Es algo imposible. Nada podemos hacer. Después de haber sacado a Maduro y a Cilia Flores del poder, después de la alegría inicial de habernos liberado del dictador, después de habérsele endosado el premio Nóbel de la Paz, entonces, Trump derivó en lo que ha sido desde entonces, no solo para Venezuela, sino para el mundo: una desgracia vital, al cerrar ese día que comenzó de manera casi gloriosa, deteniendo y llevando a la cárcel al dictador, contrariamente a lo que todo el país deseaba, dejó la dictadura y le puso un muro a la democracia.
¿La razón?, ya la saben, lo hemos escrito tanto, el país no puede convertirse en un caos que lo conduciría a una situación similar a Irak y, acto seguido, nos sorprendió a todos construyendo un relato amoroso y florido sobre Delcy Rodríguez protagonista hoy de una de las revisiones más sorprendentes del relato oficial que se había impuesto bajo un concepto nunca aclarado: “el socialismo del siglo XXI”, pues su autor, Heinz Dietrich, como tantos otros, se había distanciado de Chávez, después que este metió en la cárcel a quien lo había vuelto a traer al poder: el Gral Raúl Isaías Baduel.
Efectivamente, los Rodríguez (en realidad ellos son una unidad), después de masajear una y otra vez categorías como imperialismo, capitalismo, clases sociales, luchas de clases, revolución, el hombre nuevo, socialismo (con seguridad más de un ucevista escuchó a Jorge Rodríguez y a su hermana gritar, en alguna manifestación en “Las tres gracias”: “¡El sooociaaaaliiiisssmo se conquiiiiista peleeeaaaando!”), hoy han hecho un giro tan grande que uno de sus problemas a resolver, tan importante como la de administrar el tutelaje que Trump le asignó, es que carajo se debe hacer con “la momia” que tienen encerrado en un sarcófago en el Cuartel de la Montaña.
Hoy el régimen, paradoja mediante, han convertido al país en una colonia sumisa y obediente al imperialismo del que decían detestar y que fue una clave retórica de su narrativa durante más de veinte años. Ahora, estamos frente a una rara transición: del socialismo del siglo XXI al colonialismo del siglo XXI.
Aquí a manera de confesión vergonzosa, desahogo una debilidad insoportable en mi condición de sociólogo, confieso que no hay momento en el que mi disgusto e indignación (quien me lo iba decir que hago referencia a “sentimientos morales” para juzgar a un actor político) es mayor, bueno, qué digo disgusto e indignación, es algo más intenso ( no sé que nombre darle a tal sentimiento) dirigido contra Trump con alcance al “Rodrigato”, cada vez que le escucho hablar de lo bien que le está yendo con el petróleo venezolano, con la cantidad de dinero que está ganando y que los venezolanos, aun en medio de una tragedia que ha destruido al estado Vargas, dejando miles de muertes, están bailando en las calles del país de un contento que para que les cuento y remata con aquello de que Estados Unidos es el país con la mayor reserva de petróleo en el mundo pues ha sumado a ella las reservas del petróleo de Venezuela mientras, los Rodríguez hacen lo que se les ordena y a María Corina Machado la deporta de su propio país.
Pues bien, todo ello dicho con la irresponsabilidad de quien se cree dueño del planeta, me produce agrura y me revienta la hernia discal.
De verdad, no soy de los que confunde moral con política y no soy tan pretensioso como para citar Hume para hablar de la “crueldad, lo asqueroso y lo despreciable, cuando se es servil con los de arriba y cruel con los de abajo”, pero justamente, ese es el juicio sobre ambos actores, de lo que no he podido desembarazarme. Perdón por eso.
Es bueno agregar, que lamentablemente, algunos están dispuestos soportar esa situación y se salivan copiosamente de emoción de pensar en la posibilidad de que el país se convierta en el estado 51 de la Unión Americana (que informalmente eso es lo que está operando) y se ven así mismos cantando con la mano en el corazón, el “God Bless América”.
Los terremotos han provocado una tragedia acompañada de un dolor que será difícil superar y muchos analistas consideran que la transición se coloca en una especie de limbo. Yo creo que esa aseveración que se pretende justificar por la desmesura de los estropicios provocados por los terremotos, lo que realmente, ha puesto en evidencia es la urgencia del cambio político. Los terremotos mostraron a un régimen paralizado que ha evadido su responsabilidad política y humanitaria de atenderla y en la que careció de iniciativa y capacidad para ello.
Por su puesto, el régimen ya elabora una narrativa donde se auto coloca frente a la catástrofe en la misma hora cero, nos dice que siempre estuvieron y están allí, que el glorioso ejército libertador ha cumplido una vez más como si se tratara de una nueva batalla de Carabobo, bla bla bla. Todo ello a espaldas de los cientos de testimonios de las victimas del desastre para, terminar diciendo, que todo lo que se ha dicho, sobre su ausencia y el posterior retardo de su presencia son mentiras fabricadas en laboratorios mediáticos ( aquí se nota que le falta la muletilla usada desde las tempranas horas de 1999, esa que reza que todo está fabricado por “la derecha lacaya” del imperio norteamericano, demostración, ahora, de que los lacayos son otros).
El caso es que lejos de considerar que este momento reclama que la transición, la última fase del proyecto Rubio-Trump, quedará suspendida hasta que el país pueda recuperarse, es todo lo contrario y que entre la acumulación de urgencias y prioridades una de las que más destaca es la reestructuración del sistema político-institucional, cuestión que solo se puede hacer mediante un cambio verdadero que conduzca al país a la democracia.
La lucha política en Venezuela no es cualquier lucha. Es una lucha por el orden: del orden autoritario y dictatorial (encabezado por los hermanos Rodríguez y la administración Trump) contra el orden democrático (encabezado por las fuerzas opositoras democráticas, lideradas por María Corina Machado).
Es una lucha que se presenta en el seno de una “arena política institucionalmente destruida”, pero, los terremotos, más allá de la devastación que han producido ha revelado un hecho que se había perdido de vista, esto es la recomposición de un actor-objeto que ha devenido en sujeto político, que, hasta ahora, ha sido infravalorado por las instituciones que formalmente asumen el monopolio de la práctica política: se trata de la gente.
Ese es un factor fundamental que durante una parte de nuestra historia se le ha utilizado interpelándola como simple masa de maniobra de los monopolizadores de la política. Hoy la gente ha mostrado su fuerza y su presencia y ha resuelto “ser”. Es ella la que puede desplazar este proceso, (que no puede definirse como “transición” y que solo se ha dedicado a perfilar los negocios petroleros y mineros y a atornillar en el poder a los mismos mandos de la dictadura) al terreno de la democracia y su recuperación.
Creo que eso es posible. Y termino con la misma idea de mi nota anterior: María Corina Machado debe tomar la decisión de regresar sin esperar el “place” de Trump, pues de lo contrario la veremos convertido en una paria. Eso sería lamentable para ella, pero sobre todo para el país.
*Nota: el título de esta nota la tomo, parafraseando, el titulo de un articulo de José Ignacio Cabrujas: “De cómo hacer para que la literatura repugne” publicado en El Nacional (16 de junio de 1992)
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