Opinión

Entre “rostros” multicolores Opinión por Antonio José Monagas

Desde el mismo momento en que la Organización Mundial de la Salud, OMS sugirió algunas medidas preventivas dirigidas a minimizar el arrecio de la pandemia causada por el Covid-19, muchas cosas se vieron desviadas de su propósito originario. Luego de haber transcurrido los primeros tiempos de ser aplicadas, luce interesante pasearse por algunas. Particularmente, por la interpretación que las sociedades le han dado a aquellas ante las cuales ha sido posible su manipulación. Entre ellas, las de más inmediato acceso. Desde la perspectiva de la inventiva, o satisfacción en cuanto a adecuarla a la vestimenta en su relación con la coloración y combinaciones posibles, hasta la s que impone un mercado especulativo.

Es así que esta disertación estará dedicada a referir lo que sucede con el uso del tapabocas, mascarilla, barboquejo o barbijo. Especialmente, toda vez que ha desdibujado no sólo el rostro humano. También porque ha hecho del anonimato una condición pública. Y ahora aceptada socialmente. Que a pesar de estar ordenada por las autoridades sanitarias, ha vaciado de identidad a quien porta tan particular cubre-rostro. Además, afectando el individualismo que exalta la costumbre de andar con la cara al descubierto. Habida cuenta que la historia del hombre ha mostrado que aquellos que cometen alguna fechoría, son quienes han usado máscara. Aunque en países del Oriente del mundo, ha sido de tradicional uso el hecho de cubrirse la cara. Pero en esos ambientes, siempre a modo de confirmar respeto hacia el otro. 

Sin duda, que el uso de la mascarilla se volvió un tema de controvertido debate. Sobre todo al dejar de reconocer que lo más provechoso que tiene el ser humano para expresarse, es su cara. Pero las contingencias de la actual crisis sanitaria, abolieron tan categórica declaración. En ese sentido, la pandemia confinó el viejo paradigma sobre el cual descansa la aludida tesis. 

Todo esto devino en una extraña conjugación: “moda y salud”. Ahora las mascarillas, son confeccionadas y elaboradas según el gusto de cada quien. Indistintamente de requerirse con filtros de grado médico para la protección de bacterias y virus. De alguna calidad en especial. O de alguna forma o tamaño en lo particular. Cada persona le imprime su toque de gracia. Le agrega el adorno preferido o sello de su empresa. Sólo busca que se sujete a lo elemental. Sólo para evitar que el goteo de quien estornuda al frente, pueda bañarlo. Sin tener idea de si es portador negativo o positivo, He ahí el peligro.

Reunir tan enigmáticas variables: “moda y salud”, se convirtió en la oportunidad que -ante la crisis económica- algunas empresas estaban esperando. Fue el nicho que destacó el emprendimiento ante negocios provechosos. Combinar un tapaboca de probada calidad sanitaria con lo que determinan las preferencias efímeras de un mercado que no deja de ser exigente, se convirtió en una intención de alto desafío. 

En el fragor de la pandemia, la moda pareciera no incomodar. Por lo contrario, se ha ajustado a las circunstancias haciendo ver colectivos a modo de una jungla embadurnada de todos los colores y combinaciones posibles con elementos de la geometría plana. Incluso, con alusiones a personajes de película. 

El mundo es ahora un panorama de mascarillas con diseños llamativos o sugerentes que, en su afán de retar la pandemia ocasionada por el detestable coronavirus, aunque bastante popular, logró revolucionar el mercado. Tanto que muchos productores e inversionistas han apostado a apropiarse del correspondiente negocio y buscar el mayor provecho económico revirtiendo en algo la crisis del Covid-19.

Vale acá el ejercicio de construir un escenario imaginario. Pero a manera de extraña jungla. Algo tan fuera de lo común, que sus vertebrados cuadrúpedos, lejos de asirse a las imposiciones de la naturaleza, se prestarían al juego de la prolífica fantasía humana. De esa forma, se tendría un mundo especial, donde habría que vivirentre “rostros” multicolores.

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