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Venezuela, la imposibilidad comparativa Opinión por Jesús Fontan

Bancamiga

Hace un par de días, el Dr. Carlos Blanco publicaba un artículo en el cual se preguntaba si este régimen se parecía más a la Panamá de Noriega o a la Cuba de Fidel. La pregunta, más que un intento por tratar de encontrar certidumbre en la historia, se nos presenta como esfuerzo para motivar la comprensión, pues no es fácil aproximarse a la definición del régimen sin prejuicios ni preconcepciones.

En los últimos 20 años, los hechos parecen habernos mostrado que los intentos por definir al chavismo desde concepciones dictatoriales o tiránicas siempre resultan insuficientes, pues este régimen no se agota en esas categorías, al contrario, las desborda constantemente al agregar otras dimensiones que no son políticas.

El chavismo, que en sus inicios se presentó como un proyecto político, en su desarrollo se comportó más como un proceso orientado a la toma del poder, la desintegración del sistema político y el mantenimiento del poder bajo un régimen distinto al democrático. En este sentido, quizás sea útil pensar al chavismo en tres momentos: (i) un momento político-ideológico, entre los años 1999-2007, en el que se hizo de la democracia para destruirla; (ii) un momento político-institucional, entre los años 2008 y 2013, en el que consolidó todos los poderes y se aseguró que ninguno pudiese operar en su contra; y (iii) un momento criminal, a partir del 2013, en el que consolidó la violencia como fundamento de su accionar y que le permitió disolver todas las formas reales de relación en lo político y en lo social que podíamos conservar de nuestro período histórico democrático.

Es a partir de ese tercer momento, cuando la violencia -que es argumento y fundamento en la totalidad de nuestro entorno nacional- aleja al régimen de la posibilidad comparativa con la Panamá de Noriega o de la Cuba de Fidel. Es decir, la violencia que antes había estado administrada por el liderazgo chavista, es ahora trascendencia a la particularidad de la voluntad un individuo, o de un grupo, y se convierte en una forma que define y moldea a todos los actores que buscan y detentan el poder, especialmente a aquellos que tienen mayor capacidad de desplegarla.

Ese ascenso medio-forma que tuvo la violencia alteró las concepciones y significaciones políticas para aspirar o detentar el poder en Venezuela, las cuales parecen haberse sintetizado ahora en la sola capacidad que tenga un sujeto (individual o colectivo) para desplegar la violencia pura, usando en ello un discurso de crueldad que se manifiesta no sólo en lo retórico, sino también en lo simbólico.

Resulta difícil entender lo anterior, si se cree que existe en Venezuela vestigios del Estado de Derecho, donde la ley existe precisamente para impedir esa violencia arbitraria. La impunidad fue una política de Estado desde el primer momento del proceso chavista, su dispersión hizo posible la sustitución de ley judicial por la ley criminal, y con ello, el monopolio de la violencia legítima se desintegró junto con el Estado.

Ahora la única contención de la violencia es la propia violencia. Es decir, hemos regresado al estado de naturaleza que se despliega dentro de la ilusión del Estado-Nación a la que sin sentido nos aferramos. Para lo único que sirve en Venezuela la noción de Estado, es para el arreglo organizativo de los espacios de poder, pues éste es a su vez interpelado por la necesidad de mantener esa ilusión dentro del espacio geopolítico de Occidente.

Como el Estado es una ilusión, resultará útil comprender que existe un poder fáctico que domina en las sombras; un poder que no es de “uno”, sino de “unos” y cuyo lugar está vacío, es decir, no le pertenece a nadie de forma permanente, sino sólo contingente. Esta paradoja, es lo que permite la existencia del régimen más allá de sus actores.

Este poder en las sombras tiene como correlato al crimen organizado, que en este contexto es quien ofrece la simbología y los medios dominantes: corrupción, violencia o muerte. De allí que todo intento de Occidente en contra del régimen, que evada el uso de la fuerza y privilegie los medios institucionales de la política, fracasará; pues siempre la contraparte que se oponga al régimen instaurado o es corrompida, o es reducida (expulsada de la posibilidad de la contienda política) o es neutralizada. Ello en medio de un ambiente en que la ausencia de principios morales se disfraza de pragmatismo, sobre todo en el plano político.

La toma del poder en el primer momento del chavismo permitió que la impunidad se dispersara; el segundo momento permitió que la violencia surgiera; y el tercer momento sustituyó el Estado por el crimen organizado y es aquí donde se reitera el hecho de que la Panamá de Noriega y la Cuba de Fidel no son comparables con Venezuela.

La lógica del crimen organizado siempre gira en torno a muerte. La persona que vive bajo el régimen, por más cotidiana que se le haga en esta Venezuela, ve la muerte como algo lejano, la reconoce como algo que le es ajeno a su vivir. En cambio, el que forma parte del régimen la ve con horror y con miedo, porque reconoce en ella la violencia que le es familiar, que le es suya y a la que pertenece en su cotidianidad.

Sin embargo, la muerte dentro de la lógica criminal no es un final, sino una forma en la que el poder fáctico se despliega tanto en el espacio de la política, como en el hecho criminal. Y por ser ella una forma, logra sintetizar la lógica política y la criminal en una sola que es la usada por el sujeto que actúa en sus límites. Es decir, al político que corrompe lo convierte en criminal y al criminal afín lo convierte en político, con lo cual los espacios de la acción política y criminal, que antes estaban separados, se convierten en uno solo indivisible.

Al borrar la indiferenciación de lo político y lo criminal, el régimen se vuelve incomparable con otros regímenes políticos. No sólo por lo que se conjuga dentro de la categoría criminal, sino también por la trascendencia que las formas, principios y valores que se vinculan a dicha categoría logran alcanzar dentro de la totalidad.

De ahí el uso de la categoría “Ecosistema criminal”, la cual ayuda a explicar esa trascendencia de las formas que no sólo priorizan un modo de ser particular, sino también contribuyen a reproducirlo de forma indefinida sin importar los actores.

Es por esa razón que, al menos desde mi perspectiva, Venezuela no puede ser comparada con dictaduras ni autoritarismo que de algún modo mantienen separadas las esferas política y criminal, aunque se considere la interacción de ellas entre sí. El problema comparativo no está en la interacción de lo político con lo criminal (como pasa en regímenes dictatoriales y tiránicos), el problema está en que su fusión no tiene precedente en Occidente. Muchos lo intentaron de forma individual, como Pablo Escobar en Colombia; otros de forma colectiva, como los distintos carteles que convirtieron a México en la aproximación más cercana a Venezuela, pero lo cierto es que ninguno a logrado fusionarse en un “Ecosistema criminal”.

Prescindir de esta consideración, hace que los análisis que suprimen esta forma de entender el poder y de organizar la mafia en torno a él, se piensen realizables; y por tanto se acepte como opción viable considerar primero la existencia de una coalición dominante, que luego permita justificar la necesidad de plantearle incentivos para que retire su apoyo al poder dictatorial o tiránico. Lo cual conduciría al final del régimen.

El problema que planteo, es que el poder no se articula en torno a una coalición dominante que es visible (y menos cuando el poder fáctico opera en las sombras). El poder es un lugar vacío, lo que permite la sustitución a bajo costo de los grupos dominantes (según el arreglo mafioso) cuando estos se debilitan y no pueden ejercer la violencia que el ecosistema requiere.

El principio fundamental de este poder es la violencia y su correlato es el miedo, de ahí que la traición entre quienes hacen de la violencia su cotidianidad es casi impensable. Generalmente el miedo a traicionar es más fuerte que el miedo a morir, pues la traición igual trae consigo la muerte, sólo que de la forma violenta con que la mafia aplica su ley.

No somos la Panamá de Noriega porque aquí la criminalidad dejó de ser un medio al servicio del poder y se transformó en la forma de ser del poder; tampoco somos la Cuba de Fidel, porque aquí la ideología no es más que una fachada retórica de la transformación de un hecho político en uno criminal.

Somos la Venezuela del chavismo, la del totalitarismo que no despliega -aún- todo el potencial del que es capaz, la del terror, la de la violencia barbárica, la de la organización criminal que ha podido evolucionar en una corporación al servicio de criminales y terroristas de alcance mundial. Somos la Venezuela de algo que no terminamos de comprender, de una irrupción erosiva dentro del sistema democrático, no sólo local ni regional, sino mundial. Somos la Venezuela que sustituyó un “ecosistema democrático” por un “ecosistema criminal”.

Comments (9)

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