Cuando la gente se cansa de escuchar promesas y sigue viviendo con los mismos problemas, termina pasando factura. Eso ocurre en nuestros países y también puede pasar en Alemania, aunque muchas veces imaginemos que allá todo funciona bien.
El avance de Alternativa para Alemania, conocida como AfD, ha provocado reacciones de todo tipo. Algunos celebran porque sienten que los partidos de siempre recibieron su merecido. Otros tienen miedo de que Alemania vuelva a acercarse a las ideas que tanto daño hicieron en el pasado.
Yo no creo que podamos entender lo ocurrido solamente celebrando o asustándonos. Hay que mirar qué siente la gente y, al mismo tiempo, qué propone el partido que está recibiendo sus votos.
El domingo 6 de septiembre de 2026, la AfD consiguió el 43,8 % de los votos en Sajonia-Anhalt, un estado del este alemán con aproximadamente 2,1 millones de habitantes. Obtuvo 39 de los 83 puestos del Parlamento regional. Le faltaron tres para alcanzar la mayoría absoluta.
Es una victoria enorme. Pero ganar una elección tampoco significa tener automáticamente los votos necesarios para gobernar solo.
Este partido nació en 2013, con economistas y profesores universitarios que cuestionaban el euro. Con los años fue cambiando hasta convertirse en una fuerza nacionalista, muy crítica de la inmigración y de los partidos tradicionales. Su crecimiento ya no se limita a una región: tiene peso en la política nacional de la principal economía europea.
Ahora bien, hay cosas que no se pueden esconder debajo de esa victoria.
La rama de la AfD en Sajonia-Anhalt fue clasificada como extremista de derecha por el organismo regional encargado de proteger el orden constitucional. El partido cuestiona esa decisión, pero la clasificación existe.
También han aparecido denuncias sobre personas cercanas a su candidato, Ulrich Siegmund, vinculadas a una organización inspirada en las Juventudes Hitlerianas. Son acusaciones graves que deben aclararse, sin dar por culpable a cualquiera por simple cercanía.
A eso se suma la preocupación por las propuestas de reducir la atención que recibe el pasado nazi en las escuelas. Algunos presentan el recuerdo de aquella tragedia como un supuesto «culto a la culpa».
A mí eso me preocupa. Recordar lo que ocurrió no significa condenar para siempre a las nuevas generaciones. Significa enseñarles hasta dónde puede llegar una sociedad cuando deja de poner límites al odio y al abuso del poder.
Pero reconocer esos peligros tampoco nos permite ignorar las razones del descontento.
Entre las cifras que se han mencionado sobre Sajonia-Anhalt aparecen siete de cada diez votantes preocupados por no poder pagar sus cuentas y apenas un 9 % de aprobación del canciller Friedrich Merz. También se ha descrito al estado como el de menor ingreso promedio del país. Conviene tomar con cuidado esas cifras cuando no se conoce cómo fueron medidas, pero la preocupación económica ocupa un lugar importante en esta discusión.
La industria automotriz alemana, durante tantos años motivo de orgullo, atraviesa dificultades. Se habla de cientos de miles de empleos amenazados en los próximos años. Eso no significa que todos esos despidos ya hayan ocurrido, pero sí explica el miedo de muchas familias.
La energía cuesta, las cuentas llegan y el futuro empieza a sentirse menos seguro.
Pensemos en alguien que lleva veinte años trabajando y de pronto teme quedarse sin empleo. Esa persona llega a su casa, mira lo que tiene que pagar y escucha a los políticos repetir que todo está bajo control. Puede aguantar un tiempo. Lo difícil es pedirle paciencia indefinidamente.
Con la inmigración también se han acumulado tensiones. Una parte de la población siente que los cambios fueron demasiado rápidos y que las dificultades de convivencia e integración no recibieron suficiente atención.
Creo que estos asuntos deben poder hablarse con tranquilidad. No toda preocupación es racismo, pero tampoco se puede convertir a todos los inmigrantes en culpables de lo que funciona mal. Para eso están los gobiernos: para organizar, escuchar y resolver.
El problema llega cuando los dirigentes prefieren evitar una conversación incómoda. Lo que no se atiende no desaparece. Se acumula hasta que alguien lo convierte en una bandera electoral.
Entonces aparece un partido que habla fuerte, desafía a los de siempre y promete cambiarlo todo. Una parte de la gente termina apoyándolo porque siente que ya probó las otras opciones.
No pienso que todos los votantes de la AfD tengan las mismas ideas ni que se hayan vuelto nazis de un día para otro. En muchos casos hay rabia, cansancio y deseo de castigar a quienes gobernaron.
Eso no elimina la responsabilidad de votar. Pero ayuda a entenderla.
En Latinoamérica conocemos bien esa historia. Grupos políticos que pasan veinte o treinta años repartiéndose el poder, prometiendo soluciones y alejándose de la vida de la gente. Hasta que aparece alguien que dice lo que muchos querían escuchar y se presenta como la única salida.
Los casos de Nayib Bukele en El Salvador y Javier Milei en Argentina muestran, cada uno a su manera, la fuerza que puede tener el rechazo a la política tradicional. Son proyectos distintos y no los estoy igualando con la AfD. Lo que encuentro parecido es el cansancio que abre espacio a una figura que promete romper con lo anterior.
Cuando una persona deja de confiar en el sistema, puede terminar eligiendo a quien promete sacudirlo, aunque todavía no sepa bien qué vendrá después.
Por eso me parece un error quedarse solamente con la celebración o con el miedo.
Los partidos tradicionales tienen que responder por lo que hicieron y por lo que dejaron de hacer. La AfD también tiene que responder por sus propuestas, sus integrantes y sus relaciones. Una cosa no borra la otra.
Que los anteriores hayan fracasado no garantiza que los nuevos vayan a hacerlo bien. Y que una opción despierte preocupación no significa que podamos despreciar los problemas de quienes votaron por ella.
Alemania está mostrando una mezcla de inseguridad económica, cansancio político y temor al futuro. Esa mezcla merece atención.
Sin embargo, hay otra parte de esta historia. Mientras los europeos discuten entre ellos, alguien fuera de Europa puede estar sacando provecho de sus divisiones.
Ahí aparece Vladimir Putin.
Porque antes de aplaudir a quienes dicen defender su país por encima de todo, también vale la pena mirar con quién se entienden, de dónde viene su dinero y qué intereses pueden acompañarlos.
De eso trata la segunda parte.
Juan Carlos Lozano
Caiga Quien Caiga
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