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Opinión de Grossman Parra Pinto: La Antena del Cono Sur- Ultima del 2019

COMO TODOS LOS AÑOS, desde hace varias décadas, esta última Antena la dedicó a mis hijas (Marlin y Linmar) cuando eran bebes, niñas y adolescentes. Luego se las he dedicado a mis nietos (Enoha y Juan Pablo), y esta vez no quiero ser la excepción. Solo paz y armonía. Sigan leyendo.
BUSCÓ LA FORMA de-este año- decirles a mis hijas y a mis nietos, cuan grande es el amor que uno les tiene, y que da todo por ellos. ¿Pero cómo explicarles otra vez el amor hacia ellos, sin repetirle lo mismo de cada año?. SIGAN LEYENDO.
PENSE Y PENSE, hasta que decidí contarles la “Historia del amor mas grande”. La historia de María José.
Quizás les haga llorar esta historia, pero les enseñara lo que es el AMOR

El día que mi María José nació, en verdad no sentí gran alegría porque la decepción que sentía parecía ser más grande que el gran acontecimiento que representaba tener un hijo. Yo quería un varón. A los dos días de haber nacido, fui a buscar a dos mujeres, una lucia pálida y otra radiante y dormilona.

En pocos meses me dejé cautivar por la sonrisa de María José y por el negro de su mirada fija y penetrante, fue entonces cuando empecé a amarla con locura, su carita, su mirada no se apartaba ni un instante de mi pensamiento; todo se lo quería comprar, la miraba en cada niño o niña. Hacía planes, todo seria para mi María José.

Este relato era contado a menudo por Randolf, el padre de María José. Yo también tenía gran afecto por la niña que era la razón más grande de vivir de Randolf, según decía el mismo. Una tarde estaba mi familia y la de Randolf haciendo un picnic a la orilla de la laguna cerca de casa y la niña entablo una conversación con su papá, que todos escuchábamos: “Papi, cuando cumpla quince años, ¿Cuál será mi regalo?.

Pero mi amor si apenas tienes diez añitos, ¿no te parece que falta mucho para esa fecha?

Bueno Papi, tú siempre dices que el tiempo pasa volando, aunque yo nunca lo he visto pasar por aquí. La conversación se extendía y todos participábamos de ella. Al caer el sol, regresamos a nuestras casas.

Una mañana me encontré con Randolf enfrente del colegio donde estudiaba su hija quien ya tenía catorce años. El hombre se veía muy contento y la sonrisa no se apartaba de su rostro. Con gran orgullo me mostraba el registro de calificaciones de María José, eran notas impresionantes; ninguna bajaba de 20 puntos y los estímulos que le habían escrito los profesores eran realmente conmovedores. Felicite al dichoso padre y le invité un café.

María José ocupaba todo el espacio en casa, en la mente y el corazón de la familia, especialmente el de su padre. Fue un domingo muy temprano cuando nos dirigíamos a misa, cuando María José tropezó con algo – eso creímos todos- y dio un traspié, su papá la agarró de inmediato para que no se cayera. Ya instalados en nuestros asientos, vimos como María José fue cayendo lentamente sobre el banco y casi perdió el conocimiento. La tome en brazos mientras su padre buscaba un taxi, la llevamos al hospital. Allí permaneció por diez días y fue entonces cuando le informaron que su hija padecía de una grave enfermedad que afectaba seriamente a su corazón, pero no era algo definitivo, que había que practicarle otras pruebas para llegar a un diagnostico firme.

Los días iban transcurriendo, Randolf renunció a su trabajo para dedicarse al cuidado de María José, su madre quería hacerlo pero decidieron que ella trabajaría, pues sus ingresos eran superiores a los de él. Una mañana Randolf se encontraba al lado de su hija cuando ella le pregunto: ¿Voy a morir, no es cierto? Te lo dijeron los médicos.

No mi amor, no vas a morir, Dios que es grande no permitirá que esto pase a lo que más he amado y amo en el mundo, – respondió el padre.

¿Sabes si se puede volver del cielo?

Bueno hija, respondió, en verdad nadie ha regresado de allá a contar algo sobre eso, pero si yo muera no te dejaría sola. Estando en el mas allá buscaría la manera de comunicarme contigo, en última instancia utilizaría el viento para venir a verte.

¿Al viento?, replico María José, ¿y cómo lo harías? No tengo la menor idea, hija, sólo sé que el día en que muera, sentirás que estoy contigo cuando un suave viento roce tu cara y una brisa fresca bese tus mejillas.

Ese mismo día por la tarde llamaron a Randolf. El asunto era grave, su hija estaba muriendo, necesitaba un corazón pues el de ella no resistiría unos quince o veinte días más. ¡Un corazón! ¿Dónde hallar un corazón? ¿Lo vendían en la farmacia acaso, en el supermercado, o en una de esas grandes tiendas que propagandean por radio y televisión? ¡Un corazón ¡ ¿Donde?

Ese mismo mes María José cumpliría sus quince años. Fue el viernes por la tarde cuando consiguieron un donante. Las cosas iban a cambiar. El domingo por la tarde, ya María José estaba operada. Todo salió como los médicos lo esperabaN. ¡Éxito Total!

Sin embargo, Randolf no había vuelto por el hospital y María José lo extrañaba muchísimo. Su mamá le decía que ya todo estaba bien, seria ella quien trabajaría para sostener a la familia.

María José permaneció en el hospital por quince días más, los médicos no habían querido dejarla ir hasta que su corazón estuviera firme y fuerte y así lo hicieron. Al llegar a casa todos se sentaron en un enorme sofá y su mamá con los ojos llenos de lágrimas le entrego una carta de su padre.

María José, mi gran Amor….

“Al momento de leer mi carta, debes tener quince años y un corazón fuerte latiendo en tu pecho. Esa era la promesa de los médicos que te operaron. No puedes imaginarte ni remotamente cuanto lamento no estar a tú lado en este instante. Cuando supe que ibas a morir, decidí dar respuesta a una pregunta que me hiciste cuando tenías diez años y la cual no respondí.
Decidí hacerte el regalo más hermoso que nadie jamás ha hecho. Te regalo mi vida entera sin condición alguna, para que hagas con ella lo que quieras.
……! Vive hija!………. “Té Amo”.

María José lloro todo el día y toda la noche. Al día siguiente, fue al cementerio y se sentó sobre la tumba de su papá, lloró como nadie lo ha hecho y susurro: “Papi ahora puedo comprender cuanto me amabas, Yo también te amaba aunque nunca te lo dije. Por eso comprendo la importancia de decir TE AMO. Y te pediría perdón por haber guardado silencio “. En ese instante las copas de los árboles se movían suavemente, cayeron algunas flores y una brisa rozó las mejillas de María José. Alzó la mirada al cielo, se levanto y camino a casa.

Los padres igual que las madres también amamos, aunque a veces no sepamos como demostrarlo. Los padres quizás seamos piedra por fuera, pero también corre sangre por nuestro interior, tenemos igual que nuestra pareja, UN CORAZÓN… Un Corazón que sabemos, debajo del traje de la supuesta frialdad que la vida se encarga de hacernos vestir, entregar sin duda y condición alguna a quien amamos. ! FELIZ NAVIDAD A TODOS Y QUE DIOS CUIDE A MIS HIJAS Y A MIS NIETOS!

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