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La debacle energética en Alemania: cuando la ‘energía sostenible’ no se sostiene

Gobierno pide eficiencia energética a sus ciudadanos

Se supone que las sanciones económicas sin precedentes se han elaborado para dañar a Rusia como represalia por su invasión de Ucrania. Pero muchos países europeos empiezan a darse cuenta de que los que están saliendo más perjudicados de estas medidas están siendo ellos mismos.

Alemania, tercera potencia económica mundial y «locomotora» de la Unión Europea, está padeciendo especialmente las consecuencias de la crisis, especialmente en su aspecto energético, y pide sacrificios a una población acostumbrada a un alto nivel de vida.

La que libra la UE con Moscú es una guerra desigual: los europeos -los alemanes, sobre todo- tienen la industria, pero Rusia tiene las materias primas, especialmente esa energía que necesitan desesperadamente las fábricas alemanas para seguir operando. Las palabras de Trump durante su última cumbre de la OTAN, cuando reprochó al Gobierno germánico que estaba poniendo todos sus huevos en la misma cesta al hacerse dependientes del gas ruso, ante la mirada entre risueña y despectiva del representante alemán, han resultado proféticas.

Alemania podía jugar a los molinillos y otros divertimentos renovables porque tenían acceso a todo el gas ruso que pudieran comprar. También podía prohibir las nucleares y cerrar las plantas de carbón; incluso podía, al contrario de lo que han hecho España, Países Bajos, Polonia o Lituania, pasar de construir terminales propios para procesar gas natural licuado (GNL) como fuente de abastecimiento alternativo, por qué no, era un «win-win»: posamos de verdes, nos queda un país limpio como una patena y compramos la energía a los rusos, que tienen para aburrir. ¿Qué puede salir mal?

Y entonces llegó la guerra, y con la guerra, las sanciones. Rusia tiene la mano en el grifo, y al canciller alemán no le llega la camisa al cuerpo. Gazprom, la empresa rusa que controla el suministro de gas, anunció hace unos días que va a reducir considerablemente el gas que le pasa a Alemania a través del Nord Stream 1, el principal gasoducto para el transporte de gas ruso hacia Alemania y Europa occidental, un máximo de 67 millones de metros cúbicos al día, menos de la mitad de los 167 millones diarios previstos originalmente.

Moscú explicó que este drástico recorte se debe a que una pieza enviada a Canadá para su reparación no puede volver a Rusia debido a las sanciones. Pero en Berlín han entendido perfectamente el mensaje que se esconde tras la excusa técnica. Viene a ser como el chiste del dentista: «No vamos a hacernos daño, ¿verdad, doctor?».

Si la cotización del gas se dispara por la reducción de la oferta, el Kremlin podrá ganar más o menos lo mismo vendiendo menos. En la guerra, como en la guerra.

Pero para Alemania es el desastre. El gas ruso es la sangre que corre por las venas de la industria alemana, y la inflación estaba ya en un 7,9 por ciento en mayo. Ha logrado con enorme esfuerzo reducir el consumo de gas ruso del 55 por ciento al 35,pero no hay más margen sin que se paren las fábricas.

Robert Habeck, ministro de Economía y Clima (ese es el título, palabra), ha anunciado ya la activación de la segunda fase del plan federal de emergencia, recordando que ese gas que fluía como agua durante años se ha convertido en un bien escaso. La primera fase estaba en vigor desde marzo, cuando Putin advirtió que iba a cobrar en rublos. Ahora empieza la de alarma, la segunda; y cruzan los dedos para que no se llegue a la tercera, la de emergencia, que mermaría fatalmente la industria alemana, afectando de rebote a los demás sectores económicos.

Así las cosas, el Gobierno está recurriendo a la ciudadanía para que se apriete el cinturón uno o dos agujeros, empleando un lenguaje y unas recomendaciones que no se habían oído en Alemania desde la guerra mundial, desde cambiar la alcachofa de la ducha a la de retirar el hielo del congelador para mejorar la eficiencia energética en los hogares. También hay medidas para fomentar el transporte público, como el llamado «ticket de 9 euros», que desde este mes permite viajar por toda Alemania por una tarifa plana mensual por ese monto.

El país ha tenido que mancharse las manos y volver, siquiera temporalmente, al carbón, por la fuerza. Pero, gobernando con Los Verdes, la energía nuclear sigue siendo implanteable. La ideología, una vez más, se impone a la realidad. Hasta que les estalle a los votantes en la cara.

Fuente Gaceta.es

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