Opinión

Verdugos de oficio Por Antonio José Monagas

A decir por lo que las realidades describen, la situación del país es traumática y vergonzosa. Dejó de ser crisis, para convertirse en “emergencia humanitaria”. Pero en el fondo es una crasa pesadilla. Pareciera que Venezuela fuera un laboratorio de ciencias fácticas cuyo mayor experimento en desarrollo, no corrió con la suerte que sus cuentistas le auguraron hace más de dos décadas. 

El llamado Socialismo del Siglo XXI, resultó ser la estafa política, social y económica de mayor investidura delincuencial registrada por la historia política contemporánea venezolana. Y es que, a pesar de lo establecido por la Constitución de la República en su artículo 6º, el gobierno nacional “es y será siempre democrático (…)”. Asimismo, las entidades políticas que lo acompañan, El juego revolucionario terminó demoliendo buena parte de la estructura institucional sobre la cual esa misma Carta Magna planteó la construcción de “una sociedad democrática, participativa, y protagónica (…)”

Ahora el país se halla sumergido en medio de un lodazal de cuyo fondo costará salir puesto que el autismo del régimen atoró la funcionalidad de la administración pública hasta llevarla a un infeliz estado de postración. 

Las pocas veces que el Ejecutivo Nacional ha podido evitar tal grado de extenuación, es porque ha reaccionado espasmódica y tardíamente ante problemas de efecto neurálgico. Cualquier otro tipo de dificultades, las ha encarado tan fríamente, que, lejos de superar el incidente en cuestión, sus decisiones han acentuado el matiz de las inconveniencias devenidas en consecuencias. Así, la profunda crisis que sumió a Venezuela en la peor de las tragedias registradas económica, social y políticamente.

Sin embargo la intransigencia e intolerancia del gobernante y sus colaboradores, fungieron como el factor que mayormente ha servido para situar al país en un grave estado de desconcierto y desesperación por cuyos efectos mediatizaron compromisos y menguaron esfuerzos. En medio de este caos inducido por la sordidez de la dirigencia política, en todas sus manifestaciones, se desarreglaron las directrices que, alguna vez, fijaron un proyecto (histórico) de país. Éste, dirigido a articular la esencia de la nacionalidad con las capacidades y potencialidades de venezolanos resteados con las esperanzas capaces de impulsar el futuro que bien merece el país.

Fue así que a instancia de los intereses de quienes asumieron el papel de gobernantes a partir de 1999, se dedicaron sólo a atender pretensiones político-ideológicas. La opinión de algunos personajes del oficialismo, confundieron las realidades. Las vieron como la ruta que llevaría al codiciado botín pensado. Así, confiaron en el populismo como modelo político que apelaba al pueblo para erigir el poder suficiente y necesario a los fines de justificar toda medida o política pública a tomar. Estos gobernantes, se disfrazaron de “redentores de los humildes”. Se valieron de tan manida presunción para infundir en la población una imagen de que ellos serían los “salvadores de la patria”.

Por tanto, elaboraron discursos que animaran voluntades a actuar como factores de apoyo y resguardo al proyecto político que había venido maquinándose. Tanto así, que llegaron a hacer creer que ellos no actuarían como gobierno, sino  como expresión de un proyecto político. 

De ese modo, se exacerbó la crisis político-social y político-económica que enzarzó al país en medio de la más cruda maraña. Todo este tiempo esos personajes que se habían arrogado ínfulas de “salvadores y redentores” demostraron incoherencia e ignorancia en medio de las medidas sancionadas desde el poder. Hicieron ver al venezolano que el Poder Legislativo no es un Poder Público tan autónomo como los demás.

Una lectura política transcurridas más de dos décadas, contadas desde 1999, llevan a inferir que el derrumbamiento provocado por los desafueros de la gestión pública pretendida, fue resultado de ser, “(…) cualquier cosa menos un gobierno”. Así lo manifestó, el periodista César Miguel Rondón. 

Cabe concluir que el actual régimen político, ha servido para afianzar distorsiones que además de debilitar posibilidades de desarrollo nacional, ha fraguado una crisis de identidad que trastocó valores trascendentales que pervirtieron la moral pública y la ética social. Por eso, dicho régimen buscó apoyarse en el quehacer de quienes en política actúan y viven como verdugos de oficio.

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