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No hay nada más hijo de puta que un chavista. Por Gervis Medina.

Hay una clase de personaje que me provoca una mezcla de indignación y tristeza. Yo hablo del chavista que, después de más de un cuarto de siglo de destrucción y en estos momentos aciagos, todavía tiene el descaro de justificar lo injustificable.

El chavismo es un movimiento que está basado en el odio, en el rencor, en la envidia, en el asesinato y arresto de quienes piensan diferentes, en el robo y en el resentimiento; en el trato desigual ante la ley. Que genera hambre, destrucción y muerte. Por lo tanto, todo esto se resume en un pecado capital que es la soberbia.

El chavista secuestra, tortura, asesina, desaparece y ha generado la diáspora más grande del siglo XXI a nivel mundial. Millones de venezolanos regados por todo el mundo por el desastre del chavismo (esa enfermedad del alma). Son nuestros enemigos, no son nuestros adversarios. Por qué aquel que pone en juego tu derecho a la vida, libertad, o a la propiedad no es un adversario. Estas frente a unas bestias andantes que si fuese por ellos te quita la vida, el fruto de tu trabajo o peor te reduce a la esclavitud, eso es un chavista.

Ese personaje que ve hospitales sin insumos y dice que la culpa es del «bloqueo». Ese que observa millones de venezolanos huyendo del país y responde con un discurso aprendido de memoria. Ese que presencia la corrupción más obscena de la historia republicana y todavía tiene el cinismo de hablar de revolución.
Durante años escuché las mismas consignas.

«Patria o muerte.»
«Viviremos y venceremos.»
«El socialismo del siglo XXI.»

Palabras bonitas. Frases vacías. Mientras tanto, Venezuela se convertía en un cementerio económico y humano. La industria petrolera fue destruida. La producción nacional desapareció. La moneda dejó de valer. La educación fue convertida en propaganda. La justicia pasó a ser un brazo del poder.

Y aun así aparecen quienes pretenden vendernos el cuento de que el fracaso fue culpa de todos menos del chavismo.

No.

La responsabilidad tiene nombre. Y también tiene apellido. Chavista.

Lo verdaderamente insoportable es el chavista que convierte la corrupción en religión. Ese individuo que deja de pensar. Que deja de cuestionar. Que reemplaza la razón por la obediencia. Porque el chavismo no solamente destruyó la economía. Asesinó, aprehendió sin justa causa, desapareció personas, doblegó el alma de millones de personas.

También destruyó la capacidad crítica de miles de personas. Les enseñó que obedecer vale más que razonar. Que repetir consignas importa más que buscar la verdad. Que el líder siempre tiene razón. Eso no es política. Eso es fanatismo. Y todo fanatismo termina siendo enemigo de la libertad.

Como abogado, he aprendido que las peores injusticias rara vez comienzan con las armas.

Empiezan con las excusas. Con chavistas que justifican el abuso porque «es por una buena causa». Con chavistas que aceptan la censura porque «protege la revolución». Con chavistas que aplauden encarcelamientos arbitrarios porque «el enemigo lo merece». Ese es exactamente el mecanismo que destruye las repúblicas.

No aparece de un día para otro. Se instala lentamente. Primero normaliza el abuso. Después elimina el debate. Finalmente elimina la libertad. Y cuando la gente despierta, ya no queda nada que defender.

Hay quienes me dicen que debo ser más tolerante.

No.

Ser tolerante con las ideas no significa ser indiferente frente al desastre.

No pienso aplaudir un proyecto criminal que convirtió uno de los países más ricos de Hispano América en una nación marcada por la pobreza, la emigración y la dependencia. No pienso disfrazar el fracaso con eufemismos. Ni llamar «errores» a acciones criminales que arruinaron generaciones completas.

Porque cuando un gobierno destruye instituciones, persigue disidentes y condena a millones a la miseria, ya no hablamos simplemente de malas decisiones. Hablamos de una tragedia criminal.

Lo más preocupante es que todavía existen quienes intentan reciclar ese modelo. Cambian el discurso. Cambian los colores. Cambian los rostros. Pero mantienen la misma obsesión. Más Estado. Más controles. Más poder para los gobernantes. Menos libertad para los ciudadanos. Y luego se sorprenden cuando el resultado vuelve a ser exactamente el mismo.

Como libertario, creo profundamente que la libertad exige responsabilidad. Debemos señalar a los chavistas quienes, con pleno conocimiento de causa, siguen justificando un modelo que ya demostró su fracaso. Porque toda tiranía necesita algo más que militares. Necesita propagandistas. Necesita defensores. Necesita personas dispuestas a repetir mentiras hasta convertirlas en costumbre. Ese es el verdadero combustible del chavismo. No las armas. Sino la obediencia intelectual.

Escribo desde la frustración de haber visto cómo una nación extraordinaria fue sacrificada sobre el altar de una ideología chavista que prometía justicia y terminó repartiendo crimen y pobreza.

Por eso seguiré denunciando al chavismo, sus mentiras y sus consecuencias. Mientras ellos sigan repitiendo sus mentiras, nosotros seguiremos repitiendo las verdades.

La libertad comienza cuando dejamos de creer en salvadores y empezamos a asumir la responsabilidad de defender instituciones, propiedad privada, Estado de derecho y dignidad humana.

Solo entonces Venezuela podrá romper el ciclo del chavismo y recuperar el camino de una república verdaderamente libre. Debemos de salir de esa conducta criminal y abolir al chavista. Recuerda el chavismo es una enfermedad del alma.

Gervis Medina
Abogado, criminólogo y escritor venezolano.

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