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Religión

Opinión: ¿Dádivas al «Pueblo Evangélico»? por Richard Serrano

Una cosa es hacer propuestas independientes (privadas), aunque con influjos de sus tradiciones religiosas, educativas y científicas (siguiendo las exigencias y protocolos de rigor para todos por igual), que procuren el establecimiento de universidades, institutos, tecnológicos y colegios para aportar al saber y el bienestar colectivo. Por cierto, lo hemos intentado de mil maneras los evangélicos en Venezuela, con diferentes gobiernos, de tendencias ideológicas diversas. Participé de la última comisión con el aval del Consejo Evangélico de Venezuela, en representación de los bautistas, que diseñó una propuesta de universidad, y luego de una licenciatura. Desde las trabas de ciertos católicos vinculados a las oficinas oficiales en el pasado, hasta las más antojadizas excusas y dilaciones; recientemente, el cambio de ministros y las prioridades políticas del régimen, entre otras cosas, engavetan nuevamente nuestra causa (derecho legítimo, como tiene cualquier otra expresión religiosa establecida debidamente en un país con un Estado democrático, plural y laico).

¡Ahora sí!, de un plumazo se crea o dictamina la fulana UTELV (imagino que algo así serían las siglas). No faltó quién aplaudiera (entre los tales, supuestos representantes del «pueblo evangélico venezolano»), como si se tratara de algún «evangelio» (buena noticia) pronunciada por el pater imperial ante una muchedumbre de súbditos grecorromanos. Solo faltaron vítores de: «¡Larga vida a quien nos da pan, circo, bailes, instrumentos musicales y ahora universidad!» Triste, peligroso.

Este asunto es serio y, entre otras cosas, desnuda ciertas falencias. Hablaré primero de nosotros, los evangélicos. No hicimos frente común para exigir se nos permitiera, por ley, crear instituciones superiores, de calidad e incidencia pública. No quiero negar la contrariedad hacia esa intención como esa, en las manos de otros, pero seguramente juntos pudimos hacer algo mejor. Ese mal de querer figurar y tener parcelas (pequeños reinos) nos ha hecho mucho daño a los evangélicos. Cada cual se cree o más santo, o más bíblico, o más sabio o más poderoso. Lo triste, nosotros nos detenemos en esas distinciones (que tienen su lugar y ameritan su sano tratamiento), pero las arremetidas no, nos alcanzan por igual sin medir denominaciones. Luego, sufrimos de miopía en nuestra manera de ver la fe y su incidencia pública. Carecemos de un teología que admita como parte de nuestra misión afectar las esferas de la cultura, desde nuestra identidad y compromiso evangélico, con humildad, sustento, excelencia y corresponsabilidad social. Parece que pasará más tiempo para que cambiemos estas visiones de fe y misión tan cortas y fragmentadas. Quisiera estar equivocado.

Lo que oímos hace algunos días, llama la atención: ofertas de instrumentos musicales, decretos para celebrar «el día del pastor evangélico» (15 de enero), partidas y designaciones para que «misioneros» comunales visiten templos evangélicos, levanten datos y eleven proyectos de refacción a favor del «pueblo evangélico». Varias cosas: ¡Ahora es que se dan cuenta que nos gusta la música, que somos un pueblo que canta con lo que tengamos a la mano! ¿Saben cuánto tiempo tenemos alabando a Dios? ¿Saben cuántos músicos han parido nuestras Iglesias? ¿Saben cuántos, incluso, llegaron para nutrir el sistema nacional de orquestas y coros? ¿Saben cuántos cantantes, instrumentistas, productores, directores corales y orquestales son de semillero evangélico? !No vengan con esas dádivas, como si se tratara de una gran cosa! ¿Instrumentos musicales o de control?

Del arreglo a los templos, ¿saben estos personeros cuánto tiempo tienen los templos evangélicos abriendo sus puertas a la gente? ¿Saben desde cuándo trabajamos en los barrios, en las cárceles, en las canchas, en las urbanizaciones y demás lugares en el nombre de Jesús y su evangelio, pese a nuestros errores y falencias? ¿No será un treta ante la presunta participación evangélica, para bien o para mal, en las narrativas y polvorines que se han dado en la región? ¿Qué de los apoyos que el pueblo evangélico a recibido para seguir ministrando, o los que pudiera recibir si se usan para ello? ¿Tomarán en serio que este segmento ha sido determinante en consultas, sanciones de leyes, votaciones y pare de contar en la región? ¿Seremos tan ingenuos como para creer que ciertas dádivas son gratuitas (terminan dando ventaja a quien ostenta el poder, sea de la tendencia que fuere)? ¿Se percataron de que el pueblo evangélico representa hoy la red de comunidades o instancias más activas y diseminadas en todo el territorio nacional? ¿No será esto, en buena parte, consecuencia al descuido del principio bien entendido de separación Iglesia-Estado en una sociedad democrática, plural y laica? ¿Queremos libertad de conciencia y culto para todos, o solo para nosotros? ¿Aspiramos a una convivencia realmente democrática, plural y laica, o nos interesan privilegios hasta que los péndulos se muevan y nos toque la situación de obligados o perseguidos por otra fe o culto con la fulana bendición constantiniana? ¿Qué diremos ante la pretendida representatividad de quienes salen en alocuciones a hablar en nombre de todos los evangélicos?

Nos urge orar, o seguirlo haciendo, por el pueblo evangélico y por todo el pueblo venezolano. También nos corresponde, pienso, revisar nuestra noción de fe y misión, la dimensión social de nuestra corresponsabilidad civil, nuestra comprensión de la relación entre la Iglesia y el Estado, nuestro pulso del momento que vivimos y las correspondientes acciones a lugar. Con mayor fuerza, nos toca anunciar y vivir el evangelio de Jesús; seguir demostrando el amor de Dios, con palabras y hechos ante tanto sufrimiento. Ante los anuncios, la pretendida representatividad evangélica y las potenciales controversias que estas cuestiones pudieran generar entre pastores, líderes, creyentes, iglesias y organizaciones, ¿hay algo más que podamos o tengamos que hacer?

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