Desde hace tiempo se comenta que en nuestro país la libertad está muy limitada y que en forma constante se violan las leyes. ¿Existe libertad sin ley? ¿O puede la ley convertirse en la mayor enemiga de la libertad? En el debate suele afirmarse que la libertad ha desaparecido y que la ley se viola de manera sistemática.
Sin embargo, para entender la raíz del problema, debemos mirar un poco más de cerca la relación entre estos dos conceptos. La ley en una democracia sana, no existe para complacer al poder, sino para limitarlo. Su función principal es proteger al ciudadano común frente a los abusos y garantizar un marco donde todos sepamos a qué atenernos.
Cuando la ley se aplica de forma selectiva, deja de ser un instrumento de Justicia y se convierte en una herramienta de control. La verdadera libertad no es hacer lo que nos dé la gana, sino poder actuar sin temor a la arbitrariedad. La libertad garantiza el respeto por la voluntad individual e implica que cada uno debe hacerse responsable de sus actos.
Se conoce como libertinaje a la libertad absoluta, lo cual lleva inevitablemente al descontrol social.
En pocas palabras, debemos actuar acatando las leyes las cuales deben ser aplicadas de forma justa e imparcial; y no debemos, resignarnos a que la ley sea opcional para unos y restrictiva para otros. Para hablar de un futuro próspero, el primer paso es rescatar el valor del Estado de Derecho.
No hay libertad económica, civil ni personal duradera si no hay reglas claras que se respeten por igual. La libertad sin ley es anarquía.
La ley sin libertad es tiranía. Recuperar la libertad no es solo un deseo político; es un compromiso ciudadano con el respeto a la norma, la exigencia de Justicia y la defensa de la dignidad humana.
En resumen, la Ley, el Derecho y la Justicia son nociones que tienen íntimas conexiones con la libertad.
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