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Opinión: Mojiganga electorera Por Alfredo Cedeño

El cada vez más relegado mataburros, léase Diccionario de la Real Academia, define la palabra mojiganga como una obra teatral muy breve, de carácter cómico, en la que participan figuras ridículas y extravagantes, y que antiguamente se representaba en los entreactos o al finalizar el tercer acto de las comedias. También dice que es una acción burlona o lúdica; y nos informa que era una “fiesta popular en la que se utilizaban disfraces estrafalarios, especialmente de diablos o animales”. Casi que la última acepción viene a calzar con el alboroto en que andan nuestros impresentables políticos. Uno ya no encuentra ni por dónde agarrarlos del asco que suelen dar.

La algarabía de moda está asociada a las elecciones, no hay quién no se dé frenéticos golpes de pecho mientras hace glamorosos llamados a ejercer el sagrado derecho del voto. Desayunan comicios, almuerzan votos, meriendan sufragios, cenan votación y todavía se paran de madrugada a tragarse una urna electoral que estaba por la nevera realenga.  Mientras tanto, como quien no quiere la cosa, los madurólogos, diosdadólogos y demás anestesiólogos de similar tenor, se dedican a hacerse lenguas de las bondades de nuestro sistema electoral. A la par de ellos anuncian profundas fracturas en el ala roja y juran por este puñado de cruces que la procesión interna ya la quisiera La Macarena en Sevilla la próxima Semana Mayor.

La sarna roja, estoy convencido, calla y ríe. En cualquier momento aparecen abrazados el Trucutú de Monagas y el hijo de misia Teresa dando vivas al comandante eterno, y tendrán unos cuantos que meterse la lengua atrás de la oreja. Si algo hay que reconocerle a los chavistas-maduristas-castristas es su honestidad política, ellos siempre han dicho, y siguen haciéndolo, lo que quieren hacer y cómo lo van a hacer. Que nos reviente el cómo lo dicen es harina de otro costal, porque la verdad es que cuando Pedro Carreño regurgita o Iris Varela rebuzna, ni qué decir de cuando Bernal cecea, es revulsivo, pero dicen.

Nuestra Constitución vigente, la de 1999, la Bicha de Chávez, establece que nuestro régimen político no es representativo sino “participativo”; y ellos entienden por tal referendos y otras consultas, pero también movilizaciones masivas, incluidas las de los colectivos, “como formas directas de ejercicio del poder popular” que ha sido dirigido con precisión milimétrica a periodistas, obispos, estudiantes universitarios y miembros de las ONG de derechos humanos. Todo esto ha terminado en un sistema político híbrido en el cual hacen lo que les da su real gana, al amparo de una legitimidad otorgada por la vía electoral. Chávez no ejerció una mera retórica política, siempre fue sincero en sus pretensiones de perpetuarse en el poder y para ello utilizó como principal palanca su revolución mundial contra el imperio estadounidense y el sionismo, abarcando alguna vez el extinto imperio español.

Si hacemos un ejercicio de memoria recordaremos que en el año 2000, ya aprobada la actual Constitución, fueron fulminados todos los miembros del antiguo Consejo Supremo Electoral, electos en 1998 por el desaparecido Congreso Nacional. Vale la pena decir que ese ente había demostrado su capacidad técnica y neutralidad política. Hasta allí llegó la ecuanimidad de ese organismo. Aquellos años fueron de una efervescencia que pudo por momentos escapar al bozal rojo, fueron fundamentales las acciones llevadas a cabo por los gerentes de la industria petrolera, que fueron apoyados por todos los trabajadores del sector y un sólido respaldo nacional. Ello llevó a la crisis de abril de 2002 que fue manejada de forma por demás hábil por parte del difunto. Una de las opciones que comenzaron a barajarse en aquellos días fue la realización del referéndum revocatorio, pero así como hoy, la piedra de tranca era el Consejo Nacional Electoral y su composición, la cual no se podía actualizar por la composición de la Asamblea Nacional. Fue así como luego de varias horas de reunión a puerta cerrada, la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia de Venezuela designó a medianoche, a finales de agosto de 2003, la nueva directiva del Consejo Nacional Electoral.

En aquellos días recuerdo claramente a los honorables miembros de nuestra casta política celebrar dicha designación. Se presentaron toda clase de cuentas y cálculos, todos decían que la directiva quedaba integrada por dos miembros de la oposición: Ezequiel Zamora  y Sobella Mejías, dos del oficialismo: Óscar Battaglini y Jorge Rodríguez, y una figura “independiente”: Francisco Carrasquero… el mismo que, como revela el Diccionario General del Zulia en su volumen I, cuando estudiante tocaba el bongó y cantaba en un grupo musical.

Para ir abreviando, que se nos alarga mucho el cuento, el rector guapachoso mostró su corazoncito, a los pocos días de haber tomado posesión de su cargo, anunciando que las firmas presentadas por la oposición el 20 de agosto de ese año no servían para solicitar un referéndum sobre la continuidad de Chávez en la presidencia. No creo que sea necesario abundar sobre la “independencia” de ese señor. Todos sabemos los resultados de aquella consulta electoral, y pese a las demoledoras evidencias de fraude cometido, y que demostraron en un estudio de María Mercedes Febres Cordero y Bernardo Márquez, publicado en International Statistical Review, órgano divulgativo del International Statistical Institute, fundado en 1885, la organización más antigua y con más prestigio en cuestiones estadísticas en el mundo; nuestra distinguida dirigencia nada dijo. El trabajo de Febres y Márquez estuvo dedicado a detectar anomalías en ese proceso en el que hallaron anormalidades de todo orden y concierto en la data suministrada por el propio Consejo Nacional Electoral. A manera de anécdota debo decir que a finales de 2004 Enrique Naime le exigió a Márquez que le presentara a los culpables del supuesto fraude…

Como dije párrafos antes, la tendencia hoy es elecciones, ese es el ritmo de moda. De nada sirve hablar de las irregularidades que encierra la selección de los futuros rectores electorales entre gallos y medianoche. Los más exaltados ponen de ejemplo a Chile y cómo le ganó a Pinochet en las urnas. O son o nos creen, porque yo quiero saber en qué cabeza cabe pensar que una cúpula militar como la que padecemos, de piernas abiertas a cubanos, chinos y rusos, puede hacer que se respete la voluntad popular. Otros sacan a relucir el triunfo de las elecciones legislativas de 2015 y los 109 diputados logrados en esa ocasión; ¿quién cree que la satrapía se va a dejar ponchar de nuevo? De vaina que nos hablan de la intersección divina por medio de la cual veremos a Maduro, Cilia y Cabello levitando sobre la escalera de El Calvario en beatífica sumisión ante los designios del pueblo soberano. Por lo pronto nos exigen silencio y tener la cédula de identidad en la mano para ir felices a participar en la gran fiesta popular a la que ellos acudirán con sus disfraces estrafalarios, especialmente de diablos o animales.

© Alfredo Cedeño

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