Opinión

Opinión Por Antonio José Monagas: ¿Navidades manchadas …?

Desde que Roma instituyó la Navidad, hace más de dos siglos, su celebración ha sido parte de la vida social del hombre. Aun cuando la Navidad no concuerda con la Biblia. Su origen reside en costumbres y ritos paganos. De hecho, en 2 Corintios 6:17, puede leerse algo que asienta la susodicha consideración: “Salgan de en medio de ellos y apártense dice el Señor. No toquen nada impuro y yo los veré con agrado”. 

Ni los apósteles de Jesús, ni los primeros cristianos, celebraban la Navidad. Jesús sólo mandó que se recordara su muerte. No su nacimiento. (Léase Lucas 22: 19-20). Es por tanto que la Biblia no refiere la Navidad como razón a ser celebrada. Además, no hay prueba de que Jesús hubiese nacido un 25 de Diciembre. Sin embargo, el mundo cristiano celebra la Natividad como expresión de renovación de la esperanza. Valor que sirve el hombre como fundamental puntal de vida. 

Sumado a esto, el libro de Gálatas 4: 4-5 pone de relieve una motivación que exalta la cristiandad en su mejor significado. Escribe Gálatas que al llegar la plenitud de los tiempos, “(…) Dios envió a su hijo quien nació de mujer y para ser quien libertaría de la Ley a todos los que estaban sometidos. Así llegamos a ser hijos de Dios”

De ahí pues que la Biblia invite a emplear la razón como soporte de vida. Lo hace para que sean tomadas aquellas decisiones que mejor proyectan las capacidades y potencialidades que reside en cada ser humano. De esa manera, esta acción busca que cada individuo pueda brindar lo mejor de sí mismo. (Léase Romanos 12: 3-8)

No obstante, lo arriba expuesto no debe desdeñarse de las realidades que en la actualidad se viven como efecto de la crudeza propia de los tiempos presentes. Realidades éstas forjadas por la violencia, el resentimiento, la codicia, la envidia, el odio, el egoísmo, que consumen al hombre en su espiritualidad. Y hasta en la fortaleza que le permite resistir las dificultades que asaltan sus esperanzas. 

El hecho de concebir la Navidad no sólo como razón de celebración cristiana, sino también como conocimiento para festejar el recibimiento de un nuevo tiempo, no es causa para dejar de pensar en la significación que tan pertinente justificación detenta como inspiración para concienciar la vida desde los sentimientos, la fe y los sueños. Todo, por supuesto, desde la perspectiva enmarcada por la dinámica social, política y económica que se vive. Lo cual no invalida la necesidad del hombre por reflexionar de cara a la esperanza que la vida es capaz de ofrecer. 

Y hacerlo ante los problemas que contrastan las realidades de países oprimidos y reprimidos (como Venezuela), lleva a inferir que el tiempo que suscribe la Navidad es exacto para comprender lo que las petulancias, presuntuosidades, fastuosidades y apariencias, intentan ostentar. 

Pero también, reflexionar en torno al concepto de Navidad, adquiere validez para buscar recrearse sanamente en lo que la esencia de la Navidad expresa cada vez que se examina su trascendencia y comprensión en la vida del hombre.

Dos acepciones de la Navidad

Reconocer la Navidad, compromete dos acepciones. Primeramente, su esencia y sus vivencias en lo que desde la esperanza puede lograrse. Y es lo que esta disertación plantea al momento que busca sembrar la reflexión necesaria que termine haciendo ver la siguiente consideración. Y es que entrar en tiempo de Navidad, no implica separar la esperanza que su festejo invita desde su esencia, de las duras realidades por las que los actuales tiempos atraviesan. 

Cabe entonces la segunda acepción que tiene que ver con las vivencias que el individuo puede permitirse en tiempos navideños. Pero sobre todo, en medio de tiempos tan complicados y desconcertados como los actuales. Particularmente, en el contexto de un país que (como Venezuela), se encuentra asediado por los más atroces episodios que pueden caber en la narrativa histórica contemporánea. Episodios que dan cuenta de estar viviendo en un precario remedo de República. En una nación saturada de una polarización que no ha conducido a nada salvo a mayores conflictos. 

Que se vive bajo un régimen que no ha sabido asumir responsabilidad alguna, pues la desvergüenza y la deshonestidad son sus más resueltos criterios de gobierno. Todo esto coadyuvó a que el régimen hiciera de Venezuela un país reducido por la corrupción e inmoralidad. Situación ésta precedida y presidida por un militarismo codicioso, un funcionariado adulón y por acólitos altaneros y mal portados. Un país donde hasta las ilusiones son difíciles de creer. Y más aún, de emular.

Un país donde quienes ejercen el poder, actúan cual desaforados vividores del pueblo. Un país que se ha situado a la espera de la muerte de la memoria. Un país que ha comenzado a vivir de no hacer nada.

Aún así, no por ello debe abolirse la esencia de la Navidad. Aunque las vivencias sean tan duras como el golpe que el asesino procura dar cuando busca exterminar a su víctima de manera fulminante. Sin embargo, siguen habiendo y sobrando razones para preguntarse si acaso estos tiempos de regocijo cristiano, son tiempos para renovar esperanzas. O acaso, a causa de la politiquería dominante y flagelante, han sido ¿Otras navidades manchadas…?

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