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«Cajón de Sastre» Leandro Hassum: «Perdoné a mi padre, pero antes tuve que aprender a perdonarme a mí mismo» Por José Luis Ortiz Güell

Una conversación íntima con el hombre que ríe para no llorar, que perdió 65 kilos y ganó una vida, y que descubrió a los 21 años que todo lo que sabía era una mentira.

Hay comediantes que nacen para hacer reír. Y hay comediantes que aprenden a hacer reír porque, en el fondo, saben demasiado bien lo que duele llorar. Leandro Hassum es de esos segundos. Y quizá por eso, cuando ríe, el mundo ríe con él. Pero cuando habla en serio, el silencio se vuelve sagrado.

Nos encontramos en un café discreto de São Paulo. Hassum llega puntual, con esa sonrisa amplia que todos conocemos, pero hay algo diferente en sus ojos. Una profundidad que no sale en las cámaras. Pide un agua, sin hielo, y se ríe de sí mismo: «¿Ves? Hasta en esto cambié. Antes pedía un refresco y dos pasteles. La vida, amigo, es una constante reinvención.»

1- Empecemos por el principio. No por el del actor, sino por el del niño. ¿Quién fue Leandro Hassum antes de ser Leandro Hassum?

Fui un niño que creyó en una historia que no era verdad. Durante 21 años, mi padre fue un héroe para mí. Un hombre trabajador, presente. Yo vivía en una burbuja de confort, sin saber que esa burbuja estaba construida sobre arena movediza. A los 21 años,  recibí la más dura noticia: papá había sido arrestado por la policía federal. Tráfico de armas y drogas. Conexión con la mafia italiana.

2- ¿Recuerda ese momento exacto?

 Como si fuera ayer. Ese día, mi vida se partió en dos. Un antes y un después. Recuerdo haber dicho: «Fue un corte en mi vida, 21 años de mentiras. Pasé de 100 a 0 como si hubiera chocado contra un muro de frente, en un segundo». Todo se derrumbó: la imagen de mi padre, la seguridad económica, mi identidad. De la noche a la mañana, todos los bienes de la familia fueron bloqueados por la Justicia. Pasé de tener todo a no tener nada.

3- ¿Y qué hace un joven de 21 años, acostumbrado a una vida cómoda, cuando de repente no tiene nada?

 Vende salgados en la puerta de un teatro. Así de simple y así de brutal. Yo, que nunca había tenido que preocuparme por el dinero, me vi haciendo pastelitos para sobrevivir. Era mi única habilidad en ese momento. Pero, ¿sabes qué? Fue ahí donde entendí algo que ningún libro me había enseñado: la dignidad no está en lo que tienes, sino en lo que haces con lo que te queda.

4-Su padre estuvo preso 11 años y falleció en 2014. ¿Llegaron a reconciliarse?

Sí. Y fue el momento más difícil y más hermoso de mi vida. Un día, ya después de todo, me senté frente a él y le dije: «Padre, te perdono. Porque incluso en el error, me mostraste el hombre que no quiero ser». Fue mi forma de cerrar un ciclo. No para absolverlo, sino para liberarme a mí mismo. El perdón, ¿sabes? No es para el otro. Es para uno. Yo necesitaba perdonarlo para poder seguir adelante. Pero antes de perdonarlo a él, tuve que aprender a perdonarme a mí por haber vivido una mentira durante tantos años. Hoy ese tema sigue siendo el centro de mi terapia. Las heridas de la infancia no sanan con el tiempo; sanan con trabajo.

5-Y hablando de trabajo… Usted es famoso por hacer reír. ¿Cómo se hace reír a los demás cuando uno lleva tanto dolor dentro?

Esa es la gran paradoja del comediante, ¿no? La gente cree que el humorista es feliz todo el tiempo. Y yo les digo: el que ríe mucho, a veces, es el que ha llorado en silencio. La comedia fue mi salvación. Subirme a un escenario y hacer reír a la gente me devolvía la vida. Era mi forma de decir: «Estoy aquí, sigo de pie, y voy a transformar este dolor en algo que valga la pena». Durante años, el teatro fue mi refugio. Y luego, la televisión. Y luego, el cine. Pero nunca dejé de ser ese chico que vendía salgados en la puerta del teatro. Ese chico me recuerda de dónde vengo y, sobre todo, que puedo sobrevivir a cualquier cosa.

6- Hablemos de otro cambio radical. Hace unos años, perdió 65 kilos. ¿Fue más difícil perder el peso o enfrentar la verdad sobre su padre?

¡Qué pregunta! Son dos batallas completamente distintas. La verdad sobre mi padre fue un golpe externo, algo que me pasó a mí. El peso… eso fue una guerra interna. Yo llegué a pesar 160 kilos. Mi cuerpo era una coraza. Una forma de protegerme del mundo, de esconderme. Cuando decidí operarme, en 2014, no fue por estética. Fue porque entendí que no podía seguir huyendo de mí mismo. Pero, ¿sabes? Perder 65 kilos fue solo el principio. Lo difícil no fue la cirugía; lo difícil fue mantenerme. Es una lucha diaria, una batalla constante. Durante la pandemia, recuperé 17 kilos y tuve que volver a empezar. La obesidad no es un problema de voluntad, es un problema de cabeza. Y la cabeza, amigo, es el músculo más difícil de entrenar.

7-Hoy tiene una vida repleta de felicidad lejos de todo. ¿Fue una huida o una búsqueda?

 Fue una búsqueda. Buscar un nuevo aire, una nueva perspectiva. Vivir de otra forma radicamente diferente  te obliga a preguntarte quién eres sin el ruido de siempre, sin la fama, sin los aplausos fáciles. En ni vida habitual, soy solo Leandro. Un tipo que va al supermercado, que pasea con su perro, que ve a su hija y a su nieta crecer. Eso, para mí, es riqueza. La fama es maravillosa, sí, pero es un espejismo. Lo real es lo que queda cuando apagas las cámaras.

8-¿Qué le diría a ese joven de 21 años que vendía salgados en la puerta del teatro?

 Le diría: «Tranquilo, todo va a estar bien. No, no te miento. No va a ser fácil. Vas a llorar, vas a pasar hambre, vas a sentir vergüenza. Pero un día, vas a estar sentado en una entrevista, con un periodista que te pregunta sobre tu vida, y vas a poder decir: ‘Mira, sobreviví’. Y eso, amigo, es más que suficiente».

9-Una última pregunta, Leandro. Usted que hace reír a millones, que ha pasado por el infierno y ha vuelto, que ha perdonado y ha sido perdonado… ¿qué es la felicidad para usted?

 La felicidad, para mí, es paz. No es alegría constante, no es éxito, no es dinero. Es paz. Es poder mirar atrás y no tener rencor. Es poder mirar adelante y no tener miedo. Es sentarme a la mesa con mi hija, mi nieta y mi esposa y sentir que, después de todo, valió la pena. El resto es ruido.

10-Muchas gracias, Leandro.

 Gracias a ti. Y recuerda: la vida es una comedia para los que piensan y una tragedia para los que sienten. Pero si logras reírte de tus propias tragedias, ya ganaste.

Sale caminando despacio. Se vuelve, sonríe, y se va. El café queda en silencio. Por un momento, todos los que estábamos allí entendimos que habíamos visto algo más que una entrevista. Habíamos visto a un hombre, desnudo de personajes, diciendo la verdad.

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