Durante buena parte del siglo veinte, la teoría democrática asumió un votante que compara programas, analiza promesas y decide en función de un cálculo, aunque fuera imperfecto, sobre su propio interés. Esa imagen, heredera del modelo económico de elección racional, sigue habitando los manuales de ciencia política, pero cada vez explica menos de lo que ocurre en una campaña real. Lo que hoy decide elecciones no es el mejor programa de gobierno, sino el relato que logra instalarse como marco de interpretación de la realidad antes de que la discusión sobre políticas siquiera comience.
George Lakoff fue de los primeros en formalizar esta intuición al mostrar que los marcos cognitivos preceden a la evaluación racional de cualquier propuesta: el elector no procesa datos en el vacío, sino que los filtra a través de una estructura narrativa previa que determina qué información resulta siquiera admisible. Christian Salmon, por su parte, documentó cómo las democracias contemporáneas adoptaron las técnicas de la narración de ficción para gobernar la percepción pública, al punto de que el relato dejó de acompañar la acción política para convertirse en su sustituto. Y Carlos Fara, desde la consultoría electoral latinoamericana, aportó una distinción indispensable para el terreno regional: la de una campaña aérea, la de los grandes símbolos y relatos que se difunden por los medios masivos, y una campaña terrestre, la del contacto directo y el trabajo territorial, cuya sincronización bajo un mismo relato maestro es hoy la variable que más pesa en el resultado final.
La pregunta que estos tres marcos dejan abierta, y que conviene formular sin rodeos, es si el dominio narrativo ha sustituido por completo al programa como criterio de decisión, o si más bien coexisten en una tensión todavía manejable. La evidencia reciente empuja hacia la primera hipótesis. En procesos electorales tan distintos entre sí como los de Argentina, Brasil, Estados Unidos o varios países europeos, los equipos de campaña más exitosos no fueron necesariamente los que ofrecieron el diagnóstico económico más sólido, sino los que lograron imponer una metáfora capaz de organizar toda la conversación pública: el outsider contra la casta, el orden contra el caos, la restauración contra la decadencia. Una vez instalada esa metáfora, cualquier propuesta concreta se evalúa no por su mérito técnico sino por su coherencia con el relato que ya ganó la batalla simbólica.
Llamar a esto una “guerra fría dos punto cero” es porque la original trata de una confrontación que evita el enfrentamiento directo y desplaza la disputa hacia un terreno donde la victoria se mide en percepción y no en territorio. La diferencia es que el campo de batalla ya no son las esferas de influencia geopolítica, sino la arquitectura mental del elector, y las armas no son misiles ni embargos, sino relatos maestros diseñados para instalarse antes que cualquier argumento opuesto y para volver casi imposible el ingreso de información que los contradiga. En ese sentido, la disciplina narrativa cumple hoy una función equivalente a la disuasión nuclear de entonces: no se trata de convencer en cada intercambio puntual, sino de ocupar el terreno simbólico de manera tan completa que el adversario quede, de entrada, jugando en una cancha ajena.
El problema no es menor para la calidad democrática. Si el relato reemplaza al programa como criterio de evaluación, el mandato que un gobierno recibe al ganar una elección se vuelve extraordinariamente difuso: se gobierna en nombre de una emoción colectiva y no de un conjunto verificable de compromisos, lo que dificulta enormemente la rendición de cuentas posterior.
Un electorado que vota historias antes que políticas públicas pierde, además, buena parte de su capacidad de sanción retrospectiva, porque el relato tiende a autoinmunizarse frente al fracaso de gestión reinterpretando cualquier resultado adverso como una confirmación adicional del propio marco narrativo, nunca como su refutación.
Esto no significa que el programa haya desaparecido del todo, ni que toda narrativa sea manipulación pura. Significa, más bien, que la ciencia política necesita actualizar su unidad de análisis: dejar de preguntarse únicamente qué propone un candidato para preguntarse, con el mismo rigor, qué historia está contando, qué marco cognitivo activa y qué le exige al elector creer antes de escuchar cualquier propuesta concreta. Ignorar esa dimensión no vuelve más racional el análisis electoral; simplemente lo vuelve incompleto frente a una disputa que, guste o no, ya se libra sobre todo en el terreno del relato.
Politólogo, Jesús Castillo Molleda
www.jesuscastillomolleda.com
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