando unas 15 mil damas manifestaron para pedir menos horas de trabajo, mejores salarios y derecho a votar.

En el marco de los movimientos a favor de la paz que surgieron en vísperas de la Primera Guerra Mundial, las mujeres rusas celebraron su primer Día Internacional el último domingo de febrero de 1913. En el resto de Europa, las mujeres realizaron mítines en torno al 8 de marzo del año siguiente para protestar por la guerra, o para solidarizarse con sus congéneres.

Y es esa herencia milenaria de desigualdad la que arrastramos hasta hoy. Porque sí, hemos avanzado bastante; pero también es demasiado lo pendiente.

Por ejemplo, 2.700 millones de mujeres no pueden acceder a las mismas opciones laborales que los hombres; en 2019, menos del 25% de los parlamentarios del mundo eran mujeres. De las 500 personas en puestos de jefatura ejecutiva que lideran las empresas con mayores ingresos en el planeta, menos del 7% son mujeres. Y hasta 2086 no se cerrará la brecha de la desigualdad salarial, si no se contrarresta la tendencia actual.

2.700 millones de mujeres no pueden acceder a las mismas opciones laborales que los hombres.

Pero quizá el número más alarmante e indignante, sea que una de cada tres mujeres sigue sufriendo violencia de género.

Se trata de cualquier acto violento o agresión, basado en la desigualdad y presuponiendo la dominación de los hombres. Esto puede tener como consecuencia un daño físico, sexual o psicológico.

También incluye las amenazas, así como la coacción o privación de la libertad, sea en el ámbito público o en la vida familiar o personal.

Se trata de una violencia que afecta a las mujeres por el mero hecho de serlo. Constituye un atentado contra la integridad, la dignidad y la libertad de ellas, independientemente del ámbito en el que se produzca.

A escala mundial, el 35 por ciento del sexo femenino ha experimentado alguna vez violencia física o sexual por parte de una pareja íntima, o proveniente de una persona distinta de su pareja.

Algunos estudios realizados en distintas naciones, muestran que la proporción puede llegar al 70 por ciento de mujeres objeto de violencia dentro de sus respectivas fronteras.

Para agravar aún más las cosas, el número de llamadas a las líneas telefónicas de asistencia se ha quintuplicado en algunos países, como consecuencia del incremento de las tasas de violencia de pareja provocado por la pandemia de Covid-19.

Aunque parezca increíble, lo cierto es que la restricción de movimiento, el aislamiento social y la inseguridad económica elevan la vulnerabilidad de las mujeres a la violencia en el ámbito privado en todo el planeta.

Y la violencia contra la mujer termina siempre por derivar en la más trágica de sus manifestaciones: el femicidio.

En Venezuela no somos ajenos a esta desgracia. Según el sitio web de verificación de información Cotejo.info, durante el año 2020 murieron 237 mujeres asesinadas en nuestro país. Por su parte, la organización Utopix maneja la cifra de 256.

Y es justamente abriendo este mes de reflexión sobre la situación de la mujer en nuestra sociedad actual, cuando nos ha estremecido la noticia atroz del doble femicidio en Turén, estado Portuguesa.

Dos damas venezolanas, de 17 y 20 años, fueron localizadas sin vida y con signos de espantosa crueldad en sus cuerpos. El presunto culpable confesó y se encuentra en manos de las autoridades.

La conmovedora tragedia desató la justa ira de la comunidad, que se manifestó públicamente en contra de esta aberración intolerable. Y esa es una lección: tenemos que alzar activamente nuestra voz ante cualquier hecho que nos violente como seres humanos.

No solamente toca el mayor de los castigos posibles que la ley permita sobre alguien capaz de semejante horror. También hay que reflexionar sobre prevención y educación. Sobre arrancar de raíz hasta el remanente más insignificante de la violencia de género. Sobre la educación en asuntos de respeto e igualdad, porque evidentemente hace falta, en nuestra nación y en el mundo.

Y sobre políticas públicas al respecto, que deben ser cortejadas por la iniciativa particular.

No hablamos en este caso solamente de Venezuela. Las dolorosas cifras nos dicen que aún el mundo entero tiene mucho que hacer sobre este tema.

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