Recuerda seguirnos en nuestra CUENTA DE WHATSAPP
Tras el reciente quiebre histórico que removió los cimientos del sistema autoritario en Venezuela, el país se encuentra en una encrucijada decisiva. Lo que hoy vivimos no es solo un cambio de nombres en el poder, sino el inicio de una reconstrucción institucional que requiere, por encima de todo, honestidad intelectual, transparencia y una modernización profunda de la administración pública. Es momento de analizar la realidad con crudeza, superando posturas que durante años antepusieron intereses geopolíticos o cálculos partidistas al bienestar del ciudadano de a pie.
La primera fase de esta transición nos obliga a una mirada pragmática sobre el tablero internacional. Si bien es justo reconocer el papel determinante de los esfuerzos y presiones externas —que mucho han aportado para hacer posible este proceso—, debemos evitar caer en el error del pasado: esperar que la solución sea importada en su totalidad. Una transición sólida debe ser parida desde el seno de la sociedad venezolana. La salida no puede recaer exclusivamente en la voluntad de potencias extranjeras, sino en nuestra capacidad de articular una ciudadanía consciente, organizada y capaz de tutelar su propio destino institucional.
En este nuevo escenario, es imperativo realizar una autocrítica profunda sobre las estrategias que nos trajeron hasta aquí. Durante demasiado tiempo, la narrativa de la abstención fue presentada como la única vía de «dignidad», pero el tiempo ha demostrado ser un juez implacable. Cabe cuestionar si la insistencia en abandonar la ruta electoral, muchas veces condicionada por cálculos de liderazgos particulares, no significó en realidad un debilitamiento sistemático de nuestras propias fuerzas.
Aquí surge la pregunta que muchos han preferido callar por temor al señalamiento o por no incomodar a las cúpulas: ¿cuál es la verdadera intención de abandonar la contienda electoral? ¿Se evita convalidar un sistema o, por el contrario, se le entrega el terreno libre al adversario para que gobierne sin contrapesos?
No es un tema menor. Debemos aprender a distinguir con precisión matemática: no es lo mismo perder un espacio que cederlo. Se pierde un espacio cuando, tras una lucha democrática y una movilización masiva, el voto no favorece o el sistema lo arrebata; pero se cede un espacio cuando, por estrategia u omisión, decidimos no presentarnos. Al ceder, no solo se pierde una oficina o una silla en un parlamento; se pierde el altavoz de la gente, se pierde la capacidad de fiscalizar y se abandona a los ciudadanos que no tienen más armas que su confianza en sus representantes. Consideramos que, en muchas ocasiones, ha sido un error abandonar la contienda, como sucedió dramáticamente en las parlamentarias de 2005.
Bajo esta óptica, la participación de diversos sectores en las contiendas pasadas —incluyendo a esos diputados que fueron duramente criticados por no acatar el llamado al vacío— merece una reflexión desapasionada. Más allá de los calificativos, surge la interrogante: ¿fueron esos espacios, aunque minoritarios y asediados, los únicos reductos de voz institucional que quedaron en pie? ¿Sirvieron para mantener viva una chispa de debate cuando el resto del país estaba en silencio?
Desde el 22 de octubre de 2023, el país entero siguió las huellas que los tacones fueron dejando. No juzgamos el accionar de quienes participaron en el pasado proceso electoral parlamentario; quizá, para ellos, abstenerse era simplemente repetir una decisión que en el pasado ya había fallado. Resulta contradictorio que, con el mismo CNE que nos impuso autoridades por la vía del fraude, hayamos decidido participar en la elección siguiente según soplara el viento político.
Donde hemos demostrado ser más fuertes es cuando nos unimos sin banderas, colores ni consignas, bajo el único grito de libertad. En estos más de 27 años de mal gobierno, desidia y destrucción, todos, en algún momento, hemos cometido errores y tomado malas decisiones políticas. Es hora de pasar la página. Es hora de abrir los brazos hacia la reconciliación, pero entendiendo que no puede haber tal reconciliación sin antes perdonarnos «dentro de casa», en lo interno. Ha llegado la hora de sumar esfuerzos y ser una sola voz.
Este planteamiento no busca abrir viejas heridas. Al contrario, es un llamado a la reconciliación estratégica. Venezuela necesita que todos sus sectores entiendan que la política consiste en la ocupación de espacios. El objetivo inmediato debe ser el rescate de la institucionalidad, del Estado de derecho y el compromiso de no volver a entregar los espacios cedidos. Solo a través de una ruta electoral coherente, que apunte a la renovación total de los poderes —empezando por una presidencia legitimada en elecciones libres, secretas, universales y directas— podremos devolverle al país la normalidad y la paz. La historia no perdona los vacíos; es hora de que los venezolanos volvamos a llenarlos todos.
Recuerda seguirnos en nuestra CUENTA DE WHATSAPP


Comment here