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Opinión: ¡Haz tu parte!, Por Manuel García Tamayo





“Esta crisis materializa el abatimiento de múltiples principios y valores, en una, aún sorprendida Venezuela”.

Cuenta la leyenda que un día hubo un incendio enorme en el bosque. Todos los animales huían despavoridos, pues era un fuego terrible. De pronto, el jaguar vio pasar sobre su cabeza, al colibrí, en dirección contraria, es decir, hacia el fuego. Le extrañó sobremanera, pero no quiso detenerse.

Al rato, lo vio pasar de nuevo en la misma dirección. Pudo observar, este ir y venir, repetidas veces, hasta que decidió preguntarle: ¿Qué haces colibrí?; «Voy al lago», respondió el colibrí. «Tomo agua con el pico y la echo sobre el fuego para apagar el incendio».

El jaguar sonrió y le dijo, «¿Estás loco?»; «¿Crees que vas a conseguir apagarlo tu solo, con tu pequeño pico? «No», respondió el colibrí, «yo sé que solo no puedo, pero ese bosque es mi hogar, me alimenta, me guarece a mí y a mi familia, y le estoy agradecido por eso; yo lo ayudo a crecer, polinizando sus flores. Yo soy parte de él y él es parte de mí. Yo sé que solo, no puedo apagarlo, pero tengo que hacer mi parte».

En ese momento, los espíritus del bosque que escuchaban al colibrí, se sintieron conmovidos por la pequeña ave y su devoción hacia el bosque, y milagrosamente enviaron un fuerte chaparrón, que terminó con el incendio. Las abuelas indias contaban esta historia a sus nietos concluyendo: Si quieres atraer los milagros a tu vida ¡Haz tu parte!

Esta es una sabia y hermosa fábula, de autor desconocido.

Es una que sintetiza nuestra realidad nacional. Es el «gran incendio» que retrata nuestra inmensa crisis; la que nace con una traición sin precedente, a nuestra soberanía e independencia nacional; la que promovió el desamor y la miseria; la que nunca levantó la mano contra la progresiva y creciente ruina de la familia, como columna vertebral de la sociedad y centro de nuestras instituciones; la del vil asalto a principios y valores tradicionales; la que con energía, accionó para que se diera la destrucción paulatina del Estado y el desmontaje de la mayoría de sus instituciones; la quiebra y chatarreo de Pdvsa, Empresas Básicas y la casi totalidad del aparato productivo.

Esta crisis (incendio), materializa el abatimiento de múltiples principios y valores en una, aún sorprendida Venezuela. La misma ha emporcado lo sublime de la «justicia», «la libertad» y «la democracia»; ha envilecido el concepto de «política», «fraternidad» y «humanismo»; terminó de enchiquerar la óptica de lo que significaron los partidos políticos para nuestro país.

La honestidad ha pasado a ser un concepto que reposa adormecido en el diccionario, mientras que la corrupción, en continua parranda, enarbola banderas y amenaza con enlodar a la nación entera.

Hoy, no se tiene idea de cuántos Jaguares, con sus conspicuos «ejércitos» de ciudadanos, abandonaron ya el país; serán ¿5?, ¿6? o ¿7? millones; se marcharon y probablemente, para siempre.

¿Quiénes lo hicieron?: ¿Los mejores?; ¿Los que tenían posibilidades y recursos?; ¿Los temerosos?; ¿Los intrépidos?; ¿Los hambrientos?; ¿Los que poca fe tenían en que pronto, recuperaríamos la democracia?; ¿Los necesitados?; ¿Aquellos que debían ayudar con remesas, a su familia en Venezuela?

Se fue gente con todo tipo de motivación, y seguirán emigrando muchos más. Saldrán en avión, por mar, por río, por carretera, por trochas; como sea, seguirá el éxodo, mientras nademos en miseria.

Venezuela, de seguir por este sendero, continuará encogiéndose, arrugándose, reduciéndose, porque con cada venezolano que se va, emigra la voluntad, la fuerza y la oportunidad; se van los sueños, el futuro y la esperanza.

Con cada jaguar que parte, perdemos energía y luz; cada ciudadano que abandona, achica el jardín y agranda el desierto; nuestra tierra se descompone y se aviva el incendio.

La luna será testigo de estos tiempos, que sólo permite el renacer de la gandulería, el deshonor y la picardía.

¿Y los colibríes? Ellos, los amigos agradecidos, laboriosos y leales, los que con su proceder dan un ejemplo que pocos quieren ver, los que tienen una trascendente y valiente forma de manifestar su amor, aunque menguados en número, son seres que poca agua podrán aportar para sofocar el incendio.

La gran crisis por la que atravesamos, amenaza con «quemar» todo tipo de jardín, incluidos esos pocos en los cuales, aún brotan las flores que nutren a los pocos colibríes.

La honestidad, la integridad, el valor y la dignidad, entre otros, fueron siempre, flores que vinieron a la vida en pequeños oasis y que hoy, ante este gigantesco y voraz incendio, poco resta por salvar.

Venezuela es nuestra tierra y nosotros somos parte de ella. Estamos obligados a realizar el esfuerzo del colibrí, para apagar este gigantesco fuego, con nuestros minúsculos aportes, aún sabiendo cuán ineficaz habrán de ser; pero como decían las abuelas: debemos recurrir a «Pigmalión», quien de tanto oír lo que mucho ansiamos, finalmente, nos lo concederá.

O dicho de otra forma, ¿Será que algún día, los espíritus de las naciones libres y democráticas, despertarán y se decidirán a volcar sobre nuestro incendio, el gran chaparrón.

Mientras eso ocurre,…..¡haz tu parte! ¡Habla, escribe, convence y lucha!

Nota: En el concierto de las naciones, el genocidio, la violación general de DDHH y la producción y tráfico de drogas, deberían ser castigadas, incluso aún, en los casos en que se tenga que violentar los principios de «no intervención» o «libre determinación de los pueblos». De no ser así, ¿Qué objetivos persiguen estas organizaciones internacionales como la OEA, la ONU, etc.?

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