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Es con usted Gobernador del Zulia y Alcalde de Maracaibo: Familia sobrevive en la calle

  febrero 10, 2020 – 9:30 pmAl Dia | Zulia

“Viven en la 72”: el drama de una familia que duerme y despierta en la calle

Unos trastes acomodados, una cama individual con un colchón desgastado por el tiempo, una cocina eléctrica y unas cuantas ollas junto a unos libros de primaria forman su refugio familiar. Sus pertenencias las llevan casi todas encima, pero no es mucho el peso, son pocas… muy pocas

Juni José Leal tiene 42 años, es padre soltero. Sus hijos Juni Leal de 9 años y Juneiker Leal de 8 años, los tres llevan en la indigencia ocho años, sí, son tantos años a la buena de Dios, y han hecho del estacionamiento de una las joyerías de Maracaibo su mayor tesoro: un hogar, en el que no son bien vistos, y a veces tampoco bienvenidos.

Los que viven en la 72, el drama de una familia que duerme y despierta en la calle

Los que viven en la 72, el drama de una familia que duerme y despierta en la calle

Un techo ficticio 

Un techo ficticio 

Juni es oriundo de Calabozo, estado Guárico, la madre de los niños es colombiana, tenían una casa en Cabimas, pero hace ocho años ella la vendió y dejó a los pequeños donde un vecino y se fue. Sí, ella se marchó. Él, decidió salir con ellos adelante, en la indigencia, hacia cualquier lugar, el que fuese, en su ciudad nadie lo esperaba y desde entonces habitan en la calle 72 con avenida Delicias, su casa, y por el que son conocidos como “Los que viven en la 72”.

La historia con Juni es lo contrario a lo común, a él le tocó hacer honor a su apellido y sacar el pecho por sus hijos, solo que con la gran desventaja de no tener una casa. Este concurrido punto de Maracaibo ha sido testigo de sus alegrías, también de sus lágrimas y sobre todo del hambre.

Un día, una noche

La venta de uno de los periódicos que todavía circula, cigarrillos y café, es su forma de sustentarse, pero -como en todo- el dinero no es suficiente, a veces las ganancias no son las esperadas, por eso extender la mano sobre el agitado asfalto, que a veces hasta hierve, para pedir ayuda es una alternativa que pueda llenar el estómago cuando el hambre de sus hijos y la de él, aprieta.

“Aquí tengo alrededor de cuatro años. Allí dormidos, aquí trabajo y también pido. Vendo chucherías, cafecito, periódicos, cigarros. Gracias a Dios en eso he estado, superando los retos, porque me han querido quitar a mis niños cinco veces. No quiero que nos separen, si nos quieren ayudar pues intégrennos como familia, en un programa social como una casa, eso quiero, una casa para mis niños”, dijo Juni mientras mostraba al equipo de Noticia al Día las partidas de nacimiento de los pequeños y cinco ordenes de resguardo, de las cinco veces que los han separado.

Una esquina

A sus hijos el amarillo, verde y rojo les es familiar, un semáforo en la esquina se los recuerda. Los pequeños Juni y Juneiker contagian a quien pase con su sonrisa, la alegría los embarga pese a todo. La inocencia en medio de la carencia les gobierna.

Al salir de la escuela un televisor conectado desde una instalación les sirve para entretenerse algunas veces, mientras otras tantas una jardinera de la esquina, llena de tierra, de la que han hecho una pista de carreras con algunos carros de juguete que hacen rodar con sus manos, quizá emulando el tráfico que transcurre a escasos metros las 24 horas del día.

Mis hijos estudian, están inscritos en la Fundación Niños del Sol, allá ellos asisten todos los días a su escuela. Tengo 42 años y tengo fuerzas para seguir luchando y protegiendo a mis hijos a pesar de las adversidades. Pese a todo yo no me he doblegado, esto solo me ha dado fuerzas para salir adelante con mis hijos… Yo no tuve padre, lo conocí a mis 31 años, la historia no se va a repetir con mis hijos, yo hoy soy el padre que nunca tuve”, dijo con la voz quebrada Juni.

Un amparo

Los días calurosos o de lluvia pasan normal en cualquier casa, un techo los protege, pero a los Leal, “los que viven en la 72”, no. Las sombras de los edificios o refugiarse bajo un techo de algún local no les garantizará no mojarse, tampoco les protegerá de un resfriado, pero es la alternativa cuando el cielo se derrama o se incendia con el calor.

Al salir de la escuela un televisor conectado desde una instalación les sirve para entretenerse algunas veces, mientras otras tantas una jardinera de la esquina, llena de tierra, de la que han hecho una pista de carreras con algunos carros de juguete que hacen rodar con sus manos, quizá emulando el tráfico que transcurre a escasos metros las 24 horas del día.

“Hay un doctor que pasa por aquí y me ayuda con las medicinas cuando los niños se enferman, siempre pasa y los ve, tengo mucho que agradecerle…Cuando llueve todo se moja, estamos bajo la misericordia de Dios”, agregó Juni.

En el lugar el semáforo seguirá iluminando con su tricolor. Los carros continuarán su paso. La cama en la que duermen dejará de ser cómoda en poco tiempo. Juni pensará en cómo resistir a la incomodidad que su presencia y la de sus hijos han generado en el sitio, mientras algún día despierta con las llaves de una casa en sus manos, esas mismas con las que ha soñado tantas noches y que al despertar, no están y solo le resta mirar de frente, nuevamente, su realidad.

Fotos José López

Fuente Noticia Al Día

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